La Policía Militar entra a una favela luego de un prolongado tiroteo en el barrio Copacabana, en Río de Janeiro, el 12 de junio de 2017. Un joven de 19 años murió y una mujer resultó herida por el fuego cruzado entre los agentes y los pandilleros. Credit Mario Tama/Getty Images.

Por José Luis Pardo Veiras y Alejandra Sánchez Inzunza | New York Times América

RÍO DE JANEIRO — La primera vez que mató, André Luiz de Oliveira buscó el consejo de su padre.

Oliveira se había convertido en policía porque estaba en su sangre: siempre que su papá se ponía el uniforme, le fascinaba el brillo del cinturón y el lustre de las botas. Había crecido escuchando historias sobre servir y proteger, rodeado de policías que iban a su casa los fines de semana para disfrutar de un churrasco, convencido de que luchaban del lado de los buenos.

Pero quitarle la vida a alguien no le parecía natural. Así que aquel día de 1999, cuando abatió en un tiroteo a dos hombres armados que acababan de atracar una ferretería, la primera persona a la que llamó fue a su padre. “Quédate tranquilo”, le dijo, “va a pasar muchas veces. Es una consecuencia de tu vida”.

Después de casi 20 años, el hoy sargento segundo de la Policía Militar de Río de Janeiro dice que no recuerda a cuántas personas ha matado en servicio ni tampoco los compañeros que han muerto. Su única certeza, dijo en el salón de su casa, es que cuando entra en una favela va a haber tiros.

“Esto no es Beverly Hills, esto es Río de Janeiro y aquí se vive una guerra por territorio no declarada”, dijo el sargento Oliveira, un hombre de 43 años que parece una réplica humana de un G.I. Joe: mandíbula cuadrada, pómulos pronunciados, cejas espesas, pelo al rape: “Río de Janeiro es una ciudad en la que mueres por tu trabajo”. En lo que va del año, 84 policías han sido asesinados, el número más alto de la última década, la mayoría fuera de servicio.

La policía de Río de Janeiro es la que más muere en Brasil, pero también la que más mata: 480 casos en los primeros cinco meses este año, según el Instituto de Seguridad Pública (ISP), el mayor número desde que se creó la Unidad de Policía Pacificadora en 2008, un proyecto que pretendía retomar el control del tráfico en las favelas a través de la ocupación policial. En la “guerra” del sargento Oliveira y de los cerca de 47.000 policías militares de Río de Janeiro, “servir y proteger” equivale muchas veces a eliminar al enemigo, representado casi siempre por los miembros de las tres facciones criminales que dominan la ciudad: el Comando Vermelho, Terceiro Comando Puro y Amigos dos Amigos.

“Existe una indignación selectiva en la sociedad dependiendo de quién muere. El joven negro que vive en la periferia parece un sujeto matable”, dijo Renata Neder, asesora de derechos humanos de Amnistía Internacional en Brasil. “La favela es un territorio enemigo a ser conquistado. En esta lógica de guerra, las víctimas por las llamadas balas perdidas son aceptadas como daños colaterales. Si la policía parara de matar tendríamos entre un 20 y un 25 por ciento de descenso en los homicidios”.

En Brasil existe el dicho “Bandido bom é bandido morto” (Criminal bueno es criminal muerto) y, según varios estudios, más de la mitad de la población está de acuerdo con estas palabras.

En Río de Janeiro existe una cuarta organización criminal: la milicia, grupos paramilitares formados muchas veces por expolicías (o policías en activo) que supuestamente combaten al narcotráfico en las comunidades y se han convertido en una mafia.

“Los milicianos no suelen enfrentarse a la policía. Entramos en sus comunidades sin problema”, dijo el sargento Oliveira. La milicia vive de la extorsión en los barrios que controla. La corrupción en la policía también llega a otros niveles. La semana pasada, la Policía Civil realizó un operativo contra 96 policías militares del 7.º Batallón en Sao Gonçalo, acusados de recibir sobornos del Comando Vermelho por un millón de reales al mes (unos 300 mil dólares). Los policías fueron acusados de secuestrar traficantes, extorsionarlos y revender armas y drogas entre otros delitos. Los investigados suman 250 homicidios en servicio, uno de los números más letales de los batallones de la ciudad.

“La violencia brasileña es histórica y se agudizó por la dictadura militar. Continuamos con las mismas instituciones y el mismo sistema, tratando al crimen como una lucha del bien contra el mal”, explicó el Coronel Ibis Pereira da Silva, quien llegó a comandar la Policía Militar de Río de Janeiro, un cuerpo castrense formado antes de los tiempos de la República.

Pereira da Silva es un hombre bajito de una calva redonda perfecta, que durante la entrevista llevaba bajo el brazo un libro de poesía y hablaba con pasión sobre el escritor mexicano Juan Rulfo. No encaja mucho con el perfil de soldado que tiene un policía militar; sus más de 30 años dentro del cuerpo lo han hecho crítico.

“La lógica de guerra sale de los cuarteles y la sociedad se va militarizando. Va creyendo que para enfrentar al crimen, necesitas la guerra. Que las muertes de la guerra son normales”, dijo. “La policía, de manera general, está enferma. La guerra, sin duda, fractura a la humanidad. Todos los policías somos víctimas de eso”.

‘Somos guerreros, somos cazadores’

A las afueras del Batallón 41 de la Policía Militar, el último creado en el estado de Río de Janeiro, hay un letrero con una abeja musculosa que sostiene un fusil acompañada de la leyenda: “Hombres comunes convertidos en extraordinarios”.

Adentro del lugar, donde antiguamente producían miel, hay decenas de patrullas medio descompuestas y un vehículo blindado —el caveirão— lleno de disparos de fusil sin un par de neumáticos. El Batallón 41 se encuentra en la Zona Norte, en medio de los complexos de Pedreira y Chapadão, una de las zonas más peligrosas de la ciudad, donde coexisten los tres grupos del tráfico. En este ecosistema de operaciones policiales, enfrentamientos armados, robos al transporte, tráfico de drogas y de armas, el 41 es el batallón más letal de Río de Janeiro.

El mayor Marcio Alexandre suele animar a sus soldados diciéndoles:  “Somos guerreros, somos cazadores. Tenemos que actuar y garantizar la seguridad de todos”. El 41, para él, es un batallón de héroes. También es el que peor fama tiene. Desde su creación, en 2010, es la unidad con más “autos de resistencia” del estado: muertes en las que la policía alega legítima defensa. Según Amnistía Internacional, el 92 por ciento de los casos quedan impunes. El año pasado, el Batallón 41 registró 117 autos de resistencia, el 12 por ciento de los registrados en toda la ciudad.

“La letalidad policial en Brasil no está fuera del derecho, está dentro. El auto de resistencia es un documento jurídico que no analiza la actuación policial. Lo que importa es quién muere. La letalidad es una función de la policía en Brasil y en especial en Río”, dijo Orlando Zaccone, delegado de la Policía Civil y autor de la tesis “Indignos de Vida: la forma jurídica de la política de exterminio de enemigos en la ciudad de Río de Janeiro”.

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