Sara Lovera

En estos días voy de sorpresa en sorpresa. La muerte de algunas personas nos hace mirar hacia atrás y reconocer que hay un gran trecho enfrente. Hace unos cuántos días nos enteramos vía redes sociales de la muerte de la feminista Rosa Dominga Trapasso, dejándonos un gran hueco. Y apenas y respiramos cuando supimos del accidente en que murió el secretario general del Consejo Nacional de Población Conapo, Carlos Echarri Cánovas, incansable funcionario público aliado de la tarea por asegurar los derechos sexuales y reproductivos de toda la población, especialmente niñas y mujeres, comprometido con bajar las tasas del embarazo de adolescentes.

Dos pérdidas tremendas. Ella la monja, peruana por adopción y feminista, Rosa Dominga quien durante casi tres décadas luchó y peleó por las mujeres que viven en prostitución, revelándonos los entretelones de la vida de sus hijos e hijas y sus derechos. La vi por última vez en Lima, hace unos tres años. De ella recibimos no sólo la complicidad feministas, sino sus enseñanzas y reflexiones.

Los huecos de esta naturaleza te dejan helada. A Carlos Echarri Cánovas, lo conocí y lo trate poco. Él, como otros demógrafos comprometidos, fue para mí una herencia de la generosidad de mi amiga Teresita de Barbieri, la misma que nos dejó un enero frío. Ella me instruyó sobre la importancia de la política de población. Un hombre, él, empeñado los últimos años por deshilvanar los entresijos del embarazo de miles de jovencitas mexicanas, que no encontraron orientación sexual, entre otras cosas por la secrecía de las familias conservadoras.

Pero en feminismo, el de Rosa Domínguez y el fenómeno del embarazo en adolescentes, me han hecho mirar adelante. No todo es fatal, me he dicho, ni todo puede estar bajo la idea única de un gobernante que todavía le cuesta mucho trabajo mirar la diversidad sexual y los problemas específicos de las mujeres, en estas sociedades patriarcales.

Hoy sé que es urgente una cruzada de educación sexual, asunto de responsabilidad gubernamental en estos menesteres. En el embarazo de adolescentes, los hechos y las cifras son contundentes. Por lo que la tendencia en esta administración de considerar sólo a las más desposeídas, es por lo menos parcial.

De acuerdo a datos oficiales, en 2018 la tasa fue de 77 adolescentes embarazadas por cada mil jóvenes de 15 a 19 años, y la edad de inicio de las relaciones sexuales, en el 23 por ciento de este segmento, fue entre los 12 y 17 años.

De acuerdo a cifras de la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes, ENPEA, en México ocurren al año 340 mil nacimientos en mujeres menores de 19 años y 15 por ciento de los hombres. 33 por ciento de las mujeres no utilizaron métodos anticonceptivos en su primera relación sexual.

Por ello, el Estado mexicano debe tomar en cuenta variables de riesgo de tipo individual, social y familiar, involucradas en este problema. Provenientes de una diversidad socioeconómica.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), 16 millones de mujeres entre 15 y 19 años, y aproximadamente un millón de niñas menores de 15, dan a luz cada año. En este escenario, México tiene el primer lugar a nivel mundial entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Asimismo, tres millones de adolescentes entre 15 y 19 años se practican abortos inseguros o clandestinos en el mundo para interrumpir un embarazo no deseado, acción que pone en riesgo su salud. En nuestro país, en los últimos 15 años, la fecundidad y la proporción de nacimientos entre adolescentes se han mantenido en niveles altos y prácticamente sin cambios.

SEMMÉXICO

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