Hospital incurable | La quemazón.

Adrián Lobo

En prácticamente todas las actividades humanas se ha observado y se ha consignado por parte de algunos profesionales un curioso fenómeno con la categoría de síndrome conocido como burnout. Aunque se le ha llamado de diversas formas, a saber:

  • Síndrome de desgaste profesional.
  • Síndrome del quemado.
  • Síndrome del trabajador desgastado.
  • Síndrome de desgaste ocupacional.
  • Síndrome del trabajador quemado.

Comúnmente he escuchado que algunas personas se refieren a este fenómeno como “estar chocado” o expresiones menos cordiales, ya sabe usted. No es mi intención intentar explicar a qué se debe y es mejor así porque seguramente no lo lograría, ya que se dice que es más fácil de observar y describir que de definir. Lo que sí parece estar muy claro es que está relacionado con el estrés laboral continuo, sobrecarga de trabajo, falta de oportunidades de crecimiento laboral, falta de incentivos y reconocimiento, largas jornadas laborales y discrepancia entre los valores y objetivos del trabajador con los de su empleador. En el servicio público yo supongo que un factor de importancia puede ser los continuos y la mayor parte de las veces absurdos obstáculos que suele imponer la burocracia incluso a la burocracia misma, lo que es como meterse uno mismo el pie para hacerse tropezar. Todo esto, como se puede ver, puede afectar a cualquier trabajador pero resulta que es más frecuente entre los profesionales que están en contacto intenso con otras personas, como podrían ser clientes, usuarios o pacientes.

El psiquiatra (al parecer estadounidense) Herbert Freudenberger empleó el término burnout a inicios de la década de los setenta del siglo pasado para referirse a este fenómeno después de haber estudiado a un grupo de trabajadores en una clínica para toxicómanos en donde sólo después de un año observó que “…comenzaban a presentar estado de ánimo depresivo, pérdida de energía y desmotivación para el trabajo.”. Y además “…observó cómo estas personas gradualmente se volvían insensibles, poco comprensivas e incluso agresivas en relación con los pacientes, pasando a tener un trato distanciado y cínico con ellos y llegando incluso a culparles de los problemas que padecían”. (Concepto e historia del síndrome de agotamiento profesional, P. Zamora Auñón, M. González Barón y E. Espinosa Arranz, http://media.axon.es/pdf/68535.pdf). Curiosamente hasta entonces el término burnout “…se había venido empleando para referirse al estadio de deterioro final al que llevaba el consumo crónico de drogas. Freudenberger lo definió como: “La extinción de la motivación o el incentivo, especialmente allí donde la dedicación a un objetivo o a una relación fracasa en conseguir los resultados deseados”. Pero aún antes de él, según el documento arriba citado ya se había documentado lo que ahora se conoce como burnout en un estudio de la situación en que se encontraban algunas enfermeras de un servicio de psiquiatría donde se recoge el siguiente testimonio de una de ellas:

“Comencé a ser cada vez menos efectiva en mis relaciones con los pacientes. Mi hostilidad hacia ellos era insoportable. Comencé a verlos como personas irritantes que hacían continuas demandas. Ellos lo notaban y tendían a alejarse de mí. Los pacientes agresivos comenzaron a gruñirme. Las notas de Miss … [la supervisora] sobre mi eficacia eran cada vez más frecuentes y mi ira era personal e intensa. Las notas despreciativas de los pacientes me afectaban y yo tendía a mantenerme alejada de ellos.”

Para mí, por lo que he podido observar, es que esto se desarrolla con el tiempo, algunas personas caen en una clase de hastío debido tal vez a la rutina, van perdiendo el entusiasmo quizá por experimentar reiteradamente una frustración intensa y cada vez les resulta más fastidioso y pierden el interés en el trabajo que un día les llegó a causar tanto entusiasmo como para decidirse a dedicar su vida a ello.

Se puede identificar a una persona víctima del burnout porque es el clásico veterano cascarrabias cínico y melindroso que se exaspera por cualquier nimiedad y continuamente está armando un escándalo debido a ello. En el H.G.D.A.V. no faltan los afectados por esta “quemazón”. Tuve conocimiento en particular de dos casos de enfermeras que tuvieron algunos momentos “curiosos” de interacción con pacientes en los que a mi parecer hicieron evidente que están “quemadas”. Las condiciones en que se produjeron eran un tanto delicadas, donde era quizá necesario actuar con delicadeza y tacto porque estos pacientes y sus familiares estaban pasando por momentos difíciles ya que la atención que requerían se debía a un intento de suicidio.

El primer paciente lo intentó arrojándose desde un segundo piso. Aunque con la particularidad de hacerlo en posición vertical, resultando así con las piernas fracturadas.

El personal sanitario usualmente, tal vez por conversar, por curiosidad o a veces por una necesidad operativa, comúnmente inquieren al paciente, “¿Qué le pasó?”, “¿Cómo se hizo eso?”, o cosas así. De modo que así se ponen en antecedentes sobre la situación. Bien, pues esta enfermera en particular al enterarse de lo ocurrido hizo un gesto de fastidio e  impaciencia y le dedicó unas reconfortantes y cálidas palabras de aliento.

  • ¡Jesús de Veracruz, niña! ¡La próxima vez, aviéntate de cabeza m’hija!

En el segundo caso se utilizaron pastillas. Seguramente no unas cualesquiera, supongo que fueron las que estaban más al alcance: ácido acetilsalicílico, no sé bien cuántas, pero seguramente muchas.

Nuevamente una enfermera que tuvo conocimiento de esto se acercó a brindar su apoyo y valiosos consejos:

  • ¡No, no, no! ¡Así no…! Lo único que sacaste fue un lavado gástrico. Tómate de estas o aquellas o esas otras… pero, ¿aspirina? ¡Por favor!

Aclaro que no intento juzgar a nadie, tampoco intento explicar nada, sí empleo la ironía pero no lo hago con la intención de ofender, únicamente deseo comentar un fenómeno que puede ocurrir en cualquier centro de trabajo, sea una fábrica o una oficina, nada más que resulta que en este caso en particular se trata de un hospital.

Adrián Lobo. | hospital-incurable.blogspot.com | adrian.lobo.om@gmail.com