Víctor Leonel Juan Martínez

Durante los días previos al 31 de diciembre recorren las calles de Juchitán una pareja de huelus (viejos, en zapoteco), son dos hombres —uno disfrazado de mujer— quienes, vestidos con ropas tradicionales, bailan al son de la chirimía y el tambor. También los encontramos en las banquetas de algunas casas, hechos de ropa vieja y rellenos de distintos materiales. Es la representación del año que muere, y que se aprovecha también para la sátira, o la recreación de escenas de la cotidianidad y, por supuesto, es una reafirmación de la identidad cultural.

Justo a media noche o minutos antes, son colocados a media calle y se les prende fuego, mientras se consumen al compás del sonido del chiquitraka (cohetitos, palomitas, carrilleras, etc.), cohetones y bombas, del que previamente se hayan rellenado.

El humor, la sátira, la identidad cultural, la tradición, la mezcla de costumbres se refleja en Juchitán. “Ante tanta injusticia y mal gobierno, mejor me voy”, dice con sarcasmo un viejo colocado en una calle de la sección Séptima de Juchitán.

En otro sitio una escena típica de un juego de beisbol. Una juchiteca con su traje tradicional grita “¡¡Fue seis, ampaller padrote!!” (sic), con su cerveza en la mano y su bolsa de mandado, mira atenta una jugada en la que intervienen el catcher; un jugador que llega barriendo a la base, y el mentado ampayer quien sentencia “¡¡Fuera viejo!!”.

Es la esquina de Reforma y el callejón Vicente Guerrero, la cual en el último lustro ha cobrado notoriedad por este tipo de representaciones. El ingeniero Juan Carlos Ferra Valedo es el autor de estas escenas que están dando un vuelco a la representación tradicional de los “viejos” en Juchitán, sin perder su esencia.

“Lo hago para continuar con la tradición, pero dándole un toque de la vida real”, nos dice Juan Carlos, quien acompañado de su hijo disfruta de la sombra a un lado de su representación. “Este año, añadí la pirotecnia, ya no son sólo cohetones, pues el artesano le ha puesto tiempos para las explosiones de los cohetes”, añade.

En la escena ha invertido más de dos mil pesos y al menos cuatro días de trabajo. Me siento satisfecho de hacerlo, me acompañan y apoya mi familia, esposa e hijos. Y la gente se acerca y me sugiere escenas. El reto es elegir cuál representar. Cada vez me dan más ideas y ahora se acercan lo mismo a tomarse la foto, que llegan a media noche para verlos quemarse. El año pasado, la representación consistió en una escena típica en que un campesino viaja en su carreta acompañado de su compañera.

Las figuras se queman y con ellos se va todo lo viejo, para recibir las bondades que trae el nuevo año. Es un ciclo que se cierra, y los zapotecos de Juchitán lo hacen con humor. La velada termina con cena, botanas, cervezas y platos tradicionales de la comida istmeña. El nuevo amanecer se saluda con tamales de mole negro, chocolate y torta záa. Así iniciará una nueva jornada en esta tierra de tradición y contrastes.

Twitter: @victorleonljuan Correo: [email protected]

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