En el estratégico flanco meridional de Rusia, en Asia central, dos repúblicas de la antigua Unión Soviética, Kirguistán y Uzbekistán, se encuentran al borde de la guerra.
Tan preciada ahí como los combustibles, el agua –que da trabajo a decenas de miles de personas a ambos lados de la frontera– puede provocar un conflicto armado entre Kirguistán y Uzbekistán.
En lo que va del año, después de que la crisis frenó el proyecto de construir una cascada de hidroeléctricas en Kirguistán por parte de Rusia, que Uzbekistán considera un riesgo para sus cultivos de algodón en caso de desastre, el principal foco de confrontación se volvió el embalse de Orto-Tokoisk, a 13 kilómetros de la frontera en territorio kirguiso y que reclaman como suyo los uzbekos.
Muchas son las controversias que enfrentan a estos vecinos –entre otras, la disputa de territorio a lo largo de casi 300 kilómetros de zona limítrofe; el reparto de bienes de la época soviética; las alianzas geopolíticas que buscan establecer sus líderes y que se interpretan por la otra parte como amenaza a su seguridad nacional–, pero el añejo problema del agua, en meses recientes, se ha convertido en la mayor divergencia.
El sistema centralizado de planificación de la economía generó el actual nudo de contradicciones –que se agrava con los años, ya un cuarto de siglo desde que se disolvió la Unión Soviética–, y lo que antes se pensaba una idónea distribución de recursos ahora es fuente permanente de tensión: las repúblicas centroasiáticas, que ya no dependen sólo de la voluntad de Moscú, padecen un marcado desequilibrio en la posesión de las principales riquezas de la región, esto es, el petróleo y el gas natural, la energía eléctrica y el agua.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/04/02/opinion/018o1mun
