Tatuado en el corazón… Por Soldadito Marinero

–Háblame del argentino más universal, dije a Eva mientras la tomaba de la breve cintura, en las cristalinas aguas de Playa Norte, en Isla Mujeres.

Habíamos caminado casi 300 metros dentro del mar, y el agua nos seguía dando en el pecho. A escasos 30 metros, estaba el muelle de madera del Hotel Mía, donde nos hospedamos la víspera.

Ella me tomó por el cuello y sonriente me contó de Jorge Mario Bergoglio, sucesor de Pedro en la Curia Romana. Orgullosa, me dijo que él era de Buenos Aires, que tenía más de 80 años y que no lo decía abiertamente, pero era claro que se identificaba con la Teología de la Liberación, impulsada por el brasileño franciscano Leonardo Boff.

Me estaba hablando del Papa Francisco y yo no la quería interrumpir pero lo hice. La besé con ternura en el cuello y le dije “No corazón, no me refiero a él. Él es famoso ahora, pero no es el argentino más universal”.

–Te referís a Maradona?, me soltó Eva con su acento porteño.

–No corazón, le respondí y la volví a besar. “En todo caso, si de futbol se trata, es más famoso Lionel Messi”, el actual 10 del Barcelona y la selección argentina, le respondí.

Mientras charlábamos abrazados, tres turistas de apariencia extranjera avanzaban en sentido contrario al nuestro, rumbo a la playa, apoyados en tablas de esas que se usan para practicar un nuevo deporte llamado Paddle Surf. Daba la impresión de que flotaban, de pie, en esta inmensa alberca sin olas que es el Caribe mexicano.

–Me refiero a Ernesto Ché Guevara, corazón, le solté al oído. 

Grande fue mi sorpresa al enterarme que Eva no sabía que el mítico guerrillero era originario de su país. Creía que era cubano y lo identificaba por la boina negra con la estrella de comandante al frente, fumando un puro.

–Ese no es argentino, dijo arrastrando la s y me trenzó con sus piernas a la altura de donde se supone debería estar mi cintura, borrada por los kilitos de la felicidad. 

–Claro que sí; corregí. “O Rosario no pertenece a Argentina? Él Che nació ahí y después se vino a pelear a Cuba, al lado de Fidel Castro”, expliqué.

Noté que sonrió y se sonrojó, apenada por no saber de política e historia.

–Es en serio, corazón? Contá, contá…

La tomé de la mano y la hice caminar en dirección al hotel, que estaba a 300 metros de distancia. 

“Te contaré, bebiendo de tus labios unos ricos mojitos”, de esos que se preparan con ron blanco, soda, yerbabuena machacada, limón y azúcar.

Nos sentamos bajo una palapa pequeña, frente a frente, mientras los meseros, ávidos de propina, corrían por las bebidas refrescantes que nos servirían para limpiar la garganta y aflojar el corazón… y más tarde, las piernas.

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A Eva la conocí en Buenos Aires, 3 años antes. Tenía 17 primaveras y la contacté vía Messenger. Era amiga de un amigo mexicano que andaba con una argentina y él me dijo que ella me podía enseñar lo mejor de Buenos Aires y Montevideo.

La ví en la Plaza de Mayo, pero para mi sorpresa, llegó acompañada de su novio, un tipo algo pedante que creía que esa ciudad era la capital del mundo, y Montevideo “el barrio más lejano de Buenos Aires”.

Me enseñó La Casa Rosada y la Pirámide de Mayo, un obelisco que data de 1811 y que fue el primer monumento que tuvo Buenos Aires. 

Me habló de los Kichner y de su obsesión por el poder presidencial, que ese mismo año tendrían que ceder al derechista Mauricio Macri.

Caminamos rumbo a San Telmo, el barrio más pintoresco de Buenos Aires. Ahí vimos bailar tango al aire libre, en una pequeña plaza que se encuentra cuadras adelantes del monumento a la popular Mafalda.

