En Totontepec Mixe, Oaxaca, crece la llamada “Planta Maravilla“, un maíz extraordinario que ha traído la atención de investigadores e investigadoras nacionales e internacionales y, por desgracia, también de empresas trasnacionales.

El también llamado “Maíz del Futuro“, por la revista Smithsonian, fue descubierto en 1979 cuando Thomas Boone Hallberg visitó Totontepec y se quedó con ojos de plato cuando vislumbró el maíz local.

Era una plantota de más de seis metros en un suelo de pocos nutrientes y sin fertilizantes.

El maíz tenía raíces por fuera que crecían un gel mocoso justo antes de la época de cosecha. Para Thomas era imposible lo que imaginaba pero, hipotetizó que la planta estaba creando su propio hidrógeno, usando el aire que le rodeaba.

Conocido como olotón, el producto fue investigado seriamente por científicos y científicas mexiquenses que dieron la primera conclusión en 1993: la planta sí recibía nitrógeno del ambiente, a través de las raíces externas, no obstante, no podían comprobar que las bacterias producidas autofertilizaban al maíz.

Apenas hace un año que  se publicaron resultados e diez años de estudios que describen cómo la bacteria dentro del moco de la raíz externa, en un ambiente de poco oxígeno, jala nitrógeno del aire y alimenta a la planta oaxaqueña.

Los resultados corrieron a nombre de gente investigadora de la Universidad de California Davis, de la Universidad de Wisconsin y Mars Incorporated, un conglomerado global de comida y dulces.

Todo este tiempo y recursos fueron invertidos con un sólo propósito, saber si el fenómeno tenía una aplicación comercial viable.

Es por ello que surge el problema en cuestión, de si los recursos de las comunidades indígenas que trajeron tan maravilloso descubrimiento terminarán arropando financieramente a los pueblos originarios o dejarán con manos llenas a empresas extranjeras.

Según el texto escrito por Martha Pskowki publicado el pasado 16 de julio, las políticas mexicanas que deben salvaguardar los recursos genéticos de las comunidades indígenas todavía son mejorables.

La biopiratería es la explotación de conocimientos y recursos biológicos de los indígenas sin su permiso.

Supuestamente esto está protegido por el protocolo Nagoya, un, digamos, seguro internacional que compromete a las compañías y a quién se involucre a respetar y compensar, si fuera el caso, a las comunidades de dónde se adquirieron beneficios científicos y/o comerciales.

A pesar de este riesgo que late sobre las comunidades, los estadounidenses metidos en las investigaciones han desechado la idea de abusar de Totontepec, insisten en que su trabajo ha sido en buena fe.

La Universidad de California ha dicho que ellos poseen las patentes y toda la ganancia será repartida cincuenta cincuenta con la comunidad de Totontepec.

Además, confirmaron que ya han dado cien mil dólares a Totontepec como parte del trato.

Por otra parte, hay que mantener el ojo en el asunto; Laurent Gaberell, de Public Eye, una organización suiza, ha afirmado que el Tratado Internacional sobre los Recursos Filogenéticos para la Alimentación y la Agricultura, otro acuerdo como Nagoya, también pretende regular el acceso a estos cultivos.

Este tratado reconoce que el olotón, o cualquier otro recurso de esa comunidad, no sólo es de ellos, sino de otras en Oaxaca que también deben beneficiarse.

El maíz es un cultivo sin ratificar de parte del gobierno mexicano. México no tiene un procedimiento legal que regule cómo consultar y compensar a las comunidades; sin legislación, las localidades indígenas yacen en peligro de ser víctimas de biopiratería.

Es un fracaso por parte de Nagoya y por parte del gobierno mexicano“, diría Jack Kloppenburg, de la Universidad de Wisconsin, “Si a ambas partes se les permite operar de esta manera, todo el ejercicio carece de sentido, Nagoya está legitimando la biopiratería“.

Fuente: E360.