Hospital incurable | Más momentos de enfermería.

Adrián Lobo

A las enfermeras Eli P. y Rosita María S., con mis mejores deseos de su pronta recuperación.

La formación de una persona, que supongo que no es otra cosa más que experiencia,  termina por volverse parte de su personalidad. No es por nada que se puede escuchar por ahí decir algo como: “Una vez scout, siempre scout”. Eso se hace para mí evidente cuando por ejemplo algunos compañeros que trabajan en el Hospital Civil desarrollan una aversión a las motocicletas porque han atestiguado los grandes peligros que adquieres cuando compras una. Yo mismo deseaba una antes de incorporarme al servicio en el H.G.D.A.V., idea que abandoné rápidamente al ver con cuánta frecuencia y qué tan graves llegan los pacientes que sufren un accidente en uno de estos vehículos. Recuerdo ahora una frase que escuché decir a un compañero: “Si compro una moto podría estar comprando mi muerte” y pues es una inversión tonta de todos modos porque podemos estar seguros que aquella tarde o temprano llegará y además será gratis. Según mi estadística personal la mayoría de los pacientes recibidos en valoración crítica son casi en proporción idéntica los heridos por accidente en motocicleta y los que presentan una condición crítica en la vesícula o el apéndice. Aprovecho este espacio para pedir a todos aquellos motociclistas que pudieran llegara leer estas humildes líneas que no escatimen en precauciones al salir a rodar por ahí y que conduzcan en forma responsable y a los automovilistas igualmente. Pero estoy empezando a divagar así que intentaré retomar la idea original.

Es bien sabido que hay médicos que desarrollan una compulsión por lavarse las manos, que uno podría incluso pensar que su objetivo es mantenerlas completamente estériles tanto tiempo como sea posible. Por su parte los militares suelen volverse un tanto inflexibles e impositivos incluso fuera de la vida castrense, me imagino que esas son las secuelas de la estricta disciplina que impera en los cuarteles. A muchas enfermeras les ocurre también. Mi abuelita, que como ya he dicho es enfermera, siempre en su casa en cuanto veía una situación “irregular”, como dos niños compartiendo un popote para sorber una bebida, nos decía: “¡Eso es antihigiénico!”. Seguramente alguien que tiene un conocimiento en estos temas, como ella, es capaz de detectar una infinidad de acciones insalubres que realizamos cotidianamente. Después de todo es su profesión y debe saber estas cosas y además uno de los campos de acción de la enfermería es orientar a las personas para conservar una buena salud. Hay situaciones, en este caso relativas a la enfermería, que resultan más curiosas que otras y que pueden ocurrir en cualquier parte del mundo. Como ejemplo recuerdo a un personaje de origen español que es conocido como “La enfermera saturada” (http://www.enfermerasaturada.es) o simplemente “Satu”, para los amigos, quien además de ejercer la enfermería es blogger, estrella en las redes sociales y tiene en su haber varios libros que son éxitos de venta en amazon. Voy a dar a continuación mi versión de algo que comenta sobre las enfermeras, me abstengo de hacer la cita textual debido a los giros idiomáticos que frecuentemente utiliza en sus textos ya que me resulta harto difícil recurrir a los subtítulos que ahora parece ser preciso utilizar para entendernos entre los que hablamos variantes geográficas del castellano. Obviamente es broma, aunque no para Netflix. ¿De verdad es imprescindible poner subtítulos en español a una película en español? Pero ese es otro tema.

Resulta que Satu dice que cuando va por ahí de un lado a otro no puede evitar entregarse alegremente, como casi todos hacemos, a “viborear” a los (¡y LAS!) semejantes, aunque con algunas peculiaridades. Algo más o menos como lo siguiente:

Mujer común, como podría ser una Licenciada en pedagogía:

  • “¡Pero mira nada más esa tipa! ¿No tendrá espejo en su casa? Si yo fuera ella ni muerta salgo a la calle con una blusa como esa…”

Enfermera (Licenciada en enfermería):

  • “Vaya tipa, ¿eh? Aunque tiene buenas venas… Ahí entro con un punzocat del 14 porque entro… y a la primera… Pero cómo no…”

Conozco a una enfermera que es muy dulce y muy gentil. Una muy buena persona que se preocupa de verdad por quienes le rodean, principalmente los más cercanos a ella. A veces se comporta con sus amigos como si fuera su mamá. Si, por ejemplo, encuentra a uno de ellos fumando, inmediatamente se le acerca para decirle: “Deja eso manito, te hace daño. A ver, tíralo aquí”. Linda persona, cálida y cordial en su trato. Es muy frecuente que exprese físicamente su afecto con pequeños mimos, dando palmaditas, tomando a su acompañante del brazo, etc. Situaciones como la siguiente suelen ocurrir con ella:

Se encuentra en una plática casual con alguien y de pronto empieza a tocar ligeramente a su interlocutor, lo que no tiene nada de extraño. La conversación continúa y de momento ella ya tiene a su acompañante completamente tomado del brazo. Todavía no es nada fuera de lo común. Pero luego ella empieza a palpar cerca del pliegue del codo, a hacer presión suavemente, como buscando algo.

  • ¡Oye! – Le dice el amigo. – ¿Qué haces?
  • ¡Nada! – Responde fingiendo asombro y deteniéndose un momento.

La charla continúa y ella no ceja en su empeño extendiendo el movimiento a lo largo del antebrazo. Deteniéndose en diferentes puntos entre la muñeca y el pliegue del codo.

  • ¡Oye, no me digas que no estás haciendo algo! ¿Me estás buscando una vena?
  • ¡No! – Responde con el mismo gesto de asombro que la primera vez pero que ahora denota culpabilidad.

Pero continúa en su afán develando por completo sus intenciones y el amigo la descubre. Entre divertido  y confundido le observa:

  • ¡Oye! ¡Sí me estás buscando una vena! ¡No soy tu paciente!
  • ¡Ay, perdón manito! Es la costumbre…

Si alguna enfermera llega a leer esto no podrá negar que alguna vez a alguna persona, en una situación común, le habrá buscado una buena vena en un brazo. Una vez enfermera, siempre enfermera.

Adrián Lobo.