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Texto: Daniela Pastrana. Imágenes: Daniela Pastrana / José Ignacio De Alba

La guerra trastoca. Rompe. Descoloca. Pone a prueba hasta el sublime mito del amor de las madres mexicanas, que en estos tiempos de cólera, ha mostrado sus formas más extremas entre las activistas y periodistas –dos grupos muy vulnerados por la violencia–. Unas han compartido con sus hijas los dolores y peligros más profundos; otras han optado por alejarlas y ponerlas al cuidado de otros para no provocarles daño. A ellas, sus hijas, la guerra les secuestró la infancia. Pero terca y clandestinamente, un hilo de amor sostiene sus anhelos y esperanzas.

I. HIJAS DE LA GUERRA

“Mamá: ¿puedo decirle que unos años me dejaste con mis abuelos? ¿Y que bajé en mis calificaciones? ¿Puedo contarle que sentía que no estabas a mi lado?… Pero ya luego entendí. Fue cuando conocí a las madres que buscan a sus hijas desaparecidas. Cuando oí todo lo que han pasado, entendí que es importante que se conozcan sus historias. Y por qué es importante lo que hace mi mamá”.

Mariana tiene 16 años y vive en Chihuahua. Su madre es periodista y se ha hecho cargo de su hija desde que se separó de su ex pareja, hace más de una década. Cuando Mariana tenía 6 años, ella sintió que su trabajo la estaba poniendo en riesgo y la llevó a vivir con los abuelos. Mariana quiere ser educadora o maestra de primaria.

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“La guerra es por la minería. Mi mamá ayuda a las personas a que no haya minas, porque se acaban los alimentos y la gente se muere. Ésta es mi mamá en su trabajo. Es muy lista. Yo la admiro”.

Marina dibuja y juega. Tiene 5 años y vive en Guadalajara, Jalisco. Su madre está de viaje de trabajo y su hermana mayor fue con ella. Mientras platicamos, su papá atiende la llamada de un amigo del norte del país que le cuenta que fue secuestrado otro abogado defensor de campesinos –como él y su esposa–. Y eso, en este país, puede significar que quizá está muerto. La llamada se prolonga casi una hora. Marina no deja de jugar.

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A Mariana y Marina, y a muchas otras niñas y adolescentes como ellas, la guerra les secuestró la niñez. Han pasado más de la mitad de su vida – y en algunos casos lo que llevan de ella– oyendo hablar en sus casas de muertos y desaparecidos; de fosas, masacres, y desplazamientos. Algunas han sufrido directamente la violencia. Otras, aprendieron a mirarla de lejos, con miedo o con enojo. Porque la guerra también les robó a sus madres, a las que han visto año con año tensas, angustiadas, ausentes, ajenas, sobresaltadas.

Son hijas de periodistas y defensoras de derechos humanos, dos grupos de la primera línea de fuego de la guerra mexicana. La Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos pone la cifra: entre 2010 y 2016, han sido asesinadas en México 41 periodistas y activistas –un promedio de 7 por año–. Y las agresiones y amenazas aumentan cada año.

Mamá, tú siempre regresas

Andrea es hija de una periodista de la Ciudad de México. Cuando tenía 9 años, en mayo de 2013, vio que su madre regresaba triste de una marcha de otras madres, las que recorren el país buscando a los hijos que les arrebataron. Entonces, Andrea le escribió esta carta:

“Querida mamá: Espero que este día estés muy feliz porque aunque muchas mamás están sufriendo, tú sigues conmigo, y por eso yo te celebro este día. Tú siempre te vas, pero siempre regresas. Te preocupaste por mí siempre. Por estas y más razones, te amo y te deseo un Feliz Día de las Madres”.

Andrea es ahora una adolescente en secundaria y sigue esperando que su mamá vuelva a ser la que era antes, cuando ella era pequeña y le contaba cuentos, pintaban juntas, o se disfrazaba para sus fiestas. Son cosas que en realidad no recuerda, pero que sabe por las fotografías y porque le han contado sus abuelas, sus tías y su padre. Su madre, dice, es una mujer “toda buenez, mega paciente y bromista”, que nunca deja de trabajar ni de pensar en los demás. “Te acostumbras a despertar y preguntar por tu mamá y que te digan que está en una conferencia en China o en un lugar muy peligroso de Guerrero o de Tamaulipas… casual”.

A Andrea, la guerra le arrebató a la madre que le leía cuentos y organizaba fiestas de disfraces; en estos años se ha tenido que acostumbrar a que su mamá esté siempre de viaje.

Estar lo suficiente

La primera palabra que escribió Nicole fue narcotráfico. Era el año que empezó la guerra y ella apenas tenía 4 años. Su madre, una reconocida periodista en Ciudad Juárez, Chihuahua, tenía en su casa un libro con ese título. Unos años después, esa ciudad fronteriza con Estados Unidos se convirtió en el epicentro de la violencia en el país, cuando brincó de 100 a más de 3 mil homicidios en un año.

Nicole tiene ahora 14 años y está en secundaria. En las tardes se queda sola en casa. Su papá se hace cargo de ella cuando su mamá viaja. Ella ha tenido que habituarse a situaciones tan extraordinarias como que el día de su graduación de la primaria su madre terminó de trabajar de madrugada porque fue el mismo día que eligió Joaquín Guzmán Loera, el narcotraficante más famoso de México, para fugarse de la cárcel.

“He estado ausente cuando ha habido festivales de la escuela, en una ocasión tuvo que ir disfrazada y la llevó su papa. Él tiene que llevarla porque yo no estoy. También mi mamá me los cuidó mucho. Lo bueno es que tengo el respaldo de mi marido… para entenderme mis ausencias, aunque esté presente, porque a veces estoy aquí, en la casa, pero estoy en la computadora o en el teléfono. Lo único que me ha llegado a decir es que piense bien los pasos que doy para no poner en riesgo a todos, porque a veces no te das cuenta, estás tan concentrada que no te das cuenta de que te expones”, cuenta la madre, quien alcanza a arañar la conversación mientras resuelve asuntos de la dirección editorial.

Nicole es una niña de voz suave y generosa con las sonrisas. Cada tanto se aprieta las manos, como si tuviera frío, a pesar del calor de la chimenea. “A mí lo que me da miedo es que me roben. Sobre todo cuando no estoy con mis papás… En mi casa hablan siempre de lo mismo: de las muertes, que uno hizo algo malo, y ya me acostumbré, o sea, a la hora de la comida es más común hablar de la política que de cómo va tu día… El trabajo de mi mamá es un trabajo de mucha responsabilidad. Antes la acompañaba. Luego ella ya no quiso… Ella está lo suficiente. No me quejo”.

De su vida antes de la guerra, Nicole no recuerda nada. Lo que sí tiene muy claro es el momento en el que, para ella, empezó: “Recuerdo muy bien cuando mataron a un amigo de mi mamá, El Choco. Yo estaba preparándome para ir a la escuela y ya no fui. Mi mamá se fue llorando… Yo lo conocí, lo traté varias veces, pero no sabía qué pasaba. Tenía 6 años. Mi papá me explicó. Yo le preguntaba por qué mi mamá estaba así, tan triste. Creo que fue la primera vez que la vi llorar”.

El texto completo puedes leerlo aquí:

http://www.piedepagina.mx/mama-se-fue-a-la-guerra.php


Este reportaje especial fue realizado con apoyado del Fondo Canadá, para iniciativas locales.

“Este trabajo forma parte del proyecto Pie de Página, realizado por la Red de Periodistas de a Pie. Conoce más del proyecto aquí: http://www.piedepagina.mx“.