Se apagó una de las voces históricas de la radio en Oaxaca

*Camilo Enríquez López fue uno de los pioneros de la radio en la región del Istmo.

Humberto CRUZ / #RedacciónOaxaca 

OAXACA.- Vivió sin prisa y se fue sin queja.

Se apagó una de las voces emblemáticas de la radiodifusión en la región del #Istmo y en el estado de #Oaxaca. La noche de este 16 de abril falleció el profesor y locutor Camilo Enríquez López.

El caballero del buen decir, voz educada y amigo de tantos, fue uno de los pioneros de la frecuencia radioeléctrica en la región del Istmo de #Tehuantepec, fue una de las voces más queridas y respetadas en la señal de la XEKZ, afiliada entonces a la histórica Radio Cadena Nacional (RCN).

Camilo Enríquez fue una pieza importante  en el periodismo radiofónico del #Istmo, desde la señal de la XEUC, en Juchitán de Zaragoza, alcanzó uno de los mayores niveles de audiencia en el noticiero ENCUENTRO, junto con Rey David Ávila López y Alberto López Morales.

Fue corresponsal del periódico Ovaciones, colaboró en La Red de Radio Red, compañero y amigo muy cercano de Manuel Humberto Siordia, lo acompañó en el quehacer informativo a su paso por un par de emisoras en la ciudad capital y también se desempeñó como corresponsal del Canal 9.

En la etapa más reciente fue un impulsor del danzón en El Espinal y su gusto por la música lo llevó a hacer alianzas con grupos radiofónicos del Bajío y el norte del país para rescatar algunos de los temas que hicieron la época de oro de la radio en México.

El profesor Camilo trabajo sin pausa, pero sin prisa, acumuló amigos, y a pesar de las exigencias del oficio y el poder del micrófono no sembró agravios.

 ADIÓS AMIGO…

Lo conocí cuando llegué por primera vez al Istmo de Tehuantepec, yo era corresponsal de la “Cadena RASA” y él estaba en la plenitud de su carrera, era uno de los hombres más respetados en la región y junto con Rey David Ávila López, Alberto López Morales y Guadalupe Ríos me enseñaron a querer este lugar, cálido y caluroso.

Nunca se quejó; era malo, muy malo para decir una leperada o un insulto y nunca lo escuché hablar mal de alguien.

Era un hombre trabajador, discreto, firme y hospitalario.

Una tarde en la ciudad de Oaxaca me dijo: vamos a acercarnos un poco al cielo y me llevo a comer con el obispo Arturo Lona Reyes, testigo de la reunión, y de unos tragos celestiales, estuvo con nosotros Gerardo Garfias, entonces funcionario del Instituto Indigenista.

Cubrimos como reporteros algunas de las tragedias de la región, lo mismo un devastador incendio en los #Chimalapas que el intercambio de rehenes entre el gobierno y la población de Santa María.

Con él conocí las carreteras y caminos, las Velas y el oficio del buen comer en la región, en largas, continuas e hidratantes sobremesas, traducía intentos de albures o juegos de palabras en zapoteco y luego compartía parte de su incursión en el mundo de la música de antaño y sus encuentros con algunas de las glorias del bolero, la música de las orquestas y voces que alcanzaron un lugar eterno en la  historia de la música popular. 

La edad no lo venció.

Ni los pesares.

Alguna vez confesó remordimientos por los excesos del oficio, con todo lo que eso implica, pero siempre amoroso con su familia.

En la última etapa dirigió sus ocupaciones a Omara, su nieta y luego con sus nietos varones ahora convertidos en adolescentes.

El amor a su familia venció su comodidad de ermitaño, literalmente corría a disfrutar a sus nietos como queriendo compensar su ausencia como padre.

Estaba enamorado de la vida, disfrutaba sus silencios envueltos en recuerdos.

Le preocupaban la transfiguración del quehacer periodístico en la región, pero habló bien del papel de las mujeres como Roselia Chaca y Diana Manzo y confesó su admiración al “trabajo serio” que les reconocía.

Compartimos tardes de música y recuerdos con el “Chivelon” y al final le dio por acercarse a las tareas del campo. Presumía sus plantas y sus frutos.

Lo vi emocionado construyendo un chapoteadero en el rancho de su esposa en El Espinal, para tener cerca y más tiempo a sus nietos.

Ayer fui a verlo.

Estaba cansado, lúcido y confesó sin tristeza; “hay compadrito, ya estoy en las últimas”.

Se enderezó por un momento, platicó poco y con cierto esfuerzo, pero, aunque débil, su voz seguía siendo firme.

Nos despedimos con un apretón de manos.

Nunca se quejó.

Se quedó recostado y así se despidió de la vida haciendo honor a una frase que repetía de quienes le decían; TRANQUILO COMO CAMILO.