Hospital Incurable | La dimensión descolorida. Primera parte.

Adrián Lobo

Oaxaca.- Un hospital, como ya he dicho antes, es un sitio peculiar: Se puede ver regularmente gente trabajando en pijama como si tal cosa fuera lo más normal. Recientemente unas sandalias (llamadas “Crocs”) se volvieron de uso muy común. No sólo he visto personas que las usan en el H.G.D.A.V., también en el hospital “Presidente Juárez”, del ISSSTE hay quienes lo hacen. Un maravilloso personaje que vive en España, es estrella de las redes sociales, exitosa escritora y enfermera de profesión conocida como “La Enfermera Saturada”, o “Satu”, ya más en confianza, dice que dedicarse a la enfermería es un poco (o un mucho, podría anotar este humilde servidor) como vivir del mal ajeno. Este dicho suyo es igualmente aplicable a todos los trabajadores de la salud. Esto me quedó muy claro hace poco tiempo, cuando tuve la ocasión de presenciar el encuentro de un médico especialista en cuidados intensivos que está en la U.C.I., con un colega suyo de otra especialidad.

  • ¡Qué tal Doctor! ¿Cómo le va? ¿Cómo le pinta el año nuevo?
  • Pues muy bien, gracias. Con mucho trabajo, gracias a dios.

Aquello no sonó muy bien, quedaría excelente tratándose de cualquier otra profesión, pero no viniendo de un médico. Tal vez de un cirujano plástico… o de un dentista… pero no uno de Cuidados Intensivos. Hacer un comentario tan desafortunado es meter la pata hasta las cervicales y no hay forma de meter reversa y recomponerse, quedaría uno peor tratando de aclarar, algo así como:

  • Sí, bueno… quiero decir que he tenido… la oportunidad… de ayudar a muchas personas… ya sabes… casos difíciles… complicados… y eso… tú sabes… me mantiene ocupado… ya ves que estoy en… cuidados… intensivos…

También uno de estos primeros días de enero del 2019 una tarde un médico se asomó a uno de los pasillos del hospital.

  • Esto está muy calmado, ¿no? – me dijo.
  • Sí, Doc, está tranquilo el servicio.
  • Parece que este año trae mucha salud… – dijo. Y esbozando una sonrisa se retiró por donde había venido.
  • ¡Santa María del Tule! – pensé – ¡Y con esto de la austeridad, que hasta a los recaudadores de impuestos están recortando!

En fin. La comunicación médico-paciente también tiene sus peculiaridades, como ya he mencionado en ocasiones anteriores. Por ejemplo  cuando alguien manifiesta dolor, quien lo atiende, como forma de valorar la situación y determinar las medidas a tomar, le pide al paciente que le indique más o menos cuán intenso es:

“En una escala del uno al diez, donde uno es nada de dolor y el diez es un dolor insoportable, ¿con cuánto califica usted el dolor que siente?”

Esta pregunta – quiero prevenir a los futuros médicos internos –  jamás deben hacerla a una persona que se dedique a la docencia. Es como dividir una cantidad x entre cero: No llegará a ninguna parte. La razón es que al escuchar la palabra “calificar”, o una alusión a ella, una persona dedicada a la docencia entrará en un modo de funcionamiento especial. Intentaré ilustrar lo que digo relatando un episodio del que fui testigo presencial en un lugar privilegiado.

Un día una maestra llegó al área de valoración después de golpearse la cabeza mientras viajaba en un taxi colectivo que era guiado, como ocurre normalmente, por un por demás precavido y cauto chofer (sí, claro…). Un médico procedió a revisarla como normalmente lo hacen. Yo no sé qué habrá encontrado aquél, yo desde mi nada experto punto de vista no percibí una cortada o algún rastro de sangre ni un hematoma (moretón) o alguna tumefacción (un chipote o chichón) y además la maestra se veía bastante bien: consciente, orientada, colaboradora y además creo recordar que le hicieron una tomografía que había salido normal. Pero el médico de cualquier forma quiso saber:

  • ¿Tiene usted dolor?
  • ¡Sí! – respondió enfática la maestra.
  • Bien, del uno al diez, ¿con cuánto califica el dolor que siente?
  • – respondió sin titubear.

El médico me miró discretamente, me pareció que había algo de sorpresa y confusión en su rostro. Yo sólo encogí los hombros haciendo un gesto de incertidumbre porque la maestra estaba tan tranquila y fresca como la mañana.

  • ¿De verdad, un diez? – volvió a preguntar el médico con extrañeza.
  • Sí. – respondió todavía aquella, sonriente.

Lo que sucede es que alguien dedicado a la docencia, sobre todo en instituciones públicas, cuando le hablan de calificar automáticamente empieza a sumar. En el caso de la maestra de la historia anterior casi pude escuchar sus pensamientos:

“A ver. Intensidad… bueno, no es el más intenso pero hace un buen esfuerzo… son dos puntos. Puntualidad… pues sí, me duele justo en el momento preciso en que… son tres puntos…”

Y claro, de esa manera el total va a dar siempre diez, aunque para otra persona cualquiera tal vez no sea más que un tres o cuatro cuando mucho. En fin. A mi parecer un fenómeno similar al que acabo de relatar motivó en parte la invención de algo conocido como “la alemana”. Ignoro por qué se le llama de esta forma, se me ocurre que se debe a que parece ser una medida de disciplina estricta, quizá tenga algo que ver con una cierta rigidez, inflexibilidad, no lo sé. Podría ser incluso que éste recurso lo hayan inventado en Alemania, aunque es lo menos probable. El asunto es como sigue: Aparecen de vez en cuando pacientes que manifiestan un malestar intenso de cierta índole, pero que al ser revisados y practicárseles los estudios pertinentes los resultados son desconcertantes porque no parecen indicar nada en particular. En honor a la verdad debo decir que personalmente no me consta, nunca he atestiguado un hecho similar aunque me ha sido referido por personas que son dignas de toda mi confianza y para mí tienen una credibilidad absoluta. Así es que se dice que médicos y enfermeras sospechan entonces que lo que ahí ocurre no tiene nada que ver con el aspecto físico y deciden entonces, a mi entender, erigirse en jueces y “dar una lección” al paciente en cuestión, o algo así: “Que le pongan una alemana”, dicen. ¿Y qué es la alemana? Pues nada en particular, así llaman a una inyección intramuscular de una sustancia inerte, que supongo que es sólo agua inyectable, utilizada generalmente como vehículo para diluir algunos medicamentos y facilitar su aplicación. Resulta que se dice que una inyección de esta naturaleza puede ser dolorosa, completamente inocua, pero dolorosa. Es por eso que sospecho que es, o era, utilizada como medida disciplinaria, aunque también la razón de su uso puede estar relacionada con el efecto placebo.  Adrián Lobo.