Eva y su novio me llevaron a El Caminito y justo cuando pasamos por el estadio La Bombonera, donde juega el Boca Juniors, se me ocurrió que me gustaría ver futbol en este país del sur, famoso por sus jugadores de calidad mundial.

–El partido ya empezó y es imposible entrar. Si quieres vamos mañana al estadio Diego Armando Maradona. Jugará el Argentino Juniors –el primer equipo de Diego Armando Maradona– contra San Lorenzo, el equipo que apoya el Papa Francisco, dijo el novio de Eva.

Asentí y seguimos caminando. Cuando llegó la tarde, les propuse comer en un restaurante llamado Siga la Vaca, recomendado por amigos mexicanos, pero aparte de lejano, me comentaron había perdido calidad, y entonces decidimos buscar opciones en Google. El mejor calificado de la zona se llamaba La Brigada. Estaba en San Telmo, en la calle Estados Unidos.

Ahí comimos gruesos cortes bovinos y bebimos una botella de vino tinto, por menos de 700 pesos mexicanos por los tres. Igual volvieron a aparecer las imágenes del Papa Francisco y de Diego Armando Maradona en el lugar. Sendas fotografías, firmadas en original por ellos, formaban parte de la decoración. 

Entrada la noche nos despedimos. Yo me fui al hotel y ellos partieron a su casa. Voltee a verla partir, y observé que su figura delgada y fina –1.66 metros de estatura, 54 kilos de peso—no lucía bien al lado de su novio, delgado pero con panza cagüamera, de esas que en México relacionamos con la apariencia de perrito callejero.

Al día siguiente me pasaron a buscar. Desayunamos juntos y nos fuimos al estadio a comprar los boletos para el partido de fútbol. Las taquillas aún estaban cerradas, pero una puerta de acceso al estadio estaba abierta y al entrar nos encontramos a un grupo de seis personas mayores. Nos dijeron eran socios del club Argentinos Junior y nos regalaron los boletos, porque les dije que los tres éramos mexicanos.

Vimos el partido a nivel de cancha, tras una reja, y noté que Eva se emocionaba de más cuando el Argentino Juniors dominaba el juego. 

Ella apoyaba con arengas a su equipo y cuando las cosas no salían como esperaba, insultaba al árbitro: “La concha de tu madre, árbitro puto”, gritaba, meneando la mano de arriba abajo, como se hacen las clásicas mentadas de madre en nuestro país.

Ganó el equipo local, 2 a 1, y nos fuimos a celebrar con cervezas y vino a un bar de El Caminito, ese barrio a orilla de mar que por su colorido parece un museo a cielo abierto.

En una de las idas al baño del novio de Eva –lo llamaremos Adán, para fines prácticos- le dije a la dama que me acompañara a viajar, que iríamos a Montevideo, en el Buquebús que atraviesa a gran velocidad el Río de la Plata.

No aceptó. En cambio, me dijo que le gustaría conocer México y que si la invitaba, seguro aceptaría: “No me veo con él en el futuro. Llévame a México y me voy contigo”, dijo y sentí que me besó en la oreja.

–Imposible: le dije. En México eres menor de edad y te veo con cara de hashtag. No entendió y hubo que explicarle que el símbolo, que hice con los dedos de las manos, era el clásico “gato” (#), similar a las rejas de una prisión.  

Estuve 5 días en Buenos Aires, conviviendo todos ellos con Eva y Adán –a petición mía buscamos infructuosamente los sitios que salen en la película El lado oscuro del corazón y me corté el cabello en una peluquería ubicada en la antigua casa del escritor Jorge Luis Borges-, y luego me fui solo a Montevideo. 

En este lugar, caminé con mi sombra por el inmenso malecón, a orillas del caudaloso Río de la Plata, que de tan ancho parece el mar, porque han de saber que el delta se extiende por 219 kilómetros y divide a Argentina del Uruguay.

