Por: Eduardo Bautista

OAXACA, (pagina3.mx).- No hay motivos que justifiquen la barbarie cometida en contra de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, uno de los capítulos más negros en la historia de la condición humana. Por la magnitud del crimen, por la crueldad, por la descomposición institucional, por las complicidades, por los silencios.

¿Por qué se ha llegado a estos extremos de violencia y criminalidad? ¿Por qué se ha permitido? ¿Cómo despertar de esta pesadilla? ¿Cómo volver a confiar en los otros? ¿Cómo confiar en nosotros mismos? ¿En qué momento se interrumpe esta noche oscura?¿Cómo recuperar la capacidad de indignación?

Indignación no para lamentarse, sino para frenar este tipo de atentados y que nunca más vuelvan a ocurrir. Nunca más una masacre como Acteal, nunca más otro atentado al pueblo oaxaqueño como en el 2006, nunca más los asesinatos impunes en territorio triqui, nunca más asesinatos masivos como el de los migrantes en San Fernando, nunca otro Ayotzinapa, nunca mas crímenes ni impunidades.

Con el paso de los días nos llegan noticias que muestran que las autoridades federales y estatales tenían conocimiento de las redes delictivas a las que pertenecían el ex alcalde de Iguala y su secretario de seguridad pública, y que nada hicieron.

¿Porqué no se actuó conforme a Derecho?¿porqué se esperó una tragedia? ¿acaso la impunidad tiene que ver con la conservación del poder, las alianzas entre cúpulas partidistas y los pactos? ¿hasta donde llegan las colusiones? El asunto no puede minimizarse como advierten al gobierno mexicano los organismos internacionales como Amnistía Internacional, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y relatores de la ONU.

En los contornos del horror, la diversidad de reacciones de distintos sectores sociales van de la rabia y la indignación hasta la indiferencia o la aprobación con las muy lamentables expresiones de “se lo merecían, ellos se lo buscaron”. Las actitudes de indiferencia o aprobación muestran por sí mismas, con toda su crudeza “la supremacía de los abismos” en la conciencia misma, no solo por la incapacidad de indignarse ante el desastre humanitario sino por su justificación.

Ya no se puede seguir pensando en estrategias para la gobernabilidad desde una perspectiva de control de daños desde arriba, para evadir responsabilidades por intervención directa o por omisión. En Guerrero, como en otras partes del país, la alternancia y la transición se han convertido en palabras huecas, en meras cáscaras, en sin sentidos, pues no consideran la injusticia, la desigualdad, la violencia, la criminalidad. Después no caben las disculpas.

¿Para qué ganar una elección? ¿cuál es la calidad de las alianzas? ¿cuál es la humanidad de los personajes? ¿cuál es el entramado de relaciones mafiosas que se articulan en torno a los poderes establecidos? ¿se harán estas preguntas los aspirantes a legisladores y gobernantes de todos los partidos políticos?

¿Cómo frenar esta barbarie? ¿Cómo emprender un gran movimiento pacifista de conciencias en defensa de la dignidad humana? ¿Cómo vencer las apatías y las indiferencias ante el horror? ¿Cómo generar solidaridad al duelo que permita transitar a la digna acción? El dolor no puede ser más una experiencia en solitario.

Pensar el atentado a los jóvenes normalistas como crisis humanitaria es ir más allá del Estado y de la clase política. El proceso implica la socialización de una pedagogía de resistir a la violencia, de conocer y tomar conciencia de las capacidades propias para alcanzar la reconciliación y la justicia, de recuperar la paz, de volvernos más humanos.

Que amanezca ya. No merecemos esta pesadilla. Justicia para Ayotzinapa.

Investigador del IISUABJO

sociologouam@yahoo.com.mx