KAREN ROJAS KAUFFMANN

Tuxtepec, Oax.- Hace casi dos años cinco jóvenes regresaban a su casa en Playa Vicente, Veracruz, después de festejar el cumpleaños de Mario en el puerto. Hace casi dos años que la fiscalía de Tierra Blanca, un municipio fronterizo entre los estados de Veracruz y Oaxaca, recibió la información de que José Benítez de la O de 24 años, Mario Arturo Orozco Sánchez de 27, Alfredo González Díaz, y Bernardo Benítez Arroniz, ambos de 25, y Susana Tapia Garibo de 16 años, fueron interceptados por policías estatales y entregados a miembros de un cártel en el municipio terrablanquence. Desde entonces, el hecho se ha convertido en un caso emblemático de desaparición forzada en la Cuenca del Papaloapan que ha dado la vuelta al mundo.

Son las cuatro de la tarde en San Juan Bautista Tuxtepec, un municipio de tierra caliente situado a 218 kilómetros de la capital de Oaxaca y a poco menos de 60 de las ciudades veracruzanas de Tierra Blanca y Cosamaloapan.

El sol pega directo a la cara. Un grupo de apenas 40 personas caminan bajo la humedad enrarecida de la Cuenca, ante la mirada atónita de algunos tuxtepecanos ajenos a las demandas de la primera Caravana Internacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas.

 

Ellas son madres, esposas, cómplices, hijos o padres que buscan entre los más de 32 mil casos de desaparecidos que se han registrado en los últimos 10 años en México a consecuencia de la Guerra contra el narco, cifra que podría recrudecerse según Julio Sánchez Pasillas, coordinador de la Caravana de Desaparecidos, quien asegura que “los datos oficiales podrían duplicarse o hasta triplicarse si no existiera una creciente resistencia a la denuncia”.

Según datos del Centro de Investigación y Desarrollo Económico (CIDE)* a partir del sexenio de Felipe Calderón Hinojosa, las organizaciones delictivas crecieron más de 900 por ciento, lo que aumentó en casi un 2 mil por ciento la tasa de civiles muertos en enfrentamientos o desaparecidos a consecuencia de algún hecho violento.

A pesar de las cifras alarmantes y los hechos crecientes de violencia en la zona de la Cuenca del Papaloapan, la gente mira de lejos y con cierto recelo la labor urgente de la caravana por las calles del pueblo.

Perdimos el miedo a buscarlos

Julio Sánchez Pasillas, Coordinador de la Caravana de desaparecidos.

Julio Sánchez Pasillas, un hombre bajito de estatura, de mirada clara y voz generosa, hoy usa un sombrero verde que lo cubre del sol extenuante de la tarde. Recorre hace casi seis años fervorosamente las calles del país buscando algún indicio que traiga a su hija Tania Sánchez Aranda de regreso a casa.

Es miembro del Grupo Vida, que en los últimos años ha encontrado 48 fosas clandestinas y más de 30 tambos donde presuntamente quemaban cuerpos cautivos en el estado de Coahuila.

Cuando su hija desapareció en enero de 2012, Sánchez Pasillas realizó un peregrinaje interminable por los escritorios de los ministerios públicos. Tras un año sin respuestas y a partir de su experiencia con el grupo, emprendió brigadas de búsqueda terrestre. Ahora reconoce terrenos proclives a ser utilizados como cementerios clandestinos y aprendió a identificar las formas que la delincuencia organizada utiliza con frecuencia para desaparecer los cuerpos.

-¿No tienen miedo? le pregunto confundida. Y con la mirada encendida quizá por los rayos de sol que nos dan de tajo en la cara, me contesta: -“Los que venimos en la caravana sabemos de los riesgos. Sabemos por ejemplo que Tuxtepec, por ser una zona fronteriza es altamente peligrosa. Pero desde que perdimos a nuestros desaparecidos perdimos también el miedo a buscarlos. Hay riesgos, y estamos dispuestos a tomarlos cuantas veces sea necesario y para buscarlos donde sea necesario”.

Sánchez Pasillas no bromea. Conoce a profundidad lo que significa la palabra miedo. En junio de este año, la caravana fue sorprendida por dos presuntos miembros de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA), que infiltrados en la marcha trataron de amedrentar al grupo de buscadores, fotografiando a cada integrante y su desaparecido, y pasando datos clave vía whattsapp de Sánchez Pasillas durante una concentración de la brigada en la Plaza de Armas, que se llevó a cabo en la ciudad de Monclova, Coahuila. Pero al amor nunca lo somete el miedo.

Indiferencia Gubernamental

Han pasado 4 años desde la desaparición de Juan de Dios y Rodrigo Gómez López de 17 y 19 años, ocurrida el 19 de septiembre de 2013. Su madre, Elvira Gómez, una mujer valiente, decidida y de espíritu reacio, deambula por las fiscalías de Veracruz y Oaxaca, exigiendo algún dato que la lleve a dar con el paradero de sus hijos.

Elvira es una mamá menudita que durante la marcha en Tuxtepec, pega en los muros y postes de las calles que recorre a paso lento, calcomanías serigrafiadas con las fotografías de sus hijos. A pesar de su estatura bajita, ubica con determinación los puntos visibles, se para de puntitas hasta donde el corazón se lo permite y pega las imágenes con los rostros de sus hijos desaparecidos.

