Ricardo Raphael

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- “A mí me da mucho gusto la forma como preguntas, porque estás muy informado y además coincido.” Así elogió Andrés Manuel López Obrador a Marco Antonio Olvera el pasado 28 de febrero, durante la conferencia mañanera.

Pocos son los periodistas que han merecido, de manera personal, la distinción del presidente. Por esto no pasó inadvertido el espaldarazo.

Es larga la tradición del gobernante que, con sus palabras, unge a sus interlocutores, o bien, hunde a quienes no desea que lo sean.

Donald Trump inauguró su presidencia con una descalificación que continúa describiéndose como uno de los grandes descalabros experimentados por la libertad de prensa.

El 11 de enero de 2017 el presidente de los Estados Unidos exigió a Jim Acosta que dejara de lado su rudeza, debido a que le incomodó la pregunta que este profesional de la información hizo a propósito de los intereses rusos en su campaña electoral.

Ante la insistencia del reportero por obtener una respuesta, Trump lo acusó de ser “una noticia falsa,” expresión que luego extendió hacia CNN, el medio en el que Acosta labora. Días después, la Casa Blanca retiró a Jim Acosta el permiso para participar en las conferencias de prensa convocadas por el presidente estadunidense.

Ese lamentable episodio tiene algún parecido con el sucedido el pasado lunes 15 de abril en el Palacio Nacional mexicano.

Antonio Olvera –reportero favorito de Andrés Manuel López Obrador por su forma de preguntar y porque está muy bien informado– tomó de nuevo la palabra para pronunciar algunas de las frases más ignominiosas en la historia de la prensa mexicana.

Refiriéndose al colega periodista de Univisión Jorge Ramos, Olvera dijo: “El viernes pasado (12 de abril) estuvo aquí un reportero, yo le diría un cirquero, del Grupo Televisa, filial de Univisión, increpándole por el tema de la inseguridad en el país … ¿Qué opinión le merece, presidente, o qué sabor de boca le deja que reporteros vengan a increparle…?”.

Ya otros colegas han señalado la pobreza de las credenciales que Marco Antonio Olvera ostenta para presentarse en las conferencias presidenciales: el tipo cobra en la nómina del diputado Benjamín Robles Montoya y del Partido del Trabajo.

Dice que es corresponsal de Radio Latino INC, y sin embargo lleva de comer a su casa con el dinero del contribuyente, y no con su desempeño como periodista.

Sólo por esta razón, el presidente López Obrador debió haber cuidado a quién halagar el pasado jueves 28 de febrero y, sobre todo, debió haber medido la respuesta que daba a este lambiscón pagado por nuestros impuestos.

En vez de ello, coincidiendo de nuevo con las apreciaciones de Olvera, el presidente destacó el desempeño de aquellos periodistas a quienes calificó de “prudentes:”

“Aquí los están viendo, y si ustedes se pasan, pues ya saben lo que sucede, ¿no?”

Guardadas las diferencias de tiempo y contexto resalta la coincidencia entre el mandatario estadunidense y el mexicano. El primero exigió a Jim Acosta que no fuera rudo en su forma de preguntar, es decir que fuera prudente, para luego rematarlo acusándolo de ser fake news.

De su lado, López Obrador coincidió con Olvera en que Jorge Ramos había sido “imprudente” –sinónimo de rudo– por haber insistido con las cifras oficiales de violencia que el presidente mexicano se había empeñado en desestimar.

Si bien en el episodio no se acusó al periodista incómodo de ser fake news, sí se descalificó a Jorge Ramos por pertenecer, presuntamente, a la prensa conservadora, cuyos intereses oscuros ponen en duda la sinceridad periodística que le mueve.

En la versión mexicana, Ramos sería fake por conservador y por representar los intereses oscuros del imperialismo yanqui.

Al ensalzar a los Marco Antonio Olvera y denostar a los Jorge Ramos, López Obrador está fijando parámetros para la libertad de prensa, porque con la legitimidad de su voz premia ciertos comportamientos detestables, mientras descuartiza otros que son éticamente fundamentales para el oficio.

En contraste con el deseo de los poderosos, los periodistas no podemos apostar a la moderación ni al justo medio, tampoco a la cautela o a la mesura, cuando nuestro papel es sacar de la piedra, con la fuerza del cincel de la investigación, la verdad pública y la exposición de sus consecuencias.

La prudencia es, para el gobernante, lo que la imprudencia debe ser, como virtud, para los periodistas. Pero el mundo está de cabeza: hoy los gobernantes se permiten la ira y la rudeza, mientras exigen a los reporteros que se porten cual graciosa mariposa posada sobre las flores del poder.

Este análisis se publicó el 21 de abril de 2019 en la edición 2216 de la revista Proceso

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