Everardo R. Bohórquez y Cuevas

(Primera de dos entregas) pagina3.mx.- De rodillas, atado de las manos y de espaldas a sus ejecutores como una forma brutal de humillación, a las tres de la tarde de aquel 22 de diciembre, el primer ciudadano de la nueva España que sí tuvo conciencia de su mexicanidad, fue acribillado por un pelotón de fusilamiento en San Cristóbal Ecatepec, hoy Estado de México, y una hora más tarde fue enterrado en una capilla aledaña a la parroquia de ese lugar.

Así fue sacrificado don José María Morelos y Pavón por la ignominia española representada por el Virrey Calleja, El Cabildo Eclesiástico, la Real Audiencia, la Inquisición, el Consulado, la Universidad y los funcionarios abyectos así como la chusma por la que él se sacrificó; ese mismo héroe insurgente cuyo pensamiento consolidó la Revolución de Independencia de 1810, movimiento que buscaba separar del gobierno peninsular a la Nueva España, lo que sólo se lograría hasta 1821, con la consumación del movimiento libertario.

“Quiero que tenga la (la nación) un gobierno dimanado del pueblo y sostenido por el pueblo. Quiero que hagamos la declaración de que no hay otra nobleza que la de la virtud, el saber, el patriotismo y la caridad; que todos seamos iguales pues del mismo origen procedemos; que no haya privilegios ni abolengos; que no es racional, ni humano, ni debido, que haya esclavos, pues el color de la cara no cambia el corazón ni el del pensamiento; que se eduque a los hijos del labrador y del barretero como a los del más rico hacendado; que todo el que se queje con justicia, tenga un tribunal que lo escude, que lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario”.

Así en términos muy parecidos a como lo hace en el documento príncipe de su pensamiento “Los Sentimientos de la Nación”, se dirige por carta el Morelos a don Andrés Quintana Roo, en 1813. También es manifiesta su decisión de no lucirse ni vanagloriarse de sus triunfos como jefe de la insurgencia, que tomó en sus manos una vez muerto el iniciador de la lucha de Independencia, don Miguel Hidalgo y Costilla, fusilado en Chihuahua en 1811, junto a otros libertarios.

Morelos había nacido el 30 de septiembre de 1765, en Valladolid, hoy Morelia, según consta en el libro de bautizos de la capital michoacana, siendo hijo legítimo de Manuel Morelos y de Juana Pabón, ambos españoles. -tiempo después el insurgente cambiaría la “b” por la “v” de su apellido materno-, y sus abuelos paternos fueron Gerónimo Morelos y su esposa María Luisa, así como sus maternos lo fueron José Pabón y María Guadalupe Estrada.

En el acta de bautismo hecha por el cura Francisco Gutiérrez de Robles, nunca se asentó que el insurgente fuera de origen mulato o negroide como se ha querido manejar acerca de su origen racial, porque si así fuera, hubiera sido discriminado sin recato, porque consignar en los registros que un individuo tenía alguna mezcla –racial por supuesto—, le hubiera cerrado muchas puertas.

Su madre doña Juana Pabón quedó sola cuando su marido Manuel Morelos se fue a San Luis Potosí y al morir éste, ella se hizo cargo de la manutención de José María y con grandes sacrificios sostuvo el bachillerato del héroe, estudios realizados en el colegio de San Nicolás Obispo y de ahí iría al Seminario Tridentino. Sin embargo, durante 11 años estuvo como labrador en una hacienda de Apatzingán, añorando siempre a su ciudad natal.

Su preclara inteligencia hizo que en tan solo un año cursara los estudios de mínimos y menores y se desempeño como decurión de sus maestros, al tiempo que aventajaba a sus condiscípulos y en el seminario ocupó un primer lugar en los cursos de filosofía; luego curso Teología Moral y pasó a la Universidad de México para recibir el grado de Bachiller en Artes, regresando al seminario después para cursar Teología y Escolástica.

Tras de obtener el grado de Clérigo Diácono estuvo en Uruapan como preceptor de Gramática y Retórica enseñando a niños indígenas, lo que siempre fue una de sus principales y constantes preocupaciones, para más tarde pasar al curato de Churumuco, donde enfermó su amantísima madre, brillante y humilde mujer, quien fallecería en Pátzcuaro, en trayecto hacia Valladolid en busca de curación.

Luego se encargó del curato de Carácuaro y Nocupétaro donde recibía un estipendio miserable, por lo que tuvo que allegarse recursos como comerciante y, posteriormente, como constructor como lo demuestra la casa que el mismo hizo en Valladolid, la que en su tiempo fue un ejemplo de su habilidad en la fábrica de su propio domicilio.

Dice uno de sus más apasionados biógrafos Baltazar Dromundo, que uno niño de siete años acompañaba a Morelos en sus horas de meditación y de duda: era su hijo Juan Nepomuceno Almonte nacido en Carácuaro en 1803, hijo de Brígida Almonte, infante del que no se separaría hasta que lo envió a estados Unidos para su educación. Almonte formaría parte años más tarde, del grupo de “notables” que le ofrecerían a Maximiliano de Hapsburgo la corona de un efímero imperio mexicano.

Morelos tuvo noticias del alzamiento de Hidalgo, quien fue su maestro en el Colegio de San Nicolás, por lo que renunciando a su curato, recorrió cien kilómetros hasta que lo alcanzó en Charo. Luego de comer ambos en Indaparapeo con Ignacio Allende y el doctor Castañeda, Hidalgo tomó del brazo a su discípulo interrogándole si en verdad estaba dispuesto a unirse a la insurgencia, a lo que Morelos contestó: Le he pensado bien y más adelante expresó creo firmemente en la verdad y en la justicia de este movimiento.

Ante su deseo de ser capellán del ejército insurgente, Hidalgo le dijo a Morelos: Padre, me parece que mejor ha de ser usted un general que un capellán y le extendió el famoso e histórico documento: “Por el presente comisiono en toda forma a mi lugarteniente el Br. D. José María Morelos cura de Carácuaro, para que en la Costa del Sur levante tropas procediendo con arreglo a las instrucciones verbales que le he comunicado”.

A partir del memorable 22 de octubre de 1810, cambia el humilde cura los paupérrimos curatos en el relámpago de la lucha armada y se convierte en el propio relámpago de esa lucha. Así vendrían para Morelos tres años de lucha y 36 combates contra fuerzas superiores virreinales obteniendo 25 victorias. Es considerado el gran Morelos en el creador de las bases del verdadero ejército de la república futura, superando a las chusmas irredentas capitaneadas por el señor Hidalgo, quien no tuvo a su alcance a otros elementos.

Entre las memorables acciones militares encabezadas por Morelos se encuentra la toma de la ciudad de Oaxaca en noviembre de 1812 y ahí demostraría, aparte de su genio militar, su capacidad como gobernante, además de usar su brillante intelecto para procrear uno de los más famoso periódicos de la época insurgente el Correo Americano del Sur, mismo que sirvió de instrumento utilísimo como medio de difusión y propaganda de la causa insurgente.

En una próxima entrega haremos recuento de la estadía del gran insurgente en Oaxaca, cómo se manejó en nuestra ciudad y su posterior desempeño en la lucha hasta su caída y martirio en 1815, ya que este año que se cumple el Bicentenario de su fusilamiento, fecha que México debería estar recordando ya y con muchas y muy grandes ceremonias para honrar a quien con su claro y brillante intelectualidad, forjó las bases de nuestra nación llamada México.

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