Por Soldadito Marinero

Morena, bajita; sin grandes atributos físicos es Imelda Cabrera. Sin gracia, dicen unos, pero alguna debe de tener porque “el artista” la encuentra más que atractiva, bella. Le encanta; lo tiene ido, como antes tuvo a mi amigo Ricardo Ortiz.

La cosa es que sin gracia o con gracia, se nota que Imelda es una mujer muy afortunada: tiene el don de embrujar a los hombres. Los atrae, los seduce, los encanta… y en más de una ocasión ha logrado que más de uno se líe a golpes por su querencia.

A mi amigo Ricardo lo trajo como loco por años. Parecía embrujado. Tengo grabada la imagen de él corriendo en reversa, como niño pequeño, para que Imelda corriera frente a él y le diera alcance. Lo hacían muy a menudo, aunque estuviera lloviendo; con o sin paraguas. Decenas de besos sonoros sellaban cada alcance en el parque de San Cristóbal de Las Casas.

Es una lástima que yo no tuviera una cámara de vídeo para grabar esas escenas; ese flirteo. De seguro hubieran servido para un melodrama de televisión, o al menos sería un testimonio para que me creyeran que esta historia que hoy les cuento es real.

Parecían tortolitos. Lo eran.

Todo iba bien entre ellos. Su relación sugería un cuento de hadas. No se separaban para nada. Ella era como su sombra; iba a todos lados con él, excepto aquel día en que, con unas copas entre pecho y espalda, me pidió que lo ayudara a fugarse para ir a un table dance en esta misma ciudad colonial.

–Ven a mi casa y nos tomamos unos whiskys, me dijo previamente y explicó el “plan con maña”, que consistía en agarrar de pretexto el fin de la botella para salir a “pistear”, dejando “olvidado” el celular, tirado debajo del sofá.

Pobre Imelda Cabrera. Llamó insistentemente a su amado al 9671102145 y hasta buen rato después descubrió que el teléfono timbraba dentro de su misma casa. Lo buscó y halló donde mi amigo lo había dejado.

Horas después, cuando le cayó el veinte de que lo podía localizar llamando a mi número, lo hizo, pero el acuerdo mutuo fue ignorar las llamadas y apagar el teléfono para no interrumpir los bailes de una sensual hondureña que agarrada de un tubo se despojaba de sus diminutas ropas íntimas frente a nuestros ojos. Es la única vez en mi vida que he visto la imagen del Ché Guevara en una tanga, puesta y luego arrojada al piso, como señal de derrota del mítico guerrillero.

Antes que ella, media docena de féminas habían hecho lo mismo en la pista y el tubo; pero ninguna tenía la gracia y belleza de Yamilet. Ella nos cautivó desde el principio.

Su figura delgada y sus chinos sobre la espalda nos hacían mantener la vista fija en sus senos y caderas, mientras bailaba una canción de Alejandra Guzmán, llamada Hacer el amor con otro.

Al final, ya despojada de su ropa, subió por el tubo y se colgó de un par de argollas, en las que se columpió graciosa hasta rematar con una extensión de brazos, a la altura de los hombros, y lograr la figura perfecta de un Cristo.

Todos los presentes aplaudimos de pie, y justo cuando ella bajó y se posó sobre la tierra, avancé con paso firme para convencerla de que nos acompañara a nuestra mesa. Pronto nos pusimos de acuerdo sobre sus honorarios y así como Dios la trajo al mundo la cargué para llevarla de regalo a las piernas de mi amigo Ricardo.

No sé si Imelda supo de este fugaz e hipnótico episodio, y si el mismo tuvo que ver con la ruptura de esta pareja perfecta, pero un día cualquiera toda esta historia de amor entre Imelda y Ricardo se vino abajo; se derrumbó, como lo hacen los castillos de arena, o los naipes.

Fue entonces que mi amigo buscó consuelo en los brazos de su primer amor, platónico hasta entonces, y ella, Imelda Cabrera fue a parar al psicólogo porque entendió que “necesitaba ayuda para poder olvidarlo”.

Lo que son las cosas, me cuenta ahora una amiga íntima de ella –amiga mía a la vez–. “Él se agarró una mujer viejita y fea y la Imelda tiene a un verdadero artista. Bien que le fue”.

–¿Cómo le hizo? Se pregunta mi amiga y ella misma se responde: “No lo sé. Pero él es joven, guapo y adinerado, y la trata como a una princesa. La lleva a pasear dentro y fuera del país. Ella se ve de nuevo enamorada y hasta le da de comer en la boca, en público, sin importar que la gente los vea con morbo”.

Mi amiga está sorprendida. Me contó que ella nunca dijo nada bueno ni malo de Ricardo mientras fue pareja de Imelda, pero cuando supo que ella iba con frecuencia al psicólogo “por su culpa”, se aprestó a intervenir, a ayudar.

–Nunca te lo quise decir, pero no sé qué le ves a ese Ricardo: es un chamula; le dijo un día que se tomó dos tequilas para agarrar valor. Imelda Cabrera sólo alcanzó a balbucear: “Es el amor de mi vida”. Y siguieron bebiendo y llorando juntas.

Lo que son las cosas, me volvió a decir mi amiga. “Ahora cuando platico con ella me dice que no sabe en qué estaba pensando. Pero algo bueno debe de haber hecho la Imelda que, de pronto, otro hombre apareció y le cambió la vida”.

Imelda Cabrera fue muy gráfica cuando le contó a nuestra amiga el resultado de las visitas al psicólogo: “En las terapias vi cómo una máquina entró en mi cabeza y lo sacó (a Ricardo) de mi vida. Lo aventó lejos”.

