Adrián Lobo

La atención que se brinda actualmente en los hospitales ha evolucionado mucho de la mano del conocimiento científico y continúa dirigiéndose cada más más hacia un trato más humano y digno para los pacientes conforme la ciencia sigue avanzando.

Pasos agigantados se han dado por ejemplo con la aplicación de descubrimientos como el del Dr. Lister sobre la asepsia y la antisepsia, el del Dr. Fleming sobre los antibióticos, el del Dr. Jenner sobre las vacunas.

Y los invaluables aportes de personas como la insigne Florence Nightingale, ella no solamente impulsó la enfermería como profesión sino que se considera que su actividad es un antecedente directo del sistema de salud británico, además utilizó sus conocimientos en matemáticas y los aplicó en la estadística sanitaria y a la epidemiología, de modo que su trabajo no sólo impactó en la atención directa a los pacientes sino que tuvo incluso repercusiones en la administración hospitalaria.

Antes de eso y hasta entonces los hospitales podrían haber parecido auténticas casas de espantos.

Si aún ahora para personas sensibles puede resultar impresionante entrar y ver cómo queda una sala de operaciones después de una cirugía especialmente complicada o pasar por ahí por los servicios y escuchar los lamentos, los gritos, el llanto de los pacientes que están atravesando por un momento difícil, no me quiero ni imaginar cómo era hace 100 años o más, cuando ni siquiera había analgésicos.

Solo con decir que en algún momento de la historia eran los barberos quienes lo mismo se encargaban de la extracción de una muela y hasta de la emasculación de los tristemente célebres niños dedicados al canto y a la música, lo mismo que a afeitar y rasurar queda dicho todo.

De hecho el famoso “caramelo” que aún ahora puede verse fuera de una barbería es la evolución del símbolo que estos antiguos barberos–cirujanos colocaban afuera de sus locales y que consistía en la imagen de un antebrazo levantado y chorreando sangre, en alusión a las sangrías que en la época realizaban porque se creía que esta práctica era buena para la salud al eliminar un supuesto exceso de sangre en el cuerpo.

El asunto es que en un lugar como este hospital se viven intensamente momentos de angustia, de dolor y de sufrimiento. Hay quienes creen que esas emociones suelen ser tan intensas que llegan como a impregnarse en las propias paredes del lugar, hasta en el piso y en los techos.

Hay también quienes creen en un alma inmortal que alguna vez habitó en un cuerpo vivo, que estuvo unida a una parte carnal y que en circunstancias extraordinarias se separó de aquél y se quedó por alguna razón sin poder transitar hacia un lugar más apropiado.

Hay una historia que es bastante común en hospitales, entre ellos el H.G.D.A.V. y es la de la conocida como “La planchada”.

Se supone que es un ser incorpóreo que algunas noches aparece haciendo recorridos nocturnos en los pasillos del hospital. Tiene el aspecto de una enfermera, desconozco el detalle de su apariencia pero se dice que es muy pulcro, porta una vestimenta inmaculada, luce muy bien arreglada y es notorio que lleva la ropa almidonada, de ahí el mote que le pusieron.

Se le ve siempre ensimismada en el cuidado de sus pacientes, aunque seguramente ninguno estaría contento de recibir sus atenciones ya que se dice que típicamente aquél paciente a quien se acerca y le da a beber agua irremediablemente fallece al poco tiempo.

Otra historia de misterio que se ha conocido recientemente en el H.G.D.A.V. se ha desarrollado en la Extensión de Medicina Interna (E.M.I.). Son algunas pocas camas las que hay en dicho espacio, me parece que sólo seis, es una sala que está en el fondo de un pasillo y se puede aislar bastante bien al cerrar las puertas.

En distintas ocasiones distintos pacientes que han estado ahí internados han comentado que escuchan por las noches el ruido de niños jugando y que incluso no los dejan dormir debido al pequeño alboroto que hacen. Sin embargo no suele haber niños por ahí y mucho menos por las noches, el área de pediatría se encuentra en el piso superior y en ese horario no están permitidas las visitas.

También recientemente una enfermera relató algo que le sucedió. Fue en el turno nocturno.

Resulta que el elevador, el principal se me ocurre decir, se quedó a oscuras, se fundieron las lámparas que lo iluminaban por dentro y así ha estado últimamente. El elevador se cierra tan bien cuando está en funcionamiento que incluso de día se hace una completa oscuridad en su interior. Pues bien, esta enfermera en cierto momento tuvo que utilizar el elevador pero no subió sola, iba con ella un vigilante. Al llegar al piso donde tenían que bajar, la enfermera sale e inmediatamente se vuelve hacia el vigilante que venía detrás de ella y le dice:

  • ¡Cuidado con el niño! – Totalmente sorprendido y lleno de extrañeza el vigilante le pregunta que a qué niño se refiere.
  • El niño que venía con nosotros.
  • ¡Jefa, ningún niño subió con nosotros!
  • ¿Pero cómo? ¡Si yo vi que se metió y hasta me tomó de la mano!

En otra ocasión, igualmente en el turno de la noche, cuando todavía el cuarto piso -el servicio de Tococirugía- no se reinauguraba y seguía en obra, a un compañero se le ocurrió subir a buscar un espacio dónde tomar una siesta tranquilamente sin que nadie lo molestara. Lo que efectivamente pudo hacer.

Repentinamente escuchó que alguien le empezó a hablar, una voz que le decía que ya era hora de irse. El compañero se despertó y vio a alguien de pie a un lado de él y aunque no lo pudo reconocer le dio las gracias mientras se levantaba.

Se dispuso entonces el compañero a utilizar el elevador para dirigirse a su servicio para reanudar sus actividades, entonces aquella misteriosa persona que lo había ido a despertar le dijo: “Bueno, yo me voy por aquí” y se dirigió entonces hacia un punto donde no había ninguna salida y simplemente desapareció.

En otra ocasión una paciente de cierta edad falleció en uno de los servicios. Sin embargo a pesar de su delicado estado de salud se le había visto bastante tranquila, incluso por unos momentos estuvo canturreando alguna melodía.

Varias horas después, una vez que declararon su deceso, el personal del servicio procedió a amortajarla como se hace normalmente y cuando terminaron de preparar el cuerpo el camillero lo condujo para depositarlo en donde corresponde.

Sin embargo el compañero asegura que cuando ya se encontraba en el mortuorio y la estaba movilizando para colocarla en donde debía hacerlo ¡todavía volvió a escucharla cantar la cancioncilla que estuvo entonando horas antes en la cama donde reposaba!

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