El templo se había transformado en una plaza donde imperaba la corrupción.
Por siglos la teología se ha ocupado de la respuesta de Jesús a los negociantes sobre lo que verdaderamente significa la santidad del templo, pero en México Jorge Mario Bergoglio no solamente no corrió a los mercaderes sino que permitió que siguieran traficando mientras oficiaba y los bendijo.
En efecto, Bergoglio logró apaciguar el encrespamiento del oleaje mexicano y consiguió dilatar el tiempo político para la maniobra del Estado, a quien en efecto reconvino, pero de igual a igual; nada que se saliera del marco previamente acordado.
El reportaje de Paula Mónaco publicado en La Jornada del 19 de febrero resultó demoledor de las esperanzas de que en algún momento Bergoglio volteara la vista hacia el peregrinar de los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
Es ese momento en el que por única vez las escrituras religiosas judías presentan a Jesucristo enojado, entrelazando cuerdas para formar un látigo y golpear al ganado hasta sacarlo del templo y tirar las mesas de los cambistas y de los vendedores de palomas, desparramando las monedas por el suelo.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/03/17/opinion/021a2pol
