Adrián Lobo

El léxico propio de la profesión médica puede parecer pomposo y rimbombante, casi a la par del lenguaje utilizado por los abogados, en mi opinión puede ser una condición que contribuye a que muchos de estos profesionales sientan que están por encima del promedio de las personas. Aunque por supuesto no lo hacen por simple pretensión. Es una necesidad, deben ser muy específicos en sus observaciones y exactos en sus apreciaciones.

Es vital que sean muy concretos y precisos en sus descripciones y, como toda ciencia, debe apegarse a una cierta nomenclatura para la que se suele preferir universalmente enraizarse en lenguas clásicas, aunque no se está exento de la adopción de extranjerismos, principalmente anglicismos (como “shock” o “rush”). La ciencia médica, según entiendo, no es una sola sino que se integra por numerosos apartados o ciencias básicas en las cuales se basa el conocimiento médico, creo que algunas de esas grandes áreas son: la anatomía, fisiología, bioquímica, etc., de cada una de las cuales a su vez se desprenden muchas más, cada una con su terminología propia. Es tal el nivel de complejidad, se calcula que existen poco más de medio millón de términos médicos, que es muy fácil que surjan dudas y se incurra en inexactitudes no solo entre los médicos, se dice que es el lenguaje especializado que tiene más arraigo en el de uso común, que existe incluso una institución que se encarga de establecer normas para su buen uso (Unidad de Terminología Médica de la Real Academia Nacional de Medicina, en España).

Como es normal existen discrepancias de criterio, errores que se perpetúan, deformaciones, malentendidos, exageraciones y hasta me atrevo a decir que cierto desconocimiento, esto es, el uso y abuso del vocabulario que se puede encontrar en la práctica, algunos incluso que carecen de fundamento académico.

Todo empieza con el término “Doctor”. La persona que concluye sus estudios universitarios en la carrera de medicina obtiene el título de Médico cirujano, equivalente al primero de los grados universitarios que puede otorgar una escuela de educación superior en México, es decir, una licenciatura. El Maestro Posada Arévalo, quien es un importante investigador, médico y maestro en ciencias en salud poblacional, menciona que incluso se puede incurrir en un acto de ilegalidad por llamar, o hacerse llamar, Doctor sin haber obtenido el grado, ya que hay una ley que prohíbe ostentar títulos que no se poseen.

He escuchado alguna vez a un médico exponer el caso de un cierto paciente y querer mencionar que se ejercita con regularidad en un gimnasio y expresarlo diciendo: “…refiere la práctica de la halterofilia…”. Este deporte es fácilmente distinguible de otros que involucran la movilización de pesos más o menos elevados, tiene un enfoque muy distinto a otros deportes con los que se puede confundir, la forma de entrenar es diferente y sus objetivos son otros. A pesar de la inexactitud se puede impresionar a uno que otro colega usando la expresión.

Otro equívoco que suele ocurrir es el uso del galicismo “ortejos” para referirse a los dedos de los pies. El Maestro Posada Arévalo dice que la palabra es de uso veterinario y que en la materia de anatomía, incluso en las normas internacionales, no se menciona ninguna parte del cuerpo con ese nombre. Tampoco está incluida en el diccionario de la R.A.E. a pesar de la validez que pueda tener. Ha ido ganando aceptación pero según mi humilde opinión no es correcto utilizarlo, al menos no en el ámbito médico. Ningún médico consignará en un expediente clínico que le ha atendido de juanetes, en vez de eso utilizará la expresión “hallux valgus”. Lo mismo debería ocurrir con los dedos de los pies, aunque sea más largo, deben ser llamados exactamente así, “dedos de los pies”, a falta de otro término, y al referirse a ellos se deben mencionar según las convenciones establecidas, esto es enumerándolos del borde interno al externo del pie. Él único que tiene nombre además de número es el grueso o dedo gordo que se denomina “hallux”. Una curiosidad que no puedo dejar de mencionar es que no hay una equivalencia como la que se podría esperar entre la numeración de los dedos de las manos y la de los dedos de los pies, de modo que el “dedo gordo” del pie no tiene el mismo número que el pulgar.

Otra palabreja ampliamente utilizada es “laboratoriales”. La inventaron para emplearla en vez de la internacionalmente aceptada expresión “resultados de las pruebas de laboratorio”. El Maestro Posada Arévalo dice al respecto: “Dar por correcta esta palabra (inexistente en los diccionarios) nos llevaría a crear también las palabras ‘radiografioales’, ‘ultrasonografioales’, ‘tomografioales’, ‘histopatologicoales’ o ‘endoscopioales’, palabras evidentemente absurdas”. No tengo nada más que agregar al respecto.

No es mi intención insertar aquí el trabajo completo del Maestro Posada Arévalo, sólo comentaré brevemente algunos puntos más, reconociendo que sin duda para quien desee profundizar ir directamente a consultarlo es lo más adecuado.

• Cubreboca. Su nombre correcto es “mascarilla quirúrgica” y su propósito es cubrir narinas y boca. También la barba en caso de existir. No únicamente la boca. Más allá del nombre el aspecto negativo es el mal uso al que puede inducir llamarlo así.

• Anemia. ¿Quién puede existir sin sangre?

• Biometría. ¿Alguien puede medir, efectivamente, la vida?

• Paramédico. Muchas instituciones llaman servicios paramédicos a los que apoyan a la atención médica. El origen de la palabra es la contracción del nombre dado a grupos de médicos y enfermeros militares adiestrados para acercarse a atender heridos en los campos de batalla lanzándose en paracaídas, que se denominaron “parachute medicals”.

Por otra parte quienes prestan atención médica pre hospitalaria son Técnicos en Urgencias Médicas (T.U.M., siguiendo la tendencia al uso de siglas). Según el Maestro Posada Arévalo “…paramédicos deberían llamarse sólo los que llegan en paracaídas al sitio donde se les necesita”.

Adrián Lobo.

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