A mis hijos se los llevaron los estatales. Nunca salieron de Acatlán de Pérez Figueroa. Los tuvieron detenidos jueves, viernes y el sábado en la madrugada se los llevaron. Yo le quiero pedir a Adán Maciel Sosa, presidente de Acatlán, que si sabe algo sobre mis hijos, me diga; que ahí muere. Yo lo único que pido es que me entreguen a mis hijos como los tengan, donde los tengan”, dice Elvira, de pronto ensanchada por la rabia y con la respiración entrecortada.

El día que desaparecieron Juan De Dios y Rodrigo regresaban de Córdoba, Veracruz, después de hacer unas compras. Los hermanos se trasladaban en un autobús de paso y decidieron bajar en Acatlán de Pérez Figueroa, Oaxaca, un poblado limítrofe que cruza en la ruta Tierra Blanca-Córdoba para visitar al padre de Rodrigo. Elvira Gómez supo dos años después, por una llamada que recibió de un ex policía estatal que huyó a Estados Unidos, que sus hijos fueron secuestrados en aquel municipio oaxaqueño. -“Yo levanté a sus hijos, señora. Yo recibí la orden. Yo creo que ya los mataron”, le confesó el ex policía estatal prófugo, al parecer en un arranque de remordimiento.

A pesar de las fronteras, dice enérgicamente Sánchez Pasillas, seguimos intentando entablar un diálogo con el gobernador del estado de Oaxaca Alejandro Murat Hinojosa.

 

“Desde hace 7 años que desapareció el primero de nuestros familiares en el estado hemos buscado a las instancias correspondientes que den atención a nuestros casos. Para nosotros aquí en Oaxaca ha sido muy difícil. Ha habido mucha indiferencia por parte de las autoridades. Uno de los propósitos de las acciones de la caravana es hacernos visibles, porque a cada uno de nosotros, solos, no nos hacen caso, simplemente para coordinar y establecer una reunión con ellos, ha sido casi imposible.”

En agosto de 2016, cuando el Colectivo Solecito, que agrupa a madres de desaparecidos en la región costera de Veracruz, reportó el hallazgo de más de 10 mil restos óseos, 250 cráneos y 125 fosas procesadas en un polígono superior a las 10 hectáreas en el predio Colinas de Santa Fe, la actitud socarrona del entonces gobernador Javier Duarte ante los reclamos de las madres revelaba la grave indiferencia de las autoridades sobre el cementerio furtivo más grande de México, hallado entre la maleza de un terreno pedregoso.

Un año antes del descubrimiento de las fosas, en octubre de 2015 Duarte y su familia arribaron a la ciudad de Orizaba para grabar un par de spots que serviría para su V Informe de gobierno, cuando la señora Aracelí Salcedo Jiménez, miembro del Colectivo Familias de Desaparecidos Orizaba-Córdoba, encaró al gobernador burlón sobre la desaparición forzada de su hija Fernanda Rubí, ocurrida el 7 de septiembre de 2012. En un video captado por Diario El Mundo, se puede advertir la insensibilidad política y el cinismo de un gobierno sitiado por las narcoautoridades.

En México, la víctima es la culpable

Mi nombre es Amelia Mireles Hernández, soy la madre de Carlos Alberto Vargas Mireles, desaparecido el 9 de mayo de 2014, en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Soy integrante de la Caravana Internacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas porque me cansé de andar buscando a Carlos Alberto sola, en este infierno de la desaparición forzada

Llevo 3 años 6 meses lanzando gritos al vacío con la única esperanza de que alguien me escuche y pueda ver otra vez a mi hijo de frente, y sin la necesidad de cerrar los ojos.

Desde que levanté la denuncia, vivo con la zozobra alojada en el pecho. Anoche lo soñé tan flaco que casi pude ver sus costillas. Caminaba descalzo, solo y sin camisa. Algo andaría buscando.

La gente no imagina la penuria de una madre que atraviesa la fiscalía intentando hablar con algún servidor público que quiera mirarla a los ojos.

Ellos se burlan, nos lastiman. Tratan de engañarnos con sus trajecitos roídos y los aparentes logros de sus investigaciones. Luego sacan el expediente empolvado que rellenan con hojas que no tienen nada que ver con el caso y nos juran que los hechos ya se están indagando, pero mienten. Todos nos mienten.

Por eso marcho. Por eso todos los días recorro las calles hasta que me duelen los huesos con la fotografía de Carlos Alberto entre las manos. Porque ¿cómo podría una madre dormir tranquila pensando que su hijo está muerto en algún barranco?

-A lo lejos, se mueven con dificultad las hojas de los árboles-.

 

 

 

 

 


* Las investigaciones realizadas por el CIDE pueden consultarse bajo los siguientes títulos: “La Guerra contra las drogas en los hechos”, “Militarización de la lucha contra el narcotráfico”, “¿Cómo las intervenciones de las fuerzas públicas de seguridad alteran la violencia?”, “Voces Silenciadas. Las formas de morir de los periodistas en México en el contexto del crimen organizado” y “Fragmentación y Cooperación. Evolución del Crimen organizado”. Todos de la serie Política de Drogas del CIDE.