Horacio Corro

A estas alturas del mes de julio, cuando Oaxaca celebra su fiesta más importante del año, sería injusto decir que todo tiempo pasado fue mejor.

Si nos atenemos a las crónicas, veremos montañas de cadáveres pestilentes, pirámides destruidas y ensangrentadas entre la idolatría indígena y la colonización.

Más tarde, Hernán Cortés fue nombrado Marqués del Valle de Oaxaca. Juan Peláez de Berrio llegó al Valle de Oaxaca en julio de 1529 y encontró una población sin autoridad local.

Como tenía instrucciones precisas para arreglar y agrandar el asentamiento español del valle, pronto organizó el cabildo y ordena el trazado urbano de la villa, lo que hoy es el zócalo o plaza de armas. Dispone que la orientación de los edificios e iglesia recibieran por sus puertas y ventanas el sol durante todas las épocas del año.

Conforme la ciudad de Oaxaca fue creciendo, aparecieron las canciones y loas interminables a este pueblo.

Todas las generaciones que han pasado por aquí, han deseado un buen futuro para la Verde Antequera: libre de inundaciones, con agua potable, con buenos gobernantes, con una vida segura, etcétera.

En base a estas esperanzas, los oaxaqueños dejaron la responsabilidad a los “hombres de confianza”, quienes resolvían todos los problemas porque todos los habitantes de la entidad se convirtieron en menores de edad sin derecho a escoger a los administradores gubernamentales y municipales.

Nos hicieron creer que jugar a la “democracia” nos iba a llevar a una ciudad ordenada y pacífica, con buenos servicios públicos, con decisión, con empleo, con buen transporte, dotada de agua y sin basura; calles pavimentadas y servicios sociales suficientes y eficientes.

Cuando llega Heladio Ramírez López al poder, se marca la diferencia porque el caos se convirtió en la norma. La entidad oaxaqueña se volvió campo de batalla entre las tribus para obtener el poder de manera fácil.

Todos los gobernantes que continuaron después de Ramírez López, nos hicieron creer que nos llevarían a ser una ciudad moderna. La realidad es que cada día la ciudad de Oaxaca se parece más a La Habana.

Creo que me equivoco. Posiblemente tengamos más parecido a Somalia, o la República Democrática del Congo, porque a nuestras autoridades gubernamentales no les interesa que Oaxaca sea Patrimonio de la Humanidad.

El primero que debe estar obligado en mantener y conservar el patrimonio, es el gobernador, pero es el último en importarle. Prefirió colocar juegos mecánicos en el corazón de la ciudad, que conservar desde 1987 ante la UNESCO, esta ciudad como Patrimonio.

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), parece estar sometido a los caprichos del gobernador en turno, pues éste debió impedir en su momento, que se instalarán juegos que afectan el patrimonio edificado.

Si con los juegos trató de impedir que llegaran los maestros de la sección 22 a echarse durante días y días frente al palacio de gobierno, pudo haber encontrado otra solución: como hacer una exposición de nuestras culturas vivas que en ese tema somos riquísimos y no hay otra entidad en el país que nos iguale.

Pero por la poca capacidad intelectual y cultural que tienen la Secretaría de Turismo, y la Secretaria de Cultura, ataron por unas horas el corazón de Oaxaca con unos pobres fierros dizque sirven para divertir, pero que no nos representan como oaxaqueños en nada. ¡Qué tristeza!

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