Seguramente hoy, muchos niños estaban durmiendo bien sabroso, babeando la almohada, cuando llegó la mamá a zarandearlos para que despertaran.

Así es como seguramente inició el regreso a clases. Desde luego que no faltan las madres previsoras, quienes desde una semana antes se dieron a la tarea de despertar a sus hijos antes de lo acostumbrado, para que se fueran adaptando a la rutina.

A esta hora, a muchos estudiantes aún no les “cae el veinte” porque no quieren aceptar que las vacaciones terminaron; y que la hora de levantarse, de asearse y desayunar, será temprano. Al rato que estén más despabilados, se darán cuenta que otra vez están en clases porque ya vieron a sus compañeros de grupo.

A la hora del recreo van a intercambiar impresiones de lo vivido en vacaciones. Presumirán una nueva cicatriz como si fuera un trofeo de guerra, y también, lucirán sus nuevos útiles escolares.

Para fortuna de los padres de familia, ya no se pasaron la noche, como años anteriores, forrando libros con determinado papel y color, y sobre este, un forro de papel contact. Hay que recordar que los plásticos están casi prohibidos.

No faltan los maestros que le exigen al alumno, llevar específicamente un tipo de libreta para cierta materia, y a veces, les piden a los padres de familia, que sus hijos lleven una tableta electrónica.

En mis tiempos, lo más que nos pedían, era forrar las libretas con papel lustre, y hasta allí. Desde luego que no podía faltar nuestro nombre en cada libro y en cada libreta, de lo contrario, jamás se recuperaba.

Lo más que nos pedían los maestros, eran dos o tres cuadernos: uno de doble raya (para hacer caligrafía), uno de cuadrícula (para las operaciones aritméticas) y uno más de dibujo. Un lápiz, sacapuntas, borrador, un juego de geometría, crayolas, y un diccionario, eso era todo.

Las libretas de entonces eran, sin mayor presunción, que unas forradas de papel cartoncillo, o cuando más, de cartulina. Estas últimas tenían impreso a una tinta los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. En la contraportada tenía las tablas de multiplicar, que eran muy útiles a la hora en que la maestra preguntaba algo más que la tabla del dos o la de cinco.

Cuando salieron a la venta las libretas con hojas de colores, fue toda una revolución. Todos nos lanzamos por una.

Años después aparecieron las libretas de resorte. Lo bueno de estas es que podían servir para los hermanos menores cuando habían quedado hojas en blanco. Ésa era una manera, o sigue siendo, de ahorrarse unos pesos.

¿Se acuerdan del papel de estraza? Algunas veces, yo mismo me confeccioné mis libretas con ese tipo de papel. Las forrada con cartón y las ocupaba para dibujar. Hoy he visto un tipo de libretas más o menos igual, que las venden a precios altísimos.

¡Qué padre es recordar! Ya hasta me dieron ganas de regresar a la escuela.

 

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