Víctor Leonel Juan Martínez

En una entidad en que la historia se divide por sexenios y cuyos puntos de partida y de llegada son las elecciones, 2016 representa para Oaxaca un punto de quiebre en el siglo XXI. Habrá comicios para elegir al gobernador del estado, a las autoridades de los 570 municipios y se renovará el Congreso local. Además, aunque pareciera cosa aparte se inscribe en la lógica de renovaciones y será caja de resonancia del proceso electoral, la elección del rector de la Universidad Autónoma ¨Benito Juárez” de Oaxaca.

El proceso se inscribe en un contexto de crisis mundial del sistema de partidos políticos. La sorprendente irrupción de Podemos en España, un movimiento que se convirtió en partido para “convertir la indignación en cambio político”, es apenas la guía de las transformaciones por venir. En México, las candidaturas independientes se han convertido en ese vehículo en que se empieza a procesar la indignación contra una clase política autista a los reclamos e intereses de la sociedad: los triunfos de Jaime Rodríguez “El Bronco”, para gobernador de Nuevo León; Kumamoto por la diputación local en Zapopan, Jalisco; Manuel Clouthier por la diputación federal de Culiacán, Sinaloa. Además de los presidentes municipales de Garza García, Nuevo León; Comonfort, Guanajuato, y Morelia, Michoacán.

En su mayoría estos personajes están lejos de ser independientes de la clase política y se formaron en los partidos, pero aprovecharon la indignación social y captaron esos votos. No es la mejor vía, ya muchos de los llamados “chapulines” se aprestan a saltar a esta nueva forma de seguir en el poder, pero si denota precisamente el hartazgo social contra un sistema que cada vez se aleja más de representarlos.

Por eso en Oaxaca, es falsa la disyuntiva de si regresa o no el PRI a la gubernatura. El dilema es si se construye una alternativa que responda a los intereses de la ciudadanía. Las lecturas simplistas ponen en la balanza o PRI u oposición; pero en la práctica gubernamental en México pocas diferencias ha habido entre que uno u otro partido esté en el poder. Lo que no se puede es sacar del contexto histórico y social, la elección que se avecina.

Oaxaca vivió en la primera década del siglo XXI un autoritarismo extremo con los gobiernos de Ulises Ruiz y José Murat. El hartazgo social que produjeron, se tradujo en un voto de castigo en las urnas en 2010, que permitió la llegada de Gabino Cué arropado en una alianza de partidos, organismos civiles y organizaciones sociales. Desafortunadamente las altas expectativas generadas de un cambio en clave democrática, quedó lejos de su praxis gubernamental. Pero, y es oportuno enfatizarlo, pese a los déficits presentados, las promesas incumplidas, la corrupción de algunos funcionarios, no hay punto de comparación con los gobiernos que lo precedieron que llevaron al límite los excesos, la corrupción, la impunidad y la violación de los derechos humanos; señalar lo contrario, es una muestra de desmemoria.

Y es que, como prologa Pérez-Reverte en La guerra civil contada a los jóvenes: “Cuando un joven (o un pueblo) pierde la memoria es fácilmente manipulable por clichés o incluso por tuits muy partidistas. La desmemoria es muy peligrosa“. Es oportuno entonces recordar lo pasado, para evaluar al actual gobierno y para tener claro el panorama de la elección que ya está en marcha. Tener en cuenta también los presentes y pasados de los candidatos, los grupos que los cobijan y los intereses que representan. Está claro que los partidos políticos, actúan para preservar sus cotos de poder y no hay evaluación de sus candidatos sino en términos de rentabilidad política y económica.

Una responsabilidad que la militancia de esos partidos debiera tomar en sus manos para obligarlos a formas distintas de nominación de candidatos. Pero, como tampoco lo harán en aras, bien de componendas entre los grupos y corrientes en que se aglutinan, o por una disciplina partidista mal entendida.

En este escenario, es necesario que la ciudadanía tome esta evaluación en sus manos para poder decidir. Tampoco puede permanecer una sociedad civil como público impávido una vez que se ha mostrado en distintas ocasiones la fuerza del voto. Se requiere un permanente seguimiento al actuar de la clase política. Una participación crítica, que se pronuncie y luche contra los intentos de regresión autoritaria que pueden venir no sólo del PRI sino también por otros partidos o coaliciones. Una sociedad que también apuntale y defienda los espacios conquistados en 2010 .

Como en 2006 en las calles de Oaxaca, como en 2010 en las urnas, la ciudadanía es la que debe exigir los cambios. Pero, como en esos años, ni las movilizaciones ni los votos bastan para concretarlos. Ahora también habrá de jugar un papel protagónico e indispensable la articulación entre el movimiento social y la actuación institucional

Bertrand Rusell nos ha alertado de que “una sociedad en que cada uno es esclavo de todos, apenas es mejor que aquella en que cada uno es esclavo de un déspota”, que no sea esa la transición en Oaxaca –del autoritarismo hegemónico al autoritarismo plural— es responsabilidad de todos.

 

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