papaPor Everardo R. Bohórquez y Cuevas.

Aún se recuerda la conmoción que experimentó la Ciudad de Oaxaca y sus alrededores, –lo mismo que el país– con la prima visita del cardenal de su natal Polonia, Karol Wojtyla, recién elegido nuevo pontífice de la Iglesia Católica, que con el nombre de Juan Pablo II, sustituyó a un verdadero pastor como lo fue, ese sí,  Juan Pablo I, aquel sencillo italiano que encontró la muerte a manos de los que a todas luces buscaban ocultar todos los trastupijes, fraudes y lavado de dinero del Banco Ambrosiano -banco oficial del Vaticano- hechas por el mafioso sacerdote de Chicago, Marcinkus, incrustado en la Santa Sede, que con Medina Sidonia y otros banqueros mafiosos, había lucrado con el tesoro eclesial.

Jamás en los más de 20 años de pontificado de Wojtyla hubo el menor intento por aclarar la misteriosa muerte del exPatriarca de Venecia,  que manejaba el único llamado Banco de los Pobres, que sí pertenecía a los desposéidos italianos, institución fiduciaria de la que fueron despojados sus legítimos poseedores por la mafia italiana y vaticana, hecho que fue denunciado en su momento por quién sería Juan Pablo I, ante la fría indiferencia de Paulo VI, lo que lo hace parecer como implicado en el ajo o, que por lo menos, así lo permitió.

Luego del escándalo de la quiebra del Banco Ambrosiano que trajo consigo una cauda de asesinatos, suicidios y sentencias de cárcel, se supo que los dineros en cuestión provenían de las grandes empresas vaticanas que produjeron, entre otras, la primera fábrica de anticonceptivos del mundo, a pesar de que la Iglesia Católica se pronunciaba –y se pronuncia– públicamente contra el control de la natalidad. ¡Vaya jugarreta!

Una vez entronizado el polaco, se convirtió inmediatamente en un “papa mediático”;  comenzó a viajar por todo el mundo, siendo su primera parada importante México, país con el que a pesar de no tener relaciones diplomáticas –sólo a nivel de Nunciatura— recibió con un entusiasmo hasta ahora inigualado,  apoteótico al Representante de Cristo en la Tierra, como así afirman los cánones, arrastrado a su paso multitudes de fieles con la complacencia del entonces Presidente José López Portillo y Pacheco, a cuyo gobierno le convino políticamente, para disimular la debacle nacional mexicana que se avecinaba debido a su errático gobierno.

Luego del resultado del primer viaje papal en los setenta, se organizaron otras cuatro visitas que convenían a ambas partes, religiosa y gubernativa, pues servía del gran distractor de los equívocos gobiernos mexicanos; primero el lopezportilista, luego los de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León, mismos que se dieron a la tarea de desnacionalizar  bienes nacionales para entregarlos al extranjero, principalmente con la intervención de Estados Unidos y con la bendición papal, por supuesto.

En franca alianza en contra del socialismo, Wojtyla y el presidente estadounidense Ronald Reagan lograron la aniquilación del sistema socialista constituido por la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, la URSS y varios países importantes como China Comunista, Vietnam,  así como Cuba al que el imperialismo yanqui impuso un bloqueo de casi medio siglo y que al parecer, está por disminuir significativamente e incluso terminar. Tanto Wojtyla como Reagan, así como la ministra británica Margaret Tatcher y otros gobernantes, parecían que se hallaban infectados de un terrible ataque de “macartismo”.

Enseguida de la muerte de Wojtyla transmitida en ¿vivo?  –una telenovela de maltrato humano que nos endilgó el Vaticano mediático, vía Televisa y TV Azteca—vino la elección del teutón Joseph Ratzinger, que había sido el cancerbero de Wojtyla ejecutor de su fobia a todo lo socializante, mediante el instrumento moderno y condicionador de conciencias similar a la antigua Inquisición, ese cuyo guardián favorito  cumplió a satisfacción su cometido, destruyendo a la Iglesia de los Pobres y a  ministros y seguidores de la Teología de la Liberación y, lógico, sucesor del primer papa no italiano luego de más de cuatrocientos años de predominio.

Elevado al trono pontificio con el nombre de Benedicto XVI, el sacerdote alemán e intelectual teológico, buscó disfrazar su rabioso antisocialismo, hablando de una supuesta disminución de su anterior papel de persecutor ideológico, cuando se vio rebasado por los escándalos de los obispos y curas pederastas encabezados por el nefasto “marcial massiel” y por los golpes bajos que le propinaron los miembros de la mafia curíal vaticana, que nunca obedecieron a Ratzinger obligándolo a renunciar al papado, hecho insólito en muchos siglos de la historia de la Iglesia.

Benedicto XVI visitó México, aunque sólo en la región del Bajío, ejecutando  implícitamente “la bofetada al catolicismo mexicano”, Bergoglio dixit, al no visitar la Basílica y no postrarse a los píes de la Virgen de Guadalupe.

Por ello y ahora que el Papa Francisco acaba de visitar Cuba y Estados Unidos, él mismo expresó que pensó entrar a territorio estadounidense por Ciudad Juárez hacia El Paso, Texas, pero que lo reflexionó porque esa visita entrañaría como que si se tratara de “una bofetada”, al no visitar a la Guadalupana en su centro de veneración.

Esta visita que terminó el domingo 27 de septiembre al continente americano, quizá no vuelva a repetirse ya otra por el pontífice argentino, en primer lugar porque no es un Papa común que utiliza su ministerio para auto elogiarse, como lo sí lo hizo el polaco; que no es un atleta y por lo tanto poco resistente al cansancio lógico de lejanas y largas peregrinaciones fuera de Roma; tampoco es amigo del boato y manifestaciones idolátricas hacia un sacerdote del máximo rango como el de él; tampoco le mueve el interés por los bienes materiales –llámese ópimas limosnas–como a otro de sus pares, e igual se la vive tratando de pasar desapercibido como cualquier sacerdote o religioso común y corriente, ya que ni siquiera vive dentro del Vaticano.

Además, una visita a México significaría que buscaría hacer acto de presencia en Ayotzinapa, “punto de quiebre” del actual gobierno encabezado por el Presidente Peña Nieto, además de que en cualquier momento determinaría visitar no sólo Guerrero, sino los campamentos y rutas de tráficos de indocumentados hacia el “american dream”, de cuyo trágico calvario el se conduele al paso por territorio mexicano, lo que le ocasionaría al gobierno actual severas broncas que quizá no esté dispuesto a permitir.

Asimismo, el Papa Francisco no puede volver a visitar el mismo continente dos veces seguidas pues su feligresía lo reclama en otras partes del mundo. En materia de viajes, Bergoglio no cuenta con muchos recursos de fortaleza física aunque sí espiritual, como lo ha demostrado fehacientemente.

Y si a todo ello agregamos el ser  testigos de sus grandes dificultades físicas para desplazarse como sus varios tropiezos en esta últim visita y él no quiere que por eso la Iglesia que encabeza se preocupe, pero sí hay que tomar en cuenta lo que persiste en afirmar: “… pronto me iré a la Casa del Padre”.

Si es válido imaginar lo que haría su sucesor por destruir lo por él construido, como lo hicieron con lo logrado por Juan XXIII para bien de la Iglesia y su ecumenismo, además no está por demás imaginar el escenario insólito de un Papa Francisco muerto; un Benedicto XVI en retiro pero vivo y un nuevo pontífice en el panorama de una Iglesia Católica, que a pesar de lo que se diga, cada día pierde más adeptos frente a la embestida de sus iguales financiadas por el imperialismo estadounidense.

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