En Montevideo busqué el café Brasilero, que solía frecuentar Eduardo Galeano, en el centro, y llegué como San Fernando –ratitos a pie y ratitos andando– hasta el Congreso, pretendiendo hallar al senador y ex presidente del Uruguay, José (Pepe) Mujica; el Ché Guevara de nuestros tiempos, que en sus años mozos militó en Los Tupamaros y ya grande demostró que se puede gobernar honradamente a un país, sin perder la sencillez del hombre-pueblo.

Encontré el café cerrado y el Congreso abierto, pero sin sesión, y me tuve que conformar con ver la curul de Mujica. “Venga en dos días y podrá saludar al Senador”, me dijo una amable edecán.

De regreso, ya en el aeropuerto de Carrasco, me llegó un mensaje de Eva: “Llévame contigo”.

La única posibilidad -respondí en el Messenger- es que vengas a estudiar a México, a una universidad que de verdad valga la pena el viaje: la UNAM, una de las mejores de América Latina…

Aterricé en Puebla, después de una breve escala en Panamá –increíblemente el vuelo redondo costó 3200 pesos mexicanos—y de nuevo recibí un mensaje: “Estoy lista. Aplicaré el examen. Quiero estudiar Leyes y como te dije, no me veo con Adán en el futuro”.

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Pues bien, muy pronto vino Eva a la Ciudad de México a aplicar el examen de la UNAM, sin éxito. Obtuvo 69 aciertos y para ingresar a Leyes le exigían poco más de 100. 

Llegó un diciembre, a casa de unos amigos mexicanos. Yo iba de paso por la capital y la llamé para vernos. Nos hallamos afuera de Bellas Artes, ese portentoso palacio construido en tiempos del dictador Porfirio Díaz.

Eva vestía de negro, con una falda larga, larga, abierta hasta la entrepierna. Nos abrazamos prolongadamente y después la invité a comer al Salón Corona de Filomeno Mata. Recuerdo que disfrutó de los tarros de cerveza oscura, los tacos al pastor y las tostadas de pulpo. 

Entrada la tarde, buscamos un mejor lugar: la terraza a cielo abierto del Gran Hotel de la Ciudad de México. Desde ahí divisamos el esplendoroso zócalo, con su bella catedral y su Palacio Nacional.

Ahí bebimos otras cervezas y comimos unos deliciosos camarones al coco, mientras le platicaba un poco de la historia patria. A cada trago, Eva se transformaba ante mis ojos; se ponía más bella. Se lo dije y ella me sonrió, coqueta. Me tomó de la mano y me dio un beso en la mejilla derecha. 

Un tanto ebrios, decidimos seguir la fiesta en Garibaldi. Entramos a El Tenampa y ella me sorprendió cantando una a una todas las canciones que en las diferentes mesas interpretaban los mariachis.

“Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida”, fue nuestra preferida. Eva la cantó al menos tres veces, porque esa noche fue de las canciones más solicitadas en las mesas vecinas.

Dejamos la cantina a las 2 de la mañana y caminamos a contra flujo por el Eje Central hasta Bellas Artes. Doblamos a la izquierda en 5 de Mayo, y nos hospedamos en el Hotel Gillow, en la esquina de Isabel La Católica.

Al otro día, con la resaca a cuestas, tuve que continuar mi viaje. Ella se quedó a estudiar, pues el examen de la UNAM estaba próximo.

Meses después, en marzo, supe el resultado: 69. Ella me dijo que la historia la jodió; yo creo fue el deslumbre de la ciudad capital, y los alcoholes.

–Volveré a aplicar, sentenció y se regresó a Buenos Aires.

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Tres años después, agitada por tanto correr, escuchó en el aeropuerto Ezeiza, de Buenos Aires:

–Señorita Eva, por poco y la deja el vuelo. Cerramos en 10 minutos; dése prisa.

Era la voz del personal de Copa Airlines, que revisó a prisa el pase de abordar y el pasaporte y milagrosamente aceptó documentar la maleta de Eva, a pesar de que el boleto no incluía ese derecho.

