Después de siete meses de gobierno, el presidente López Obrador aseguró que ya cumplió con 78 de los 100 compromisos que enumeró en su toma de protesta. Para 2020, advirtió, su administración se dedicará a consolidar la “Cuarta Transformación”

Texto: José Ignacio De Alba

Fotos: Ximena Natera y María Ruiz

Andrés Manuel López Obrador volvió al Zócalo de la Ciudad de México para reiterar que su “Cuarta transformación” no tiene retorno: en diciembre de este año, aseguró, terminará de arrancar de raíz “el régimen corrupto”.

“Ni un paso atrás. Nada de titubeos o medias tintas. Una cosa es actuar con prudencia, evitar la confrontación y garantizar las libertades que son sagradas y otra cosa muy distinta es la indefinición”, dijo el mandatario, ante una plaza llena. “Nosotros somos auténticos, pacifistas y transformadores al mismo tiempo. En la defensa de las causas de la honestidad, la justicia y la democracia no somos moderados, somos radicales”.

López Obrador lanzó otro mensaje a sus adversarios políticos: este mes iniciará la construcción del aeropuerto General Felipe Ángeles de Santa Lucía, pese a lo que calificó como “una campaña de sabotaje legal”.

“Se ha demorado el inicio de esta obra porque nuestros adversarios quieren detenerla con una lluvia de amparos, y estamos siendo cuidadosos en el proceso de autorización del estudio de impacto ambiental, con el propósito de no darles ningún pretexto para que continúen esas campañas de sabotaje legal”, afirmó.

La tarde de este lunes laboral no hubo la algarabía desbordada de un año atrás, cuando la ciudad se volcó a las calles como en los triunfos de la selección nacional. Tampoco hubo la mística de hace siete meses, cuando tomó protesta en el cargo y recibió el bastón de mando de pueblos originarios, ante una plaza que respiraba esperanza.

Ahora, en primera fila tuvo como invitados especiales a empresarios como Carlos Slim y Amilio Azcárraga. En el templete, durante los 90 minutos del discurso presidencial, López Obrador sólo se acompañó de su esposa Beatriz Gutiérrez Müller, el presidente de la Cámara de Diputados Porfirio Muñoz Ledo y la jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum. Abajo, el gabinete legal y elementos de las Fuerzas Armadas.

Pero aún así, al corazón de la capital del país, donde López Obrador ha pronunciado innumerables discursos llegaron decenas de miles de seguidores del tabasqueño, que lo han acompañado por años.

Como Luis Ramírez, un hombre de 75 años que se paseaba entre la gente con una estatuilla de un ganso en la cabeza.

El animal se ha convertido en la mascota de la “4T”, luego de que el presidente usara la frase coloquial de “me canso, ganso” en su discurso de protesta ante el Congreso. Ahora, figura en playeras, llaveros, calcomanías, aretes, peluches y dibujos.

Al Zócalo, la gente llevaba el animal puesto hasta en tatuajes temporales. Luis Ramírez llegó a festejar el triunfo del tabasqueño desde Atizapán, en el Estado de México. Cuando se le dijo que la victoria fue el año pasado, repuso que los gobiernos del PAN fueron tan malos que “parecieron un siglo” y que el PRI duró 82 años: “por eso hay que festejar hasta que el cuerpo aguante”.

Ante miles de simpatizantes el mandatario dio un listado de acciones y logros de su gobierno, en el discurso igual habló de semillas que del “bienestar del alma”.

En el Zócalo la asistencia fue variopinta, los disfraces y algunos personajes teatrales atraían las cámaras. Hubo algunos asistentes muy directos, como Mateo del Ángel; quien repartía al público una circular escrita por él mismo “para que la gente tenga claridad en la mente”. El hombre, de 75 años, sacó 300 copias de su texto, con una letra esforzada y de molde: “La riqueza debe ser para el campesino y al obrero para que todos tengamos harta comida y muchas ganas de trabajar y hartas energías”.

La gente recibía el manuscrito del hombre que calzaba huaraches, vestía sombrero y con tímida voz ofrecía las hojas que él mismo pagó. Del Ángel llegó desde Morelos para acompañar a López Obrador en su informe.

López Obrador usó un lenguaje llano para dar su informe en la plaza (“no, primo hermano”, “toco madera”). No hablaba a los ciudadanos, hablaba al pueblo, que ha aprendido a interpretar como ningún otro político.

La mayoría de los logros que enumeró López Obrador fueron acciones destinadas a paliar con la pobreza, las acciones destinadas al campo y la becas a jóvenes, aunque también se refirió a los desaparecidos, a los periodistas y activistas amenazados, a los mineros de Pasta de Conchos y a los 43 normalistas de Ayotzinapa. “No descansaremos hasta saber el paradero de los jóvenes de Ayotzinapa”, dijo. La gente ovacionó y a veces interrumpió el discurso.

El ánimo se encumbró cuando López Obrador propuso celebrar el 15 de septiembre en el Zócalo “como nunca”. Otro punto climático ocurrió cuando aseguró que a él lo cuida el pueblo.

López Obrador no habló más de dos minutos de compañías ni empresas, pese a tener enfrente al hombre más rico de México. Habló del campo, de las becas, de la educación pública y del “desarrollo”.

En su discurso, los megaproyectos volvieron a estar en el centro de su estrategia económica: la construcción del Tren Maya y la Refinería de Dos Bocas y las presas, entre ellas el Zapotillo.

Las políticas de medio ambiente se redujeron a dos acciones concretas: no permitir el fracking ni las semillas transgénicas.

Aunque no hizo ninguna mención a la diversidad, una decena de jóvenes ondeaba una enorme bandera de arcoiris en la plancha del Zócalo. Jair Ramírez, que pertenece a la comunidad LGBTTTI, celebró que el Congreso lograra que el seguro social haya admitido, como parejas a personas del mismo sexo, pero asegura que aún falta camino. Por ejemplo, declarar como alerta los crímenes de odio. “Sin nosotros no hay 4T”, dijo.

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