Hospital incurable | Mujeres y medicina. Primera parte.

Adrián Lobo

En ocasión de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, 8 de Marzo 2019.

Nunca en la historia ha sido fácil ser mujer. Las cifras actuales en México son poco menos que espantosas: 66% de las mexicanas han sido víctimas de violencia (44% a manos de su propia pareja o expareja), el 36% de ellas trabajan en el hogar sin remuneración alguna y aún en igualdad de capacidades pueden percibir hasta un 34% menos que los hombres en un empleo formal. Y así de dato en dato, a menudo cada uno más sombrío que el anterior,  la estadística nos pinta un panorama terrible para las mujeres en este país.

En algunos lugares y épocas ha sido o es mejor que en otros y otras pero ciertamente la misoginia es lo que ha imperado en el mundo. Y si así ha sido hasta en las cuestiones más básicas ya podemos imaginar cuánto más difícil ha sido siempre en aquellos aspectos que permitan a la mujer destacar y ser un referente, obtener cierto poder, influencia y reconocimiento, me refiero a la ciencia, las artes, la política, los negocios, etc.

En este nadar contracorriente que ha sido el recorrido de las mujeres a través de la historia ha habido mártires pero también pioneras. En el campo de la ciencia y en el caso específico de la medicina, a esas precursoras les tocó picar piedra para abrir brecha, con el buen tino de acopiar esas piedras que iban apartando del camino hasta formar un gran promontorio que al finalmente derrumbarse rodó para formar la incontenible avalancha que creó el camino por donde ahora las médicas acceden al conocimiento y la formación profesional por todo el mundo. Todavía es difícil, deben aún enfrentarse con cierta resistencia y descalificaciones estúpidas pero sin duda la situación es mejor que hace muchos años. Mencionar los nombres de todas esas notables y comentar los pormenores en las tortuosas rutas que tuvieron que transitar con denodados esfuerzos y el a menudo costoso peaje que tuvieron que pagar con sangre, sudor y lágrimas daría para llenar incontables volúmenes que sin embargo merecería mucho la pena estudiar atentamente, desafortunadamente este espacio queda muy pequeño para tal finalidad pero como me resulta imposible dejar de comentar algunas generalidades haré un brevísimo repaso por algunos puntos específicos con la intención no de sólo quedar en lo anecdótico sino en calidad de una enseñanza por asimilar no únicamente en la medicina sino en todos y cada uno de los aspectos de la vida con el fin de construir todos juntos finalmente ese ideal llamado equidad.

A pesar del rechazo masculino generalizado en la antigüedad, las mujeres siempre han estado de alguna manera presentes en la atención a la salud aunque con la salvedad de hacerlo muchas veces en forma paralela, casi clandestina y de esta manera apartadas de cualquier reconocimiento y oportunidad de desarrollo profesional y personal. Por estas mismas condiciones de marginación tuvieron principalmente que abocarse estas mujeres a la atención a otras mujeres, como parteras, y a niños (de hecho hace años en México las médicas a menudo todavía ponían fuera de sus consultorios “Enfermedades de la mujer y niños”) y a ejercer su actividad frecuentemente con un cariz mágico, son las mujeres quienes tradicionalmente recogen los conocimientos en herbolaria, por ejemplo, aunque definitivamente con un papel relevante. Sin embargo es notable que ya hace 3000 años en el antiguo Egipto donde la medicina era principalmente dominio de sacerdotes había escuelas de medicina dirigidas por mujeres donde muchas estudiaron y trabajaron como médicas y cirujanas principalmente en ginecología. Pero sin embargo en ésta misma rama, lo mismo que en cualquier otra, le fue vedado el ejercicio a las mujeres en lo que se conoce como “Siglo de Oro ateniense” por “motivos políticos relacionados con la representación del poder” aunque sí, en cambio, continuaron siendo admitidas como sacerdotisas y pitonisas en los templos curativos (Asclepiones) dedicados al dios Asclepio. Paradójicamente había en la Grecia clásica deidades relacionadas a la salud como Higía (de donde deriva Higiene) y Panacea. Había una prohibición con la categoría de ley que impedía a las mujeres ejercer la medicina y las prácticas relacionadas. Dicha prohibición obviamente que era resentida por aquellas, tanto que se dice que “frecuentemente no querían ser auxiliadas por los hombres”. Pero hubo una mujer resuelta y valerosa llamada Agnodice, que tuvo que llegar al extremo de hacerse pasar por hombre para poder estudiar medicina y obstetricia con Herófilo de Calcedonia, en Alejandría. Posteriormente de vuelta en Atenas ejerció con éxito entre las mujeres aristócratas lo que motivo los terribles celos de sus colegas que hicieron caer sobre ella terribles acusaciones de “ilícitas intimidades con el otro sexo”, aunque se dice que en realidad parte del éxito de su consulta consistía en confesar secretamente a sus pacientes su verdadera identidad. Total que este asunto llegó al Tribunal supremo, el Areópago, donde como parece que era habitual para enfrentar a los jueces (como en el caso de la defensa de la célebre Friné, que fue absuelta por unanimidad) se despojó de sus ropas frente a todos para demostrar por qué quienes la acusaban no podían tener razón. Desgraciadamente libró una acusación sólo para enseguida hacerse objeto de otra más grave: La de violar la prohibición, de lo que fue hallada culpable y por lo que fue condenada a muerte. Pero recibió el apoyo unánime de las mujeres atenienses que amenazaron con inmolarse si acaso se hacía efectiva la pena contra Agnodice. Los resultados de este activismo griego femenino fueron excelentes, no sólo se ganó el respeto público para ella sino que se le dejó en libertad para ejercer sin necesidad de esconder su identidad, vestida y peinada como mejor le pareciera.

Mucho tiempo después del siglo de Pericles en Grecia, los romanos fueron mucho más abiertos a la participación de las mujeres, aunque aún había limitaciones, la medicina fue al parecer la profesión donde mejor eran recibidas, se dice incluso que la única en realidad. Se sabe que notables médicas escribieron tratados, como Filista y Lais, especialistas en obstetricia, Salpe de Lemos sobre enfermedades de los ojos, Metodora sobre las del útero, estómago y riñones. Particularmente trascendentales fueron los escritos de Aspasia, especializada en obstetricia, ginecología y cirugía, en algunos aspectos como anticoncepción y aborto, sorprendentemente sus trabajos fueron los más importantes en tales temas desde el siglo II hasta al XI.

Hasta aquí íbamos más o menos bien, pero luego se puso peor. Con la llegada de la edad media y la imposición de la religión como rectora de todos los aspectos de la vida, estudiar medicina, aún para los varones, se volvió más complicado, había que adherirse a los preceptos de la institución dominante y tomar los hábitos monásticos. Como resultado de esta práctica las posibilidades de las mujeres para acceder a este conocimiento se igualaron a cero. Es así que son las mujeres en este periodo reducidas de médicas obstetras a comadronas, otra vez, al mismo tiempo que la mayoría de las mujeres versadas en anatomía y botánica, por ejemplo, fueron no solo excluidas sino hasta perseguidas y condenadas a muerte. Hubo, no obstante, una notable excepción en la figura de Hildegarda de Bingen (1089 – 1179), que fue canonizada poco después de su muerte y elevada a la categoría de Santa. Era esta mujer, según  mi humilde opinión, una suerte de híbrido entre mística y proto-científica moderna. Sus obras aún son difundidas y comentadas por diversos estudiosos y no son difíciles de encontrar en internet.

Adrián Lobo.