Velada de Muertos en Xoxocotlán.

Psicólogo Juan José Ricárdez

Sin duda esta celebración es una de las más características de nuestro país por involucrar aspectos políticos y psicológicos, y porque además da cuenta de la relación particular del mexicano con la muerte. Así pues, pasaremos revista brevemente al primer aspecto –el político– para aproximarnos con mayor detenimiento en las implicaciones psicológicas de la celebración del Día de Muertos en México.

Para comenzar, definiremos al Día de Muertos y diremos que “es un término específicamente mexicano que se refiere a la versión mexicana de dos festividades católicas, panromanas: el día de Todos los Santos y el de las Ánimas, celebrados respectivamente el 1 y 2 de noviembre” (Stanley, 2000, p. 7); es decir, que ya de entrada hay que hablar de la tropicalización de una festividad católica, e incluso observadores como Brande (1981, citado en Stanley, 2000, p. 8) indican que el conjunto de misas que encomienda la Iglesia a los párrocos “es la parte menos descollante de la festividad”.

A nivel político, diremos que ésta es una festividad que se concibe como evidencia de la identidad mexicana, pero lo cierto es que hoy por hoy la combinación del Día de Muertos con los símbolos de Halloween brinda una concepción mucho menos purista de lo que se piensa. Debemos tomar en cuenta que tanto la cercanía geográfica como la pusilanimidad identitaria son dos características de México que favorecen la dispersión de lo mexicano, ya que, mientras el mexicano hace manifiesto su bravucón orgullo originario, simultáneamente abre la puerta a una cultura global sin arraigo a través de sus secretas y poderosas aspiraciones de ser un día un hombre blanco.

Sin duda el Día de Muertos –vivido como se hace desde antaño– es una de las islas más seguras para la identidad mexicana; pero no en tanto que evento celebrado y experimentado por los mexicanos como algo ajeno, sino como escenario de prácticas que dejaron su simiente en cada uno de nosotros si es que aspiramos a tener una identidad –propia o nacional, no importa–, y es que ya lo dijo da Jandra (2005, p. 26): “la cultura y su núcleo sagrado es lo único que los pueblos pueden oponer fluidamente a la amenaza globalizadora”. La cultura pues representa –y perpetúa– las esencias, pero también pone al descubierto a las ansiedades que fundamentan a quienes participan de ella. Así pues llegamos a la psicología del Día de Muertos, y habrá que iniciarse diciendo que ésta es una psicología de la visión mexicana de la muerte.

En Tótem y tabú (s. f.), Freud se apoya en un recorrido antropológico acerca de la concepción que diferentes culturas han tenido de la muerte para arribar a sus conclusiones psicológicas. En muchas culturas –comenta– hay evidencia de que el tema de la muerte era tratado on recelo. Entre los shuswap de la Colombia británica, por ejemplo, los viudos y las viudas “deben vivir aislados durante el período de luto, no deben tocar con sus manos su cabeza ni su cuerpo, y todos los utensilios de que se sirven quedan sustraídos al uso de los demás” (Freud, s. f., p. 80). Entre los agutainos, en Filipinas, la viuda no debe abandonar su cabaña durante los siete u ocho días siguientes a la muerte de su marido, y si lo hace, debe ser en la noche, cuando no hay posibilidad de que se encuentre a alguien. En Mekeo (Nueva Guinea británica), el viudo pierde todos sus derechos civiles y debe vivir aislado de la sociedad durante algún tiempo, además de que tanto viudo como viuda deben evitar tener una nueva pareja, porque eso despertaría la cólera del espíritu (Freud, s. f.).

Por último, entre la gran información que ofrece Freud (s. f.), mencionaremos la referente a que, en muchas culturas, existe la prohibición de mencionar el nombre del fallecido, e incluso muchas personas llegan poner un nuevo nombre a animales y objetos que se llamaban igual que el muerto, esto con el fin de que nada les recuerde, durante una conversación, dicho nombre.

