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Pedro MATÍAS

OAXACA, Oax. (pagina3.mx).- Érika Alexandra ya no conoció a su hijo. Una probable negligencia médica le provocó muerte cerebral. Solo esperan su fatal desenlace en una cama del tétrico Hospital Civil “Aurelio Valdivieso”. La familia espera un milagro dentro de las más amargas incertidumbres.

Con una intensidad conmovedora, a Érika, una niña de 16 años de edad, se le observa que aún las lágrimas le surcan el rostro, aunque a los médicos del Hospital les urge desconectarla porque “ya no hay nada qué hacer” y necesitan del espacio.

Con un electrizante rechazo a esa decisión “inhumana”, la familia de Érika tuvo que recurrir a la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca (DDHPO) para evitar este “crimen”. Una medida cautelar impidió tan atroz propuesta.

Unas horas antes, Érika Alexandra ingresó al Hospital. La expresión de su rostro era de angustia, de miedo, de terror. Sabía, intuía o presagiaba que un mal diagnóstico médico acabaría con su vida.

Ya había preparado la pañalera con la ropa conque vestiría a su bebé apenas naciera, pero Érika ya no supo más de ella. Tuvieron que hacerle cesárea para extraerle al pequeño. Él está bien, pero no su madre quien apenas tiene un hilo de vida que se va extinguiendo minuto a minuto, que se va apagando segundo a segundo, que se va muriendo lentamente por dar vida.

A Felícitas Cabrera García, madre de Érika, hasta los sismos los pasa desapercibidos porque le preocupa más que la vida de su hija se desvanece conforme pasa el tiempo.

Y no quita el dedo del renglón: “La muerte cerebral que tiene postrada a mi hija en una cama del hospital civil es por una negligencia del Cessa (Centro de Salud con Servicios Ampliados), de la médica que no pudo aplicar ese protocolo en urgencia ginecobstetra”.

Es la madrugada del jueves 5 de agosto. Érika Alexandra Ramírez Cabrera, estudiante del primer semestre del Bachillerato Especializado en Contaduría y Administración de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca (UABJO) y con 36.5 semanas de embarazo, comienza a sentirse mal.

Su fecha de parto estaba programada para finales de octubre o principios de noviembre. A esa hora, Érika llamó por teléfono a su madre para que la llevara al doctor porque se sentía mal:

“Me siento muy mal, me duelo el lado de la costilla derecha, me duele la cabeza, me zumba el oído, ya veo borroso”, le dijo.

Felícitas buscó a alguien con vehículo para que le diera un “ray” (aventón) porque su instinto de madre le advertía que había llegado la hora del parto.

“Conseguí quien me dieran el ray y mientras iba por mi hija, le daba algunos consejo por mensaje vía Whatsapp porque supuse que era situación de riesgo.

“Cuando llego, ya está mi hija a orilla de carretera, con su pañalera y la ropa que quería que le pusieran a su bebé”, relata recordando cada momento.

El lugar idóneo para atender a mi niña, cuenta, era el Cessas de San Jacinto Amilpas, porque fue creado precisamente para evitar muertes maternas.

Estaba una doctora. Pasa mi hija con su novio para que la valorara la médica. Eran las 3:39 horas del día cinco de ese mes y mi hija sale con lo ojos llorosos al tiempo que le dice: No me voy a quedar.

-¿Cómo que no te vas a internar?

– Que estoy bien, dice la doctora.

Felícitas se muestra inconforme y decide ir hablar con la doctora: Que me lo diga a mí porque eres menor de edad y yo soy tu mamá.

Toca al consultorio y entra: Oiga doctora, soy la mamá de Érika. ¿Cuál es su diagnóstico? Porque se queja que tiene mucho dolor de cabeza y de zumbidos, le insiste.

– La niña está bien. Incluso escuché el corazón del bebé, está normal. Esto es porque ya empezó el trabajo de parto, tiene un centímetro de dilatación. Ya hice las anotaciones y a las 10:00 horas que la atienda el doctor, o a las 11, pero de preferencia a las 10.

– Le recomiendo que se dé un bañito bien con agua caliente. Tranquila. Todo está bien.

Ya eran las 04:27 horas y decidieron regresar a su casa pensando que a lo mejor por ser primeriza el dolor es más intenso.

Llegamos a su casa alrededor de las 5:45 o seis de la mañana. Seguía con dolor. No podía contener las lágrimas. Para calmarla, Felícitas le dijo, “vamos por unos papeles y nos vamos al Hospital Civil”.

Mientras buscaba sus papeles, Érika se notaba más desesperada a tal grado que suplicó: “mamá, ya no aguanto, págame una cesárea particular. Llévame al doctor particular”.

