Miles de zapotecas acompañaron a sus muertos en Domingo de Ramos, una tradición milenaria. Foto: Diana Manzo.

Diana MANZO / Corresponsal

JUCHITÁN, OAX., (pagina3.mx).- El  Domingo de Ramos para el pueblo zapoteca de Juchitán en la región del Istmo de Tehuantepec significa el comienzo de un año nuevo y también de la Semana Mayor, aquí se vive de una forma peculiar, comparten con sus difuntos la comida, bebida, flores, velas y música.

Unas diez mil personas entre niños, jóvenes, adultos y mujeres se reúnen con sus familiares difuntos año con año en el Panteón Domingo de Ramos, una tradición muy peculiar de los zapotecas del Istmo de Tehuantepec.

Este camposanto alberga aproximadamente unas 5 mil sepulturas, las cuales están construidas algunas de material de concreto en forma de pequeñas viviendas y otras más de palma o tabique todo depende de la economía de las familias.

Por segundo año y en medio del dolor que aún guardan las familias de esta ciudad, se recordó a los fallecidos del terremoto del 7 de septiembre del 2017, quienes también le llevaron flores a sus muertos y convivieron con bebidas, música y comida.

“Mi papá falleció la noche del 7 de septiembre, la casa se le vino encima, nosotros somos de la séptima sección de Juchitán, y junto con mi mamá y mis hermanas le trajimos flores, velas y aquí vamos a pasar toda la tarde y parte de la noche, la sepultura aún es de palma, porque primero estamos terminando nuestra casita, toda se cayó aquella noche que tembló fuertemente”, expuso Maritza Jiménez, quien visitó a su padre este Domingo de Ramos.

Familias de escritores, músicos, trovadores, políticos reconocidos de Juchitán, pescadores, artesanos, campesinos, amas de casa y menores de edad, entrelazan miradas al caminar por los conglomerados pasillos del camposanto, mientras que las voces de hombres y mujeres comerciantes incitan a degustar la comida típica, principalmente los tamales de iguana, las regañadas (pastelillo crujiente) y dulces de frutas como calabaza, limón con coco, papaya, almendra y coyol.

Los olores de las flores típicas de los zapotecas se colocan en las sepulturas, que van desde las flores del coyol, cordoncillo, albahaca, flor del río hasta las más costosas como rosas, lirios, girasoles y gladiolas.

El ritual comienza desde el inicio de la cuaresma, con la limpieza, pinta y compostura de las sepulturas, pero se va reafirmando conforme la fecha se acerca para las primeras horas del domingo de Ramos.

Entre los pasillos, familias completas se organizan para realizar enramadas de palma o de tela para protegerse del sol, entre risas y recuerdos del difunto colocan las flores, en algunas sepulturas, las más recientes lloran y le cantan.

Otras contratan mariachis, tríos y bandas que al son de la música se deleitan con antojitos típicos entre ellos el tamal de iguana y bebidas gaseosas y embriagantes, el ritual es la convivencia con el difunto como si estuviera vivo.

Este rito a la muerte que se hace en el Domingo de Ramos es una muestra de la fe católica que se entrelaza con las costumbres milenarias de los zapotecas, quienes nunca abandonan a las almas aún después de su partida.

A diferencia de otras culturas del estado de Oaxaca, los pueblos zapotecas comparten con la muerte dos veces al año (Domingo de Ramos y Todosantos), la celebran, le hacen fiesta, porque la consideran un simple paso de lo mundano a lo eterno, que no meramente desaparece después de estar bajo tierra.

El escritor zapoteca Víctor Cata explicó que esto tiene que ver con el comienzo del año zapoteco, que iniciaba el 12 de marzo y terminaba el 17 de marzo. 

“Habían 5 días que los zapotecas llamaban días inútiles que eran días aciagos y se iba a visitar a los muertos”, pero aclaró que con la llegada de la religión católica se modificaron las fechas y se acomodó con la Semana Santa, por lo que varía en meses, que puede ser marzo o abril como en este 2019.