Eva subió corriendo al avión, se abrochó el cinturón, se colocó los audífonos, se puso a escuchar música del filipino-español Luis Eduardo Aute y se quedó dormida rápidamente. 

No se percató ni del despegue. 

Se despertó varias horas después, cuando el avión sobrevolaba el Canal de Panamá, esperando turno para aterrizar.  

En Panamá cambió de avión, de la misma aerolínea, y pocas horas después aterrizaba en Cancún, perla caribeña del estado de Quintana Roo violentada por la corrupción y el narcotráfico.

Yo asumí el papel de Florentino Ariza, en El amor en los tiempos del cólera. La recibí con un libro: Gabriela, clavo y canela, del escritor brasileño Jorge Amado y dije a su llegada, mientras la abrazaba y besaba en ambas mejillas: “Corazón, te he esperado más de mil días, con todo y sus noches… Te pude regalar unas flores, pero elegí éste libro. Espero que te guste tanto como tú a mí”.

–Lindo detalle, dijo y me dio un beso de piquito.

Sin más, tomé su maleta y avanzamos a pagar el estacionamiento. 

Tan emocionado estaba que pagué pero no saqué el boleto que nos permitiría salir del estacionamiento. Me di cuenta cuando llegamos al carro, mientras le contaba que casi me rompo un hueso momentos antes, al tropezar y caer de bruces sobre el cemento, al ir a su encuentro.

Regresamos a prisa y, grata sorpresa, hallamos que la máquina tragaba y escupía el boleto olvidado. Lo tomamos y salimos del aeropuerto rumbo a Playa del Carmen, donde nos aguardaban dos amigos. Durante el trayecto, aún en la carretera, pregunté a Eva: ¿En qué plan vienes?

 No entendió y hube que precisar: ¿Como mi novia o seremos solamente amigos?

–Soy tu novia, respondió y me tomó de la mano, como para no dejar dudas. En el primer semáforo, me dio un prolongado beso.

Llegamos a Playa del Carmen. Dejamos el carro fuera del apartamento y caminamos unas cuadras sobre la famosa 5ª Avenida. La tomé de la mano y la introduje a La Bodeguita del Medio, un bar de origen cubano, con música en vivo, donde canta una mulata madura de bonitas piernas y mejor voz y ritmo. 

Ahí cenamos comida criolla. Entre el gentío que bailaba, observé la barra y detrás vi unos estantes llenos de licores de diferentes marcas. A mi derecha, quedaban expuestas varias botellas de Ron Habana, blancos, de 3, 5 y 7 años de añejamiento.

Vi que detrás de las botellas, sobre la pared, habían escrito muchos nombres de diferentes personas, y uno de ellos era el de ella. Eva, se leía. Jalé entonces su mano; la acerqué a mí y le dije: “mira, como sabía que vendrías, di una propina al mesero para que estuvieras aquí, aún antes de llegar”.

–Eres lindo, fue lo que me dijo, sin saber que los nombres existen, pero son parte de la decoración del lugar, lo mismo que los grandes cucuruchos que cuelgan del techo del salón.

Animada por el ritmo, Eva me pidió que saliéramos a bailar. Yo no quería, porque la verdad tengo dos pies izquierdos, pero le dije que por ella aceptaría hacer el ridículo.

Nos tomamos unas cervezas y unos mojitos y luego, caminando abrazados uno del otro, nos pasamos al apartamento, a encontrarnos juntos, desnudos bajo las sábanas, en ese intenso juego del amor prohibido que me hizo vivir y morir en varias ocasiones, hasta entrada la madrugada.

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Al día siguiente nos fuimos a Cancún, a Puerto Juárez y ahí abordamos el Ferry con dirección a Isla Mujeres. Compramos boletos sólo de ida, con la promesa de que el regreso lo haríamos en un yate, al que por adelantado  bauticé con el nombre de Pecado Original.

