Adrian Lobo

En el H.G.D.A.V., como sucede en todos los demás centros de atención dependientes de los S.S.O., se tiene que lidiar con múltiples carencias, las cuales se pueden agrupar en varios rubros aunque de inicio conviene separarlos en dos grandes grupo: Recursos humanos y materiales. Sin embargo el origen de todos ellos es uno sólo: El dinero. O la falta de éste, mejor dicho. La solución, como se puede colegir, es también una sola  y además muy simple: Que dejen de robarlo y que permitan que sea utilizado en aquello para lo que se supone que está destinado. Pero aquellos que son los responsables de estos asuntos prefieren antes de eso buscar que se tengan más ingresos por la vía que sea. Uno de ellos es, cómo no, recurrir al gobierno federal. Pero estos últimos no sueltan prenda tan fácilmente en lo relativo a esos temas, porque ellos también roban su parte, una gran parte, debo decir (¿o no es cierto, Chayito Robles?), casi hay que hacer circo, maroma y teatro para lograr ser admitidos bajo el amparo de algún financiamiento extraordinario. Parece que implica una larga y tortuosa carrera de obstáculos llamada “certificación”, porque sí, obtener una certificación es una vía de acceso a recursos extra para los hospitales públicos. Hace unos años se puso de moda entre los profesionistas independientes certificarse, aunque según entiendo todo era mayormente un buen negocio para las empresas que otorgaban tales calificaciones. Según me parece su mejor momento ya ha pasado, fueron años en que se vivió una verdadera euforia por obtener una.

Y bien, ¿quién se encarga de certificar? Pues esa es tarea del Consejo de Salubridad General. Según su sitio web “El Consejo de Salubridad General es un órgano colegiado que depende directamente del Presidente de la República y tiene el carácter de autoridad sanitaria, con funciones normativas, consultivas y ejecutivas. Las disposiciones que emita serán de carácter general y obligatorias en el país”. Internacionalmente la máxima autoridad es la Joint Commission International. Según la sección de preguntas frecuentes del mismo sitio web “la Certificación de Establecimientos de Atención Médica es el proceso por el cual el Consejo de Salubridad General reconoce a los establecimientos de atención médica, que participan de manera voluntaria y cumplen los estándares necesarios para brindar servicios con buena calidad en la atención médica y seguridad a los pacientes”. Esto mediante el  Sistema Nacional de Certificación de Establecimientos de Atención Médica (SiNaCEAM), cuyo objetivo “es coadyuvar en la mejora continua de la calidad de los servicios de atención médica y de la seguridad que se brinda a los pacientes, además de impulsar a las instituciones participantes a mantener ventajas competitivas para alcanzar, sostener y mejorar su posición en el entorno”. Y por cierto que es aplicable para hospitales públicos y privados. Es de suponer que para merecer la estrellita dorada en la frente es menester poder comprobar que se cumplen ciertos requisitos básicos y superar las evaluaciones a las que haya que someterse. Esto debe significar que la calidad del servicio que se ofrece es mucho más que solamente aceptable y que por lo tanto se justifica que se reciban recursos adicionales o en el caso de los profesionistas independientes, que sus honorarios sean más elevados que el promedio, lo que es casi como supuestamente decía un infame ser abyecto, que “merecemos abundancia”.

Como todo el asunto gira en torno al tema de la calidad en el servicio, quienes se encargan de otorgar estas como indulgencias eclesiásticas deben verificar todos los aspectos implicados. No está de más recalcar que todo esto no es más que mi muy particular visión del proceso de certificación de establecimientos de atención médica y lo abordo de esta manera por ser una que está más al alcance de mi comprensión, es mi interpretación, como yo lo entiendo, no comentaré las disposiciones oficiales por ahora aunque puedo decir que es una información sumamente interesante y que está disponible en internet.

Me da por pensar que es muy lógico centrarse en tres aspectos: Instalaciones, personal y procesos (sí, me he basado en el enfoque de Marcus Lemonis para los negocios). Para todos ellos existen normativas que se deben cumplir para poder obtener una nota aprobatoria. Y aquí si lamentablemente como dicen por ahí, no hay ni cómo ayudarnos. Este año 2018 según entiendo no es la primera vez, y tampoco será la última seguramente, que se somete nuestro hospital al proceso de certificación y que nos batean, muy lejos, al infinito y más allá. Me acuerdo entonces de Jhonny Latino diciendo “¡Lástiiiimaaaaa Margaaaaaritooooooo” y luego al aludido se lo llevaban al baile… otra vez. De hecho lejos de avanzar hemos retrocedido. Por no cumplir con las normas establecidas el hospital perdió hace unos años una importante acreditación que se tenía y que permitía que contáramos con el área de oncopediatría. Fue retirada y ahora no podemos ya atender pacientitos de  oncología.Y cómo no. Yo diría que en ninguno de los aspectos que según yo son evaluados logramos una calificación aceptable. Hay algunos trabajadores entusiastas y optimistas, tal vez ingenuos, que albergan alguna esperanza de lograrlo, otros, mejor informados tal vez, ni siquiera nos otorgan el beneficio de la duda. Y es que haciendo un repaso rápido por los puntos a evaluar se puede dar uno cuenta que es un duro camino cuesta arriba.

Para empezar está el asunto de las instalaciones. Actualmente, en noviembre del 2018, hay obras sin concluir, algunas de ellas detenidas. Olvidémonos de verificar si las áreas que están trabajando normalmente son adecuadas o no, creo que cualquier revisión que llegue a encontrarse con obras paralizadas o en curso no necesita más evidencias para decir que así no se puede otorgar una acreditación de nada. A veces no es el problema el espacio en sí mismo, sino cómo lo utilizamos. Además de eso, nada más entrar, en el área de valoración crítica, empezamos a ver situaciones cuestionables. Yo creo que a los pacientes no deberíamos dejarlos, si bien en camillas o en sillas de ruedas, en pleno pasillo, donde tiene que circular el personal y los usuarios. A veces no se puede ni pasar, o tiene que hacerse con mucho cuidado, porque están atendiendo a un paciente y está ahí la camilla, a veces un camillero, una o dos enfermeras, los rescatistas que han traído al paciente y su propia camilla de modo que bloquean el paso. A mi parecer hacen falta una especie de “boxes” o cubículos, si bien divididos por cortinas, donde se tuviera además la privacidad para darle al paciente una atención digna, porque por necesidad de la atención, o al menos ese es el proceso que se sigue, muchas veces hay que cambiarles la ropa y ponerles una bata y tienen que hacerlo ahí mismo, en el pasillo, donde lo mismo circulan policías, familiares de los pacientes, trabajadores, rescatistas y demás visitantes. Y así por el estilo, ningún servicio se salva, creo yo, de incurrir en una mala organización de los espacios o en la falta del mismo. Así que únicamente agregaré sobre el tema un comentario más: El único servicio, en realidad la mitad de aquél solamente, donde se puede más o menos con cierta facilidad maniobrar con una camilla es tococirugía, no en el quirófano sino en donde están las señoras que esperan para ser canalizadas al tercer piso o por su alta del hospital. Por otro lado la U.C.I. es aquél donde es más complicado. A la estrechez del sitio debe agregarse que ahí los pacientes por su condición usualmente están permanentemente conectados a bombas de infusión, ventiladores y otros aparatos que tienden toda una telaraña de cables y manguerillas de plástico a su alrededor que conviene mucho estar atento en no perjudicar cuando se acerca uno para dar alguna asistencia a alguno de esos pacientes.

Adrián Lobo.

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