Siempre la limitación del dinero se hizo presente: “Hija, pero no tengo dinero. Aguántate tantito y nos vamos al Civil”.

Alrededor de las 7 de la mañana se escuchó el grito de Yesi, la persona que cuida al bebé de Felícitas mientras trabaja.

-Érika no, grita Yesi.

Al preguntar qué pasó, Yesi le comenta que Érika se cayó.

Al salir se da cuenta que su hija ya tenía sus piececitos chuecos y sus manitas las tenÍa retorcidas. La tratamos de levantar.

– ¡Érika, ponte chingona!, aguanta hija, ya nos vamos.

Ella la agarró de los brazos, la miró con espanto, con terror, sus últimas palabras es que tenÍa mucho miedo y su pánico se le notaba en la mirada.

-Traté de subirla al sofá. Alcanzó a decir: pipí. Le pasaron una cubeta para ver qué líquidos expulsaba, por si se le reventaba la placenta. En ese momento quedó inconsciente totalmente, solo hacía sonidos raros.

Felícitas sale a la calle en busca de un mototaxi, de un taxi. Un vecino le da un ray y cuando iban en la curva del cerro del Fortín, Érika empieza a sacar un liquido sanguinolento y espumoso.

La angustiada madre grita: acelera, aunque se arriesgaran a un accidente. Acelera, acelera porque mi hija está muy mal. Y nadie nos daba paso.

– Aguanta hija, aguanta hija.

Al llegar al hospital metimos el coche hasta adentro. Los médicos la ingresaron de inmediato porque decían que “mi hija ya iba en coma”.

Preguntan si Érika padecía de la presión y si no se le dio atención médica.

Les hace saber que estuvieron en la madruga en el Cessa de San Jacinto y que la doctora dijo “que mi hija estaba bien, no dijo que sufriera eclampsia, hipertensión y yo me la llevé tranquila confiando en la experta. Nunca me dijo: “la vida de tu hija pende de un hilo si no, me la hubiera traído para acá; al contrario, traté de tranquilizar a mi nena, que era primeriza”.

La respuesta de los médicos fue: Hay que sacarle al bebé a la brevedad. Le practicaron la cesárea de emergencia y me dicen que tuvo un derrame cerebral y que dañó funciones vitales.

Sufrió un infarto cerebral y hay pocas probabilidades de que sobreviva, fue el diagnóstico final.

Le preguntan a la desmoralizada madre que si tenía un comprobante del Cessa y muestra el que le dio la doctora; sin embargo, se lo quitó un médico alto y moreno.

Habló con la doctora, con los de Urgencias y la subdirectora le confirma que solo mediante un escrito se lo solicite al Departamento Jurídico, porque buscan encubrir la negligencia.

Felícitas considera que le dieron tratos de discriminación y estigmatización al denunciar que hay negligencia y encubrimiento. Su dolor se ahonda cuando le informan que van a desconectar a su hija porque ya no hay nada qué hacer.

El día de la entrevista (7 de octubre  de 2017), ni el sismo que tuvo epicentro a menos de 15 kilómetros de esta capital sintió la desconsolada mujer para pedir ¡justicia!, porque es evidente que están encubriendo a la doctora del Cessa y a un alto funcionario que fue el Director del Hospital de Especialidades.

El sufrimiento de Felícitas se ahonda, agrega, cuando acude con Rosario Villalobos Rueda, Fiscal Especializada en Delitos cometidos contra la Mujer por Razón de Género, y le niega el apoyo porque no es de su competencia.

Con el dolor de mi corazón me despegué de mi hija y fui a la Fiscalía a presentar la denuncia por negligencia y en la Fiscalía Especializada, la licenciada dijo que la institución adecuada podría ser justicia para adolescentes y la dependencia de corrupción. Y que yo ejerciera mis derechos, pero que tenía que ir a Ciudad Judicial ubicada en Reyes Mantecón, a unos 24 kilómetros de la capital.

“Estamos hablando de una fraternidad entre personas poderosas y debido a sus cargos ensombrecen el panorama de la justicia para los que no tenemos nombramientos ni ostentamos cargos”, lanza con enojo, tristeza y desesperación.

Ahora, pide justicia y que Derechos Humanos emita una recomendación a los Servicios de Salud para que dejen de encubrir a esa doctora:

¡Que se haga justicia!, que Érika Alexandra no sea una cifra más en la lista negra de impunidad, de injusticia y negligencia como las que ocurren a cada rato en Oaxaca, que presenta un alto índice de mortandad materna”, finalizó Felícitas Cabrera García.