En Playa Norte, en el Hotel Mía, donde inició este relato, fue donde conté a Eva del mítico guerrillero argentino que alcanzó fama mundial por su humanismo y lucha revolucionaria.

Le dije un poco de todo lo que sé de él: desde que nació en Rosario, Argentina, en 1928, hasta que murió asesinado en Bolivia, en medio del sueño de la revolución continental; después de haber luchado airosamente en Cuba, al lado de Fidel Castro, en 1959. 

Le gustó saber que fue médico, y que casi dejó el maletín cuando la lucha guerrillera se lo exigió. Le disgustó en extremo que le contara de sus malos gustos en cosa de mujeres. “Igualito a mi”; ironicé.

Le hablé del viaje en motocicleta a Perú, con un amigo, y su visita a un leprosario de Lima. De su llegada a Guatemala en tiempos de Jacobo Arbenz y de su encuentro con Fidel en casa de María Antonia, en la Ciudad de México.

Entre mojito y mojito le relaté que el Che fue quien dio el zarpazo final al régimen del dictador Fulgencio Batista, al atacar un tren lleno de soldados y armas en Santa Clara, provincia de Cuba, y que al triunfo de la Revolución se desempeñó como presidente del Banco Nacional y Ministro de Industria del nuevo régimen.

Eva escuchaba absorta. No podía creer que un paisano suyo había logrado todo eso. A mí me sorprendió que no supiera, con lo pedantes que suelen ser los argentinos.

–¿Es verdad lo que me estás contando?

–Claro que es verdad, corazón, le dije y aproveché a darle un beso en la comisura de sus delgados labios.

En mi prisa por llevarla a la habitación, obvié decirle de los arranques internacionalistas del Che en El Congo, y me salté la historia hasta 1967, cuando se fue, disfrazado, clandestino a Bolivia, en un afán de llevar la lucha de liberación nacional a los países pobres del continente.

Terminé diciendo que el Che fue capturado vivo en La Higuera, en 1967, y ejecutado el 9 de octubre de ese mismo año por un soldado boliviano adiestrado y animado por la CIA norteamericana.

Su nombre, dije, se inmortalizó, y con el mote de Che es respetado en todo el mundo, y hasta venerado en algunos lugares, a donde le ponen veladoras y lo llaman San Ernesto de La Higuera.

—¿Te das cuenta lo grande que se puede llegar a ser con ser denominado con tres letras?, pregunté.

–Che, dijo Eva y yo solo repliqué: Eva también tiene tres letras, y la besé otra vez.

La tomé de la mano y la conduje al hotel. La habitación 214 era más que confortable. En la pared pendía un cuadro con la imagen de la pintora mexicana Frida Kahlo y la misma imagen, en forma de grabado, lucía en la funda de la almohada.

Nos asomamos por la ventana, con una copa de vino tinto en la mano, y al ver el mar en calma, con un montón de turistas, me abrazó por el cuello y me dijo al oído:

“Te quiero mucho. Nos tatuaremos mañana la imagen que me mostraste del Che, y así nunca me olvidarás y yo nunca te olvidaré”.

Me jaló para la cama y caímos como locos a besarnos cada parte de la piel, hasta el último poro, mientras se encaramaba encima de mí y me montaba como lo hace una amazona en un brioso corcel. 

Besé prolongadamente sus pechos pequeños y luego ella comenzó a cabalgar con ritmo, con cadencia, hasta lograr un explosivo orgasmo que la llevó a inclinar su hermosa cabellera en la punta de mis pies, sin bajarse de mí, aún penetrada.

No sé cuántas veces hicimos el amor aquella noche, pero poco faltó para que nos sorprendiera el sol, cogiendo.

Creí que al día siguiente nos mataría la cruda, pero no fue así. Disfrutamos del mar antes de desayunar y ya pasado el medio día nos avisaron que el yate Pecado Original había llegado por nosotros.    