Es decir, que según lo expuesto por Freud (s. f.) –y así lo destaca él mismo– puede apreciarse una especie de temor al contagio de la muerte; de ahí que aquél que la vive de cerca tenga que estar aislado, o que se evite a toda costa la pronunciación del nombre de un muerto para no invocar un nuevo fallecimiento.

Sin duda todo esto nos pone a pensar cómo se juega este temor a la muerte –y específicamente a su contagio– en la tradición del Día de Muertos, en la que, según se comenta, los mexicanos se burlan de ella, y en las calaveritas, incluso, se juega poéticamente con la posibilidad de que personas queridas o muy conocidas sean llevados por ella. Me parece oportuno partir de que, en efecto, más allá de lo jocoso de la tradición, la ansiedad que produce el contacto con la muerte continúa presente en cada mexicano.

El gran Octavio Paz (2002), en su famoso Laberinto, dedica un apartado específico al tema del Día de Muertos y a la relación del mexicano con la muerte. Así, explica que para las personas de otras partes del mundo la muerte es el tema prohibido,

El mexicano, en cambio, la frecuenta [a la muerte], la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; más al menos no la esconde ni se esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía. (Paz, 2002, p. 63)

Como de costumbre, las reflexiones de Paz (2002) tocan con una inercia maravillosa asuntos psicológicos. Este manejo del tema de la muerte del mexicano le permite, según entiendo, evidencia la dificultad de separarse de sus muertos. La tradición de acudir a los panteones y pasar el día ahí, comiendo y recordando, en presencia del fallecido, como si estuviera, muestran esta negativa a dejarlo ir.

En los altares se colocan las fotografías de los fallecidos, calaveras de azúcar con sus nombres, y sus platillos predilectos porque se sabe que vendrán. Es decir, que además de la negativa de la separación, la comida juega un papel fundamental en estas fiestas. Sabemos por Freud (1983a, 1983b) que la oralidad juega es determinante en la organización de la sexualidad. Esta etapa –la oral– aparece durante el primer año de vida y, como todas las etapas, nunca es abandonada del todo. El jugueteo bucal del bebé con el alimento, el pezón y con los objetos le ayuda a calmar la ansiedad.

La importancia de la comida en el Día de Muertos podría tener su origen en esta posibilidad oral de calmar la ansiedad –o dolor– que la muerte ha desencadenado; no sólo en lo referente a quien se ha ido, sino –sobre todo– ante la posibilidad –que hasta entonces se muestra frontalmente– de que la muerte alcance a quien se queda. Además, tradicionalmente se ha pensado que la muerte es una especie de castigo vengativo, por lo cual, es prudente que el sobreviviente no guarde enojos para con el fallecido, ya que, si así lo hace –se piensa– este espíritu siente lo mismo por aquél (Freud, s. f.).

Lo cierto es que comer en torno al muerto también podría representar la tradición añeja de comerse al tótem. Es decir, a través del acto simbólico de comerse al muerto se le reincorpora, y así se alivia el dolor que dejó su partida; y es que hay teorías que explican que cuando alguien querido muere, lo que duele es que las partes mentales que representaban a esa persona dentro de quien se queda también mueren, por lo cual, reincorporar esas partes a través de una ingesta simbólica podría representar alivio. Si hubiera duda con respecto a esto, podría pensarse en la misa católica, en la que los fieles se comen el cuerpo y la sangre de Cristo.

Entre las características de la relación del mexicano con la muerte que Paz (2002) explica se nombran dos que podrían parecer similares pero que son radicalmente opuestas: la burla y el juego. Es común escuchar la idea de que el mexicano se burla de la muerte, y me parece que así es, y que la burla, a diferencia del juego, implica un contacto inmaduro con lo que es burlado. Burlarse significa aproximarse lo menos posible a algo, al grado de no llegar conocer globalmente un tema. Desde el desconocimiento, se toma parcialmente la parte del todo que es ridiculizable y no se le suelta. El mexicano se burla de la muerte porque no la conoce, porque para él la muerte es una certeza que la vida impone y no un proyecto por el que hay que trabajar.