Tan gráfica fue que me imagino a la “mano de chango” de una retroexcavadora perforando el cráneo de Imelda Cabrera. Veo el brazo mecánico extrayendo a una especie de muñeco de trapo de la férrea cabeza de esta india oaxaqueña. Miro al muñeco tirado en el piso, enterrado casi todo en el lodo.

“Ahora es todo amor con su artista. Él es fino, guapo, educado. Delicado en su trato. La lleva con su familia. Todos la quieren. La saca a pasear a donde va, y es que él viaja mucho”; dice mi amiga, amiga a la vez de Imelda Cabrera.

En cambio tu amigo Ricardo “es un chamula”; remata.

Yo discrepo. Mi amigo Ricardo Ortiz no es un chamula, aunque sí tiene rasgos indígenas. Su perfil es similar al de un rey maya, Pakal, de Palenque, aunque su poesía, que a menudo usa para enamorar incautas, lo hace parecer más a Netzahualcóyotl.

Me quedo estupefacto con el relato de mi amiga. Me invaden las imágenes. Sólo alcanzo a decir: Me da gusto que los dos son felices. “Imela y su artista”; me dice ella. Alcanzo a corregir: Los cuatros son felices.

“Ricardo con su viejita y ella con su artista”; me vuelven a precisar…

Otra vez discrepo. Ricardo no tiene en su vida a una viejita, sino a la hondureña de 19 años que rescató del Mía Mama, ese club nocturno de tres estrellas que se encuentra en el periférico poniente, en el barrio de Fátima; a la que se ligó con poemas propios y uno que otro del uruguayo Mario Benedetti.

Nunca antes había visto tan entusiasmado a mi amigo Ricardo. Tanto que esa noche tomó una servilleta y se la colocó en la pierna derecha, doblada a la mitad –en la pierna izquierda descansaba Yamilet—y con un lapicero de tres pesos comenzó a escribir el poema que tal vez sea su obra maestra, y que yo conservo porque a su dulcinea poco le importó dejarlo sobre la mesa:

 

QUE AMEN LOS LOCOS

Que amen los sanos,

Los locos

Los que ven luces en el firmamento

Que amen los embriagados de olores a mujeres

O a hombres

Que amen los sudorosos de pasión

Los ciegos de amor

Los habidos de historias

Que amen las madres, los padres,

Que amen todos, hasta morirse de dolor

Que amen hasta revolcarse en sus camas

En pisos de tierra o en baldosas frías.

Con los corazones rotos

Y nuevamente zurcidos con hilos de otro amor

Que amen los poetas, los que cantan

Los que lloran en silencio las ausencias del amor…

Mientras a vuelapluma escribo el relato, suena en mi oído una canción: “El amor de mi vida”, de Pablo Milanés. Se repite una frase: “Te veo sonreír, sin lamentarte de una herida. Cuando me vi partir, pensé que no tendrías vida. Que gloria te tocó, que ángel de amor que has renacido. Que milagro se dio, cuando el amor volvió a tu nido”…

Suena una y otra vez. Parece disco rayado. Y veo el rostro moreno, recio, de Imelda Cabrera, y el perfil maya de mi amigo Ricardo. Los dos sonríen, juntos y separados. Veo también al artista con Imelda y al poeta de mi pueblo, con su rescatada dulcinea, Yamilet, que hoy se llama de manera distinta y ha dejado el baile sensual para dedicarse de tiempo completo a su marido.

Y ustedes se preguntarán por qué oigo esa canción de Pablo Milanés y no Felices los cuatro, del colombiano Maluma, que parece más propia para el relato, y no tengo más respuesta que esta: yo no mando en mi cerebro al escribir; sino que él me gobierna a mí y me manda las imágenes que quiere.

Los diálogos con la amiga de Imelda Cabrera son reales e igual se repiten en mi cerebro. “Tu amigo es un chamula”; me dice. Y aquí sí me atrevo a desobedecer e insisto en que Ricardo es una especie de rey maya con tintes de Netzahualcoyotl, un poeta enamorado.

Timbra el teléfono y es mi amigo Ricardo Ortiz. Se escucha que llora y parece que está borracho. Me cuenta su desdicha:

“Recuerdas que en una ocasión nos reunimos más de diez amigos y todos coincidían en que tenía mala suerte? En que algún día se iría mi mujer, y tú dijiste que al contrario, que era muy afortunado porque algún día se iría mi mujer y las de ustedes nunca?

“Pues bueno, tienes boca de profeta. Sucedió hace 15 días. Mi mujer no pudo con su pasado y se fue sin decirme nada; sin despedirse. Hoy vi en el periódico que hubo un operativo en un antro de Cancún y aparece su foto. Fue detenida mi Yamilet en un lugar que se llama Kiss Mens Club, y dicen que la van a deportar a su país.

“Pinche López Obrador. Pinche Donald Trump. Que chinguen a su madre los dos. Ahora sí que no sé qué voy a hacer, compadre”.

Guardo silencio. No sé qué decir a mi amigo Ricardo. Sigo escuchando sus sollozos…

Puedo ponerle puntos suspensivos a este relato de amor, y hacerlo interminable, pero prefiero colocar el punto final.

Me quedo con las imagenes de la retroexcavadora perforando el cráneo de Imelda Cabrera; con Ricardo hecho un muñeco de trapo hundido en el lodo y con Yamilet bailando en el Mía Mama y después esposada en Cancún…

Y en medio del dolor, propio y ajeno, opto por arrancar la hoja de mi vieja Remington, que está a punto de perder los dientes y desfallecer de tanta tristeza y tanta tinta desperdiciada, y tiro el relato al cesto de basura.