Caminamos dentro del mar hacia donde nos hacían señas, y justo cuando el agua nos llegaba al pecho y amenazaba con mojar nuestras pertenencias, un amable lanchero se ofreció a llevarnos a cambio de una propina “para las cervezas”.

Eva creía que el yate sería sólo para nosotros, pero no fue así. Éramos invitados por un grupo de compañeros de trabajo que disfrutaban de un premio adicional que les otorgó la empresa para la que trabajamos, debido a sus excelentes resultados.

A bordo del Pecado Original nos tomamos unas cervezas y rones, y cuando se hizo a la mar y habíamos avanzado rumbo a Cancún, la tomé de la mano y la conduje a una de las dos habitaciones, la que, por mala suerte, no servía el seguro de la puerta.

–Ya estamos aquí, hagamos algo nuevo, le dije y la conduje al baño de la habitación. Ahí la puse de espaldas frente al lavabo y bajé el bikini amarillo y negro para penetrarla nuevamente.

Esa misma noche regresamos a Playa del Carmen, y al otro día, a primera hora, preguntamos por el mejor lugar para hacernos los tatuajes. “La Rana Roja”, nos dijeron y fuimos hasta allá, en la 10 y 32, para sellar nuestro pacto de amor eterno.

A mí me tatuaron primero. El Che me quedó en el pecho, del lado izquierdo, a la altura del corazón. Eva se lo colocó en la espalda, cerca del hombro izquierdo, más arriba del corazón. 

Pagué dos mil pesos por los dos tatuajes. Barato para ser un destino turístico, y más barato aún si el símbolo funciona y hace regresar a Eva, después de que se fuera a Buenos Aires a cerrar un ciclo con su pasado.

Pues bien, los días que siguieron fue de un ir y venir intenso. De nuevo a Cancún a comer al Mar-Bella, un restaurante famoso situado a orilla del mar, al que se accede por un pequeño supermercado cercano a la terminal del ferry.

Al otro día fuimos a Akumal, a nadar con las tortugas.

Un día más a Tulum, a la zona arqueológica, donde el mar sí hace pequeñas olas. Esta vez, mi lugar favorito estaba lleno de sargazo, unas algas que vienen desde Brasil -otros dicen que desde el Mar de los Sargazos- debido al cambio de corrientes marinas que provoca el cambio climático. Aquí introdujimos cervezas y whisky, pese a que está prohibido hacerlo.

-Sólo nos falta Bacalar, le dije en un momento de reposo. Eva quiso que fuéramos, a pesar de que le advertí que entonces tendría que regresar sola al aeropuerto de Cancún, para abordar su avión a Buenos Aires.

Aceptó y nos fuimos a velear a esa inmensa laguna de agua dulce con color de mar azul turquesa. El capitán del velero, un hombre cincuentón de pronunciada calvicie, se portó muy generoso con nosotros, porque le dijimos que éramos recién casados y estábamos de luna miel. 

Nos contó que era piloto aviador y que en sus ratos libres gustaba de venir a disfrutar de la tranquilidad de la laguna. Ahí vimos la luna llena y sentimos el poderoso temblor que sacudió a Chiapas y el centro del país. Era el 7 de septiembre de 2017. 

En Bacalar, Eva me prometió que volvería pronto de Argentina, y que nos iríamos a pasear por el mundo cuando estuviéramos juntos. “Yo te llevaré. Te lo prometo”, fueron sus palabras.  

Al otro día, la vi partir, airosa, en la terminal del ADO de Chetumal. Coqueta se echó el cabello de lado derecho, para que viera el tatuaje del Che en su espalda. En la parte trasera de su blusa escribió con un plumón negro: “Volveré. No me olvides”.

Y yo estoy aquí, como pendejo, esperándola. Llevo año y medio con mi Che en el pecho, escuchando en una caracola gigante los susurros del mar y los gemidos de Eva, esa porteña que me hace evocar los sonidos de una gatita herida al momento de hacer el amor.