La historia podría contarse no como una parábola del olimpismo, la razón que decidió a Río a elegirlo como último antorchado, sino como una alegoría de la envidia.
La emoción que sintió el país el viernes a medianoche cuando el viejo De Lima encendió la llama olímpica en Maracaná demostraba que la elección no estaba equivocada.
“Le he escrito varias veces en portugués pidiéndole perdón y diciéndole que quería visitarlo y conocer a su familia pero nunca me respondió.
Habría quedado tercero igual, por lo que, en el fondo, tendría que dar las gracias al loco, porque si no nadie se acordaría de él”.
Sin mí nadie sabría quén es De Lima.
Fuente: http://elpais.com/deportes/2016/08/07/actualidad/1470604874_479240.html