Eduardo Bautista

En su reciente gira por el estado de México, el presidente Enrique Peña Nieto se pronunció en contra de los pesimistas que no reconocen los avances y los logros que ha tenido su gobierno, que no admiten que “el país esta creciendo y alcanzando mayores niveles de desarrollo”, ratificando la misma postura de su mensaje oficial en la entrega de su informe de gobierno (El Universal, 11/09/15)

Las pregunta serían ¿de que país está hablando el presidente? ¿cuales serían los logros que permitirían que los ciudadanos se muestren contentos con lo alcanzado? ¿se puede ser optimista ante los progresivos recortes en el presupuesto federal, particularmente en política social y el aumento del desempleo que se prevé? ¿se puede estar feliz cuando las tendencias de pobreza y rezagos acumulados no se han logrado remontar y por el contrario aumentan?

¿cómo ser optimista ante la situación de descomposición social que vive el país y que se acentúa en sus regiones más empobrecidas? ¿cómo tener disposición de celebrar el patriotismo septembrino cuando los bienes del país se encuentran colocados al mejor postor en medio de procesos de conflicto de interés entre empresarios voraces y burócratas corruptos?

La desconfianza de los ciudadanos en las instituciones está a la orden del día; pero no ocurrió de la noche a la mañana. Así se ha ido documentando desde las distintas ediciones de la Encuesta de Cultura Política (ENCUP) patrocinadas en su momento por la Secretaría de Gobernación hasta el Informe País sobre Calidad de la Ciudadanía en México (IFE, 2014). Los datos duros que van desde el 2000 al 2014 han indicado que las instituciones más desacreditadas son las de seguridad pública y la policía.

El levantamiento de información de las encuestas oficiales había ocurrido antes de los hechos trágicos de Iguala y otros que sucedieron en una cadena de criminalidad e impunidad que ha mostrado la infiltración de la delincuencia en distintos ámbitos de gobierno.

La desconfianza ha venido creciendo mucho antes de la “verdad histórica” del gobierno federal sobre la desaparición de los 43 estudiantes normalistas y ni qué decir del reciente informe del grupo de expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que contradice la versión gubernamental. Las contradicciones atizan el dolor de los padres y familiares de los desaparecidos, y la aberración del caso provoca mayor descrédito en las autoridades.

La corrupción corroe la cultura política; los indicios de ello pueden verse en los montajes y  simulaciones que la nutren todos los días; la institucionalidad es socavada no desde fuera por quienes la critican, sino desde dentro de las instituciones, por parte de quienes la sustentan y deberían garantizar el ejercicio de la ley así como de la justicia. Esta debilidad institucional es referida más allá de nuestras fronteras.

La desconfianza no ocurre por hechos aislados, sino por la frecuencia y repetición de abusos y atropellos; por ser parte de una sucesión de acontecimientos que rebasan la imaginación y provocan incredulidad, uno de esos ejemplos es la fuga del narcotraficante, Joaquín “el Chapo” Guzmán.

En lugar de corregir, de reparar, observamos el reforzamiento de una coraza de cinismo como en el caso de la investigación sobre conflicto de interés en torno a la casa del Presidente, realizada por la Secretaría de la Función Pública, con una resolución que ha mostrado el sometimiento y contubernio del grupo de investigación a un jefe inmediato que se convierte en juez y parte del conflicto.

La desconfianza recorre el mundo de los medios informativos, y se acrecienta con hechos como el hostigamiento a la periodista Carmen Aristegui, con el asesinato múltiple de la Narvarte, y el asesinato y desaparición de  muchos y muchas más, que quedan sembrados en la historia negra de nuestro país y en la cultura de la desconfianza ciudadana; las voces que cuestionan las verdades oficiales, y que denuncian casos de corrupción, son acalladas y por el contrario, se ensalza a  los medios que se alían  y repiten los dichos del gobierno y de sus grupos afines. La lógica autoritaria del viejo régimen de aplastar a quienes piensan diferente no se ha modificado, por el contrario, se ha renovado para empeorar.

Este espacio no alcanzaría para documentar el porqué del pesimismo hacia las acciones de los gobernantes, los contratos multimillonarios con empresas de diverso tipo, desde Higa la constructora de casas de funcionarios federales y beneficiaria de varios contratos hasta empresas extranjeras que lucran con los fondos públicos, y vinculadas a corrupciones de burócratas que permanecen en la impunidad.

Coincido en que es importante recuperar y mantener el optimismo, aunque las fuentes se encuentran en otro lado, no precisamente en la clase gobernante. Un viento fresco ha sido el Premio Nacional de Periodismo al reportaje sobre la casa blanca del Presidente, que muestra que es posible buscar alternativas y alzar la voz en medio de condiciones adversas y que alienta el trabajo del periodismo crítico e independiente.

Para ir en contra del pesimismo, tenemos que dejar de ver a los gobernantes corruptos y volver la vista a la diversidad de experiencias ciudadanas de solidaridad, a nivel de barrios, de comunidades que defienden sus bienes comunes, alejadas de los reflectores de los medios informativos, pero que existen a pesar de la invisibilidad mediática.

Investigador del IISUABJO
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