Una situación que me causa decepción es ver cómo muchas veces los médicos experimentan una involución en su trayectoria a partir de este punto de inflexión que es el internado. La mayoría llega al hospital en su último año de la carrera casi siempre entusiasmados, se muestran corteses, saludan a todo el mundo, son respetuosos con el personal, son amables y tienen iniciativa pero, como es natural, debido a su inexperiencia cometen errores. Y aquí la culpa no es de ellos del todo. Al menos en este hospital carecen de algo así como una inducción donde se les enseñe lo elemental para que no ocurra como ahora que los lanzan al ruedo así nada más, a la buena de dios y encima de eso les dan fuertes reprimendas cuando no realizan adecuadamente las tareas que les encargan. ¡Pues si no son adivinos y nadie se ha tomado la molestia de al menos darles una orientación básica!

Actualización. Al parecer sí contamos en el H.G.D.A.V. con un breve curso de inducción para quienes inician su internado, pero parece que es opcional y tan breve y apresurado que su utilidad es cuestionable.

El trato que reciben durante el año que dura su internado es duro, aunque muchas cosas han cambiado y en comparación con lo que pasaban los internos de antes lo de ahora no es nada. Probablemente es necesario por la profesión de la que se trata, lo que no me parece correcto es que muchas veces otros médicos, residentes, adscritos e incluso enfermeras les cargan la mano con el pretexto de que “a mí no me trataron bien cuando fui interno”. Lo toman más como una revancha que como la oportunidad de enseñar, de colaborar en la formación de un profesional y eso que el H.G.D.A.V. es un hospital escuela. Sin embargo la experiencia no se compara con lo que tenían que pasar los internos anteriormente, no hace un año, ni dos, ni cinco; hace 15 ó 20 o más años, era muy duro, mucho más que ahora, si hubiera que comparar se tendría que actualmente los tienen entre algodones. Aquellos aguantaban mucho más y se quejaban mucho menos, a mi parecer tenían más entereza, más arrestos, no es que fueran sumisos sino que estaban mejor ubicados, tenían una mejor educación. Pienso que esta diferencia en la formación recibida desde la familia origina que actualmente los médicos internos se muestren reacios y pongan muchas objeciones a las tareas que reciben, hasta llegar a percibirlas como “sucias y degradantes”. Sin que ello signifique que muchas veces no sean mucho más que abrumadoras.

¿Por qué lo digo? Es sencillo. Porque esas tareas que muchos internos rechazan por considerarlas “sucias y degradantes” se tienen que hacer de cualquier forma y generalmente no son labores que se encuentren fuera del ámbito de la atención a los pacientes, no los van a obligar a limpiar porquerizas ni a zambullirse en un drenaje sanitario. Si bien es cierto que en muchas ocasiones los emplearán como mandaderos, tampoco los van a poner a lavar el auto del adscrito o residente. Además se encuentran todavía en un proceso de aprendizaje, de formación, ¿qué esperaban? ¿Llegar a dirigir el hospital? ¿Aún sin haberse graduado ni adquirido antes el conocimiento y la experiencia que se requiere? ¡Por favor! Lo que algunos de estos jóvenes necesitan son dosis masivas de “Calmatiux” y “Ubicatex”.

La relación entre los médicos novatos (internos de pregrado) y los más veteranos (residentes y adscritos) me recuerda un curioso experimento sobre el que leí un poco. En una habitación confinaron a un grupo de monos. En algún sitio colgaron un racimo de plátanos. Pero cuando un individuo tomaba una fruta, el resto de alguna manera recibía una fuerte descarga eléctrica. No tardaron los primates en relacionar causa y efecto y entonces cuando uno de ellos hacía por llegar a ella, era inmediatamente reprimido con violencia por los demás. Luego empezaron a reemplazar a los integrantes paulatinamente. Obviamente cuando un nuevo miembro era introducido éste buscaba tomar un plátano, lo cual los demás invariablemente evitaban a golpes. Los nuevos aprendieron rápidamente que no debían hacerlo y que cualquier tentativa sería duramente castigada. Llegó el momento en que ninguno de los monos ahí adentro había experimentado una descarga a causa de que alguno realizara la acción prohibida. Sin embargo el grupo continuaba infligiendo un tremendo castigo a quien se atreviera a intentarlo. Lo seguían haciendo sólo porque así les habían hecho a ellos, ninguno sabía lo que ocurriría de permitirlo.

En fin, que la mayoría de los jóvenes internos se van endureciendo, volviéndose un poco cínicos, dejan de saludarte cuando te encuentran por los pasillos, tantas veces les dicen “… deja eso, que lo haga la enfermera…”, “… tú no hagas eso…”  y cosas así, que se llegan a creer que hay actividades en el ejercicio de la profesión que simplemente no son dignas de un médico, en este aspecto se aplica el dicho “hacer el muerto y asustarse del petate”, porque después esos mismos médicos que tantas veces les dijeron aquello se quejan de que son poco solidarios y de que no tienen iniciativa. Así que su entusiasmo se va apagando, dejan la iniciativa de lado y esa chispa que los iluminaba el primer día que se presentaron finalmente se extingue, nace un gran médico y muere un ser humano compasivo. Insisto en que no es un fenómeno generalizado, hay muchachos que tienen gran nobleza de nacimiento, supongo que provienen de familias donde han tenido un gran ejemplo y saben que lo cortés no quita lo valiente. También he visto cómo esos muchachos no se detienen ante obstáculos que para sus compañeros son infranqueables. Actos tan simples que resulta poco menos que ridículo pensar que un pedazo de papel que los acredita como médicos impide que los realicen. Hablo de cosas como empujar una camilla para llevar a alguien a un estudio de rayos x, o ayudar a mover a un paciente de una camilla a una cama, levantar una sábana sucia y depositarla en el lugar apropiado. No es que yo quiera que lo hagan todo el tiempo, hay personas encargadas de realizar esas tareas, pero hay ocasiones en que un pequeño apoyo hace una gran diferencia. Muchos de ellos se quedan impasibles sin mover ni un músculo, simplemente viendo cómo alguien trabajosamente intenta movilizar a un paciente que pesa 140 kilos. Se trata de un poco de solidaridad y de cortesía, ¿es mucho pedir? Iniciativa, empatía, trabajo en equipo, de eso hablo. Se trata del cuidado de personas, ¿no son deseables esas cualidades?

Muchas veces he deseado decir algo a los jóvenes que inician su internado y aprovecho esta ocasión para hacerlo:

“Tienen enfrente un largo camino. Intentarán desanimarlos, intentarán desviar su trayecto, pero por favor, manténganse firmes, el ánimo que ahora tienen es tan importante como la experiencia que van a adquirir; la cortesía, la amabilidad con la que se conducen hoy tiene tanto valor como el conocimiento que van a reafirmar. Nunca olviden este entusiasmo con el que hoy inician, no olviden esta increíblemente satisfactoria sensación de ayudar a alguien a recuperar la salud y mejorar su calidad de vida.

Tengan la seguridad de que ni una letra de su título se va a borrar si ocasionalmente hacen algo que ‘no les corresponde’, en la atención de un paciente no hay tareas deshonrosas para un médico; tengan presente que la sabiduría empieza con la humildad. Reconozcan a los demás como a iguales, las diferencias entre nosotros no necesariamente son defectos. Recuerden que la práctica de la medicina no se detiene a nivel fisiológico, sino que comprende incluso el alma humana.”

 

 

Adrián Lobo.

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