Víctor Leonel Juan Martínez

OAXACA (#pagina3.mx).- ¿Cuáles son los déficits de los gobiernos anteriores y qué sería oportuno que retomaran con seriedad los ahora candidatos a gobernador? Una revisión rápida de los tres sexenios del siglo XXI en Oaxaca nos puede ilustrar los porqués de la situación actual en Oaxaca, la ruptura del tejido social y el establecimiento de la corrupción.

  1. José Murat convirtió a Oaxaca en un enclave autoritario (Wayne Cornelius, Subnacional politics and democratisation in Mexico. La Jolla, California. Center for US-Mexican Studies, University of California) y la entidad se convirtió en un ejemplo del “autoritarismo subnacional” (Edward L. Gibson. Project MUSE, Scholary journals on line.Boundary control. Subnational Authoritarianism in Democratic Countries), como lo calificaron diversos estudios. Con él se inició un proceso de regresión autoritaria, se estableció la corrupción como política estatal, dividió, confrontó o cooptó al movimiento social. La política de la zanahoria y el garrote, la versión oaxaqueña del “cooperas o cuello” tomó carta de naturalización.

 

  1. Ulises Ruiz exacerbó al máximo la corrupción y el autoritarismo heredados, acompañado de una notoria incapacidad política (ganar elecciones con trampas no es hacer política). La política represora y la violación a los derechos humanos, acompañados de una alta dosis de cinismo, fue su característica principal. El 2006 fue la revuelta de la indignación con los excesos de la clase política y el exgobernador en el símbolo de ellos y fueron la simiente para la alternancia en el 2010.

III. Gabino Cué transformó esa indignación que se convirtió en esperanza de los oaxaqueños, en la decepción y frustración. Lejos de hacer justicia y conducir a buen puerto la transición democrática, como era el mandato que se le otorgó, se concretó a ser una versión “moderada” de sus antecesores, salvada acaso por algunas áreas encargadas a la sociedad civil, la academia y el movimiento indígena.

En 2010, conocido el triunfo de Gabino Cué y la derrota del PRI tras 80 años de estar en el poder estatal,  escribimos:

“El mensaje enviado es claro, pero la respuesta incierta; al final puede resultar en un relevo en las élites, con cambios importantes pero insuficientes; con otros partidos políticos en el poder, pero con prácticas semejantes a la de sus antecesores; con ciudadanos que se movilizaron en protesta por los excesos del régimen, pero que no han dejado de ser reactivos ni han modificado su cultura política; con movilizaciones espontáneas, como en 2006 o en la jornada del 4 de julio, pero sin alternativas para construir una opción distinta y digna para Oaxaca. La gente en las calles luchando por sus derechos o en las urnas sufragando, no es el corolario sino el inicio de una cultura ciudadana democrática.” (Las Voces de la Transición en Oaxaca 2010. Carteles Editores).

Lamentablemente el mandato de los oaxaqueños no fue cumplido y se quedaron el legado heredado sólo tomó nuevas formas.

En 2016, estoy convencido que el mandato de los oaxaqueños sigue siendo el mismo. La pluralidad de opciones que disputan ahora la gubernatura –aún cuatro con posibilidades—, está lejos de representar proyectos políticos distintos; las diferencias son más de forma que de fondo. Todos se apretujan para rasgarse las vestiduras y anunciar un combate frontal a la corrupción, rodeados de personajes que son un monumento al cinismo y a esa corrupción denunciada, o ellos mismos cuestionados por esas prácticas.

Todos acabarán con las obras inconclusas, generarán mayores empleos, llevarán a Oaxaca a la modernidad. Concluirán con los rezagos, y un largo rosario de promesas y lugares comunes.

Hasta ahora ninguno ha dicho, en serio, cómo harán para un proyecto político y de desarrollo claro para la entidad. Lejos de las poses demagógicas de “convocar a un tequio nacional por Oaxaca” (José Antonio Estefan Garfias, CREO, PAN-PRD); de firmar los “compromisos adquiridos” (Alejandro Murat, PRI-PVEM-PANAL); de convertir a Oaxaca en un “ejemplo nacional de la transparencia” (Benjamín Robles, PT); de caminar en la “ruta de la esperanza para salvar Oaxaca” (Salomón Jara, MORENA).

El discurso fácil e insustancial, acompañado por el dispendio en espectaculares y publicidad impresa, con el bombardeo en radio y televisión de mensajes que reiteran esas y otras promesas, es la tónica de las campañas. Algunas más fuertes y que avanzan en el discurso opositor, como la de Robles Montoya, pero sin aterrizar aún en propuestas concretas y viables.

Los temas nodales aparecen sólo como actos de buena fe, no problematizando sus causas, efectos y posibilidades de cambio. Que regiones de Oaxaca se integren a las zonas económicas, es un riesgo para territorio, biodiversidad, cultura y tejido social. Que el derecho a la consulta de los pueblos indígenas no esté normado, es soslayado y no les interesa porque habría un instrumento jurídico para oponer al proyecto neoliberal en el que todos –se infiere al no generar una alternativa a ella— están inmersos con variantes de su aplicación. Ni castigo para los violadores de derechos humanos, ni justicia para los excluidos de siempre. Menos aún propuestas serias para castigar a los actos de corrupción. Ninguno ha propuesto algo de avanzada como la Ley 3de3, para crear un Sistema Estatal Anticorrupción, por poner un ejemplo.

Faltan sólo seis semanas para las elecciones. Si alguno de los candidatos pasa de la demagogia al compromiso real, habrá una posibilidad de cambio. De lo contrario, nos quedaremos en un capítulo más de lo que Fernando Vallejo señala en la Virgen de los Sicarios “las nuevas caras de un viejo desastre”.

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