Las hermanas Mendoza en su hogar, Teotilán del Valle © Gentl and Hyers (Imagen recuperada de https://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/es/trav/3/s/2018/15/mexicanas_con_trenzas_5673_940x630.jpg)

Pilar GUZMÁN /traveler

“Es la casa azul frente al hotel Casa de las Flores. Vente sobre las seis”, leo en el mensaje de texto. Me dirigía a pasar una velada en casa de Jessica Chrastil, una expatriada estadounidense con una pequeña pero influyente residencia para creativos y académicos llamada Pocoapoco, en el corazón de Oaxaca.

Había pasado la mañana con Chrastil caminando por las calles empedradas del centro de Oaxaca, entrando a mercados, tiendas y restaurantes donde los colores ocre, fucsia y turquesa de las fachadas se potenciaban con el contraste del cielo grisáceo que amenazaba con un inminente aguacero.

Nuestra primera parada fue Boulenc, una panadería artesanal de estilo europeo convertida en cafetería, un lugar de culto dentro del universo culinario por su dominio en la fermentación de masas y el uso de granos regionales ancestrales.

Sentadas en una de las mesitas rústicas del patio, observamos a un elenco de artistas locales y extranjeros vestidos con faldas vaporosas y sombreros Panamá, a la vez que comemos un menú artesano (shakshuka con huevos escalfados y la mejor tosta de aguacate que he probado en mi vida).

Desde ahí resulta más que fácil percatarse de que Boulenc es el claro ejemplo que simboliza la agitación cultural que es Oaxaca. Sencilla y sofisticada a partes iguales, vendría a ser el equivalente mexicano de la actual Venice Beach, o la fantasía que toda generación tiene de lo que una vez fue el centro de Nueva York.

Visto así, no es de extrañar que tantos residentes de Pocoapoco –ceramistas, diseñadores, bailarines, comisarios de museos y fotógrafos– planeen pasar una semana en Oaxaca y terminen quedándose un mes entero.

El tiempo aquí fluye con más facilidad, al igual que las interacciones sociales. Más entrada la noche, noté que me movía al mismo ritmo que los locales, como si estuviese en mi propio barrio de camino a casa de mi vecino.

Después de localizar la esquina donde se encuentra la casa de Chrastil en relación con la iglesia barroca del siglo XVII de Santo Domingo de Guzmán, epicentro geográfico y espiritual de la ciudad, me sentí lo suficientemente confiada como para abandonar mi mapa y puse rumbo hacia el laberíntico Mercado de Abastos para probar la quesadilla de flor de calabacín de la que tanto había oído hablar.

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