Otra cosa es el juego o el juguete del niño. El niño conoce a la perfección a su juguete y sabrá distinguir al suyo entre varios iguales. El juguete da cuenta de las aventuras que el niño y él han vivido, y a partir del juguete es que el niño construye la realidad. El niño no piensa a la muerte con fatalismo, sino como una más de las opciones de la vida. En su trabajo sobre cuentos de hadas, Bettelheim (1988) explica que en el pensamiento del niño la muerte es símbolo de desaparición. No es que un niño que hable sobre la muerte esté expresando deseos homicidas, sino más bien la fantasía de que alguien específico desaparezca.

Pero el mexicano no incorpora a la muerte en su proyecto de vida jugando, sino que la rehúye burlándose de ella. La cercanía con la muerte, en México, es un hecho que más bien se instala a fuerza de costumbre y no de razonamiento; pero quienes llevan a cabo este paso, después razonan sobre la muerte, y su vida es vivida con mayor dignidad. Constancia de esto es un pasaje del famoso ¿De qué nos van a perdonar?  del Subcomandante Insurgente Marcos (1994):

¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo? ¿Los que, durante años y años, se sentaron ante una mesa llena y se saciaron mientras con nosotros se sentaba la muerte, tan cotidiana, tan nuestra que acabamos por dejar de tenerle miedo? [Cursiva agregada]

Con gran brillo se muestra a la comida y la muerte bailando en el mismo terreno; y también la posibilidad de conocer realmente a la muerte cuando se quita de en medio la opulencia del banquete que llena huecos, pero no alimenta la vida.

Pero los de hoy son tiempos así, tiempos en los que, ante la ausencia de vida, las personas nos llenamos de cosas para no arriesgar nunca nada. Por eso ahora son tan atractivas las películas o series sobre zombis, porque ahí nos vemos, porque eso somos: cuerpos sin esencia pero capaces de andar, de hablar y hasta escribir. Por eso nuestro Día de Muertos será importante –y no sólo popular– siempre que evoque reflexión sobre vida y muerte, sobre la fiesta y la ansiedad que nos sustenta. Lo que es un hecho es que es un recurso psicológico necesario porque, como pocos momentos en el año, es el instante en que tenemos la oportunidad genuina de palpar la vida.

 

Referencias

Bettelheim, B. (1988). Psicoanálisis de los cuentos de hadas. México D. F.: Grijalbo.

Da Jandra, L. (2005). La Hispanidad, fiesta y rito. México: Random House Mondadori, S. A. de C. V.

Freud, S. (s. f.). Tótem y tabú. En López-Ballesteros Tótem y tabú, Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci (pp. 8-226). México: Iztaccíhuatl.

–. (1983a) Conferencia XX. La vida sexual humana. En López-Ballesteros Introducción al psicoanálisis (II Teoría general de las neurosis) (pp. 90-112). México: Iztaccíhuatl.

–. (1983b). Conferencia XXI. Desarrollo de la libido y organizaciones sexuales. En López-Ballesteros Introducción al psicoanálisis (II Teoría general de las neurosis) (pp. 114-137). México: Iztaccíhuatl.

Paz, O. (2002). El laberinto de la soledad. En El laberinto de la soledad, Postdata, Vuelta al Laberinto de la soledad (pp. 8-231). México: Fondo de Cultura Económica.

Stanley, B. (2000). El Día de Muertos, el Halloween y la búsqueda de una identidad nacional mexicana. Alteridades, 10 (20), pp. 7-20. México.

Subcomandante Insurgente Marcos (1994). ¿De qué nos van a perdonar?. Recuperado de http://palabra.ezln.org.mx/comunicados/1994/1994_01_18.htm


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