Daniela Rea

Esperar.

Cuando mi hija Naira nació, sentí cómo mis caderas se abrieron para dar espacio a su cabeza y sus tres kilos y medio de carne. No fue dolor, o al menos no lo recuerdo así. Más bien recuerdo una extraña sensación de fractura en mi cuerpo.

Desde que llegué a vivir a la Ciudad de México, hace poco más de una década, he esperado el temblor que marcaría mi vida. Crecí escuchando historias de tíos y primos sobre ese momento de 1985 en que la Tierra cimbró y desplomó, en unos cuantos segundos, vidas y edificios. Y una de mis primeras tareas como reportera en esta ciudad, fue contar los veinte años de ese sismo. Recuerdo a los topos de Tlatelolco, unos hombres nostálgicos vestidos en sus overoles naranja y en un oficio sin demanda, a una familia de damnificados que me hicieron sentir como en mi propia casa, cuando yo era una recién llegada sin pertenencia.

Recuerdo a otra familia que aún vivía en campamento y al hijo haciendo su tarea bajo el alumbrado público. Recuerdo la fotografía de una niña sobre ruinas. Parecía jugar en un paisaje lunar.

Desde que llegué a vivir a Ciudad de México asumí que me tocaría mi temblor. Que todos quienes vivimos aquí debemos pagar una cuota con esa Tierra que tiembla, que se fractura, que se abre.

Y llegó. Llegó mientras atendía una junta de trabajo en una cafetería a pie de calle en la colonia Roma, con mi segunda hija, de ocho meses de edad. Ella jugaba con la azucarera cuando sentí un leve movimiento en el piso; pensé que un gran autobús había cruzado la calle y me asomé para comprobarlo. Entonces vi las capas de asfalto moverse como una aletargada ola.

Salvar.

Crecí confiada en que los brazos de mi madre eran el lugar más seguro del mundo. Aunque pasé mi infancia en un pueblo del centro de México, donde no tiembla, no hay huracanes y la última gran inundación ocurrió treinta años antes de que yo naciera, fui de la generación atemorizada por las profecías de Nostradamus. Las imágenes de la Tierra alebrestada y enfurecida estaban en mis miedos. Recuerdo las noches de tormentas eléctricas en que corría a las piernas de mi mamá para protegerme. La casa donde crecí, creció conmigo.

Hasta hace pocos años dejó de estar en obra negra. Esas paredes de cemento y esas ventanas cubiertas con plásticos me hacían sentir vulnerable en el lugar que, por definición, debía darme seguridad. ¿Se sentía mi madre capaz de protegerme de todos mis miedos y pesadillas?

Apenas sentí el temblor bajo mis pies, con un brazo cargué a Emilia y con otra mano arrastré la carriola. Corrí al centro de la calle esquivando autos cuyos choferes desconcertados no frenaban. Un hombre nos abrazó y me dijo: “Suelta la carriola, abraza a tu bebé”. Supongo que era estúpido estar aferrada al carrito en medio del terremoto, pero quizás era la memoria de mi cuerpo que me decía sujetar la mano de mi otra hija que estaba a tres kilómetros de distancia, en la guardería. A lo lejos escuché el estruendo de un edificio que colapsaba. Vi el polvo elevarse hacia el cielo. Miré a mi hija y le dije: “Estamos bien hija, estamos bien”. Emilia se sentía segura en mis brazos y jugaba aún con la azucarera que habíamos robado sin querer de la cafetería. Hasta que una explosión la sacó de su calma y se puso a llorar. La apreté y le repetí: “Estamos bien hija. Todo estará bien”. Entonces me sentí útil para ella.

Caminé dos horas para llegar por mi otra hija a la guardería, me llevó el doble de tiempo de una caminata normal. Fue un paseo apocalíptico. Conforme avanzaba al norte de la ciudad, veía más edificios derrumbados. Las calles olían a gas y varias explosiones sonaron a la redonda. ¿Así se siente una guerra? Caminé sorteando calles y al mismo tiempo queriendo llegar a las ruinas. Llegué a la esquina de Ámsterdam y Laredo, un edificio de ocho pisos más planta baja que colapsó con nueve personas dentro. Sólo dos hombres sobrevivieron, ambos fotógrafos. Un grupo de personas empujaba una patrulla policial que había sido aplastada por los balcones, otro acercaba un trascabo que, con su gran mano mecánica, me recordó lo insignificantes que eran mis manos. Intenté sumarme a la cadena de personas que pasaban uno a uno los bloques de cemento para rescatar sobrevivientes, quería ser parte de algo, como si perderme entre esos brazos y ese polvo me hiciera menos vulnerable. Pero Emilia, amarrada a mi pecho, me recordó otra vez que era madre, que mi otra niña esperaba por mí, y supe que tenía que irme de allí. Al pie de las ruinas, una joven mujer lloraba sin consuelo. Fue la primera vez que sentí la muerte. Me alejé y lloré con ella. Entendí que no tenía nada qué hacer. Que si a alguien debía salvar, que si algo podían sostener mis manos, era a mis propias hijas. Salvarlas del miedo, de la duda, de la misma tormenta que mi mamá me salvaba en las noches de mi infancia.

Seguí el camino sintiéndome sola. Egoísta. Inútil. Las calles se llenaban de gente anónima cargando escombros, atendiendo heridos, llevando agua, mientras yo sólo tenía la urgencia de llegar a casa. Caminé con miedo a la réplica, miedo al árbol, al poste, al cable de luz.

Atrás quedaron más cadenas humanas quitando, mano a mano, los escombros; levantando el puño para pedir silencio, en una poderosa metáfora de lo que esta ciudad ha (había) perdido, su disposición a escuchar al otro.

Atrás los edificios derrumbados, clóset, comedor, colchón, cortina, vajilla, fotos enmarcadas, oso de peluche, zapatos, invitaciones, balón, televisor, tocador, escritorio, ropa, comida, libros, plantas, más fotografías, actas que demuestran que nacimos, que hicimos, que compramos, que amamos, que morimos. Ahí expuesta nuestra intimidad, nuestra fragilidad. El polvo que fuimos elevándose al cielo. Dicen que un análisis al polvo de las Torres Gemelas arrojó que 45.1 por ciento estaba hecho de lana de roca y fibra de vidrio, 31.8 por ciento de mezcla de plástico y hormigón, 7.891 por ciento de madera carbonizada, 2.1 por ciento de fibras de papel, dos por ciento de fibras sintéticas, 1.4 por ciento de fragmentos de vidrio, 1.4 por ciento de fibras naturales, 1.3 por ciento de restos humanos y una cantidad inferior a uno por ciento de medicamentos (ingeridos por los cuerpos), pintura, espuma y amianto. ¿De qué están hechos nuestros recuerdos, nuestro lugar, eso que llamamos casa?

Después de dos horas de andar a pie con los nueve kilos de Emilia a cuestas llegué a la guardería por mi hija mayor. Pero ella ya estaba con su papá. Él había cruzado la ciudad en bicicleta. Los encontré afuera de la casa intentando llamarme desde un teléfono público. Nos abrazamos y soltamos en llanto. Sabernos vivos, sabernos bien.

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