Adrián Lobo

Las escuelas de medicina no fueron accesibles para mujeres sino hacia el final de la segunda mitad del siglo XIX así que mientras eso ocurría hubo nuevamente la necesidad de hacer malabares. Increíblemente a pesar de haber transcurrido tantos años en realidad no se había avanzado nada, cultural y socialmente, se me ocurre decir, y fue nuevamente necesario que una mujer a quien las convenciones de la época no iban a poder detener en su búsqueda de conocimiento tuviera que recurrir a hacerse pasar por hombre haciéndose llamar James Barry (1797 – 1865) en el ejército británico donde fue oficial médico y se hizo de notable reputación como cirujano durante 50 años. La verdad únicamente se supo tras su muerte, cuando la autopsia la reveló, sin embargo este detalle no se dio a conocer entonces y la Doctora Barry fue oficialmente sepultada como hombre.

Previamente al inicio de esa apertura fue necesario recurrir al extremo de crear instituciones como la Facultad de Medicina para Mujeres de Pensilvania en Estados Unidos, fundada el 12 de octubre de 1850, donde sin embargo no había una sola maestra. En la mismísima Harvard Medical Scholl (¿no era “School”?), Harriet Hunt (1805-1875) a pesar de ser admitida fue abiertamente rechazada por los estudiantes y hasta por el decano quien fue el principal instigador en su contra. Pero perseveró y aunque en esa escuela no la dejaron continuar buscó en otro lado lo que ahí le negaron y obtuvo un doctorado en homeopatía por la universidad de Siracusa en Nueva York y llegó a impartir cátedra en obstetricia en el Rochester College, en Michigan, ambas instituciones en los Estados Unidos.

Elizabeth Blackwell (1821 – 1910), tercera en una familia de nueve hijos, tuvo una esmerada educación en su Inglaterra natal pero la familia tuvo que mudarse a Estados Unidos al experimentar el infortunio en sus negocios, vivieron en Nueva York primero y en Cincinnati después. En alguna ocasión comentó que la carrera de medicina no le atraía en lo más mínimo y que fue una vivencia personal la que despertó su interés: Una amiga suya que padecía una enfermedad terminal le comentó que se habría sentido más a gusto de haber podido ser atendida por médicas. Aquello significó el llamado de la vocación para Elizabeth que resolvió solicitar su ingreso en todas las escuelas de medicina de cierta importancia en Nueva York y por si acaso en las de Filadelfia siendo rechazada también en todas ellas. Lo cual no hizo sino fortalecer su determinación y solicitó entonces su admisión en escuelas un poco menos cotizadas, hasta en un número de doce, siendo rechazada en once. La escuela restante (Geneva Medical College) decidió, esperando no ser exhibida como retrógrada tal vez, hacer un ejercicio de democracia sometiendo la solicitud a la votación de los estudiantes, quizá esperando que fueran aquellos quienes la rechazaran, lo cual no era muy difícil ya que se impuso la condición de que para ser admitida la totalidad del alumnado debía votar en sentido positivo. Lo cual de alguna increíble manera sucedió, no se sabe si como broma o si todos votaron por el “Sí”, esperando que alguien más votara el único “No” necesario para rechazarla, porque en realidad los compañeros no la recibieron del todo bien y se la quiso excluir de algunas clases prácticas porque los profesores no se sentían cómodos durante las lecciones de anatomía. Finalmente el 23 de enero de 1849 para admiración de todos pasó a la historia como la primera graduada en medicina no sólo en Estados Unidos sino en el mundo entero. Pero no fue la primera en obtener el título, más bien la primera en cursar la carrera formalmente en una universidad y graduarse. Porque ya en junio de 1754 Dorothea Christiane Leporin (1715 – 1762) educada por su padre en la ciencia médica recibió formalmente el título universitario de la Escuela de Medicina de la Universidad de Halle sin haber pisado un aula a pesar de que el rey de Prusia Federico II había proclamado que Dorothea tenía permiso de inscribirse en dicha universidad. Ella ya había ejercido como médica más de 10 años antes de rendir su examen profesional y sólo se decidió a obtener el título universitario al que tenía derecho de optar al ser acusada por otros médicos de falta de preparación

En todas las escuelas de medicina en Londres se le negó al ingreso a Elizabeth Garrett Anderson (1836-1917). Curiosamente tenía todo el apoyo de su padre, importante hombre de negocios, mientras que su madre se oponía horrorizada. Resulta que se tenía la impresión en general que no soportarían las mujeres la impresión de ver tanta sangre y todas esas cosas y que ningún paciente tomaría en serio a una médica e incluso se dudaba de la capacidad intelectual del género femenino.  Esos pequeños detalles no iban a detener a esta mujer en su determinación de ser médica, así que se enfocó en trabajar como enfermera en Londres para empezar a aprender por su cuenta, se dice que también tomó clases particulares y estudió química y anatomía. La Wikipedia menciona que fue la primera mujer en ser licenciada en medicina en Gran Bretaña en 1865, pero al parecer no es del todo exacto porque el examen que rindió el 28 de septiembre de 1865 fue en la Society of Apothecaries (Sociedad de boticarios) aunque ciertamente la facultaba para trabajar en algo muy cercano a la ciencia médica no era propiamente una escuela de medicina aunque sí supuestamente más tolerante hacia las mujeres. Pero no lo era en realidad y también le negaron el acceso inicialmente y sólo cambiaron de parecer cuando el padre de Elizabeth intervino y presionó a la institución con ejercer acciones legales. Al parecer fue en esta institución donde aprobó con honores todos sus exámenes y donde se dice que le rogaron mantener sus éxitos en secreto, sus gentiles compañeros varones pidieron que fuera expulsada cuando fue la única que pudo responder las preguntas de un renombrado médico que tuvo ocasión de visitar una clase donde ella se encontraba. Después de ella la sociedad de boticarios cambió un poco entonces, pero no para bien pues modificaron sus estatutos para estipular que las mujeres en adelante no serían admitidas. Pero su deseo más ferviente era ser médica, así que sin poder lograrlo en Inglaterra se mudó a Francia donde el panorama lucía un poco más favorable y por fin en 1870 obtuvo el título por la universidad de París. Seis años después de eso el Parlamento británico aprobaría una ley en el sentido de garantizar a las mujeres plena libertad de estudiar medicina.

Adrián Lobo.