Soldadito Marinero

Ya sé que la H es muda –y sé que hay quien propuso quitarla del abecedario, porque dijo el Nobel Gabriel García Márquez no sirve para nada– pero el día que Elena decidió agregarla a su nombre, su vida cambió para siempre; ella ya no volvió a ser la misma.

El cambio se comenzó a notar en su mirada y en su andar por el mundo. Ahora una luz brillante se advertía en sus ojos verdes, antes tristes, e inició a caminar más erguida, derechita, echados los pechos hacia adelante y levantando las nalguitas, como si se hubiera quitado un peso de encima o le hubieran brotado alas, de tal suerte que la hacían caminar como si flotara.

Fue este noviembre que ella se hizo el “cambio de nombre”, a sugerencia mía, y sus primeros pasos con la H la llevaron a las Cascadas de Agua Azul, en las montañas del norte de Chiapas, donde confluyen los municipios de Tumbalá y Chilón, en las cercanías de Palenque.

Realmente ahí fue donde se hizo otra: Helena y no Elena. Ahí fue donde, ya con la H incrustada en su nombre, mojó su cuerpo todo en las frías aguas del caudaloso río de color azul turquesa, y justo después de eso, como si hubiera renacido o sido bautizada en una nueva religión, se comenzó a ver más altiva, más segura de sí misma… y según yo, más bella.

Justo cuando llegó al sitio, pasado el medio día, estacionó su auto y me dio un efusivo abrazo y me besó de tal manera que me pareció que tenía un hambre de amor atrasada.

Era nuestro primer encuentro furtivo y yo le correspondí de la misma manera, sujetándola fuerte de la cintura hasta asirla a mí cuerpo, para luego bajar mis manos hasta sus generosas nalgas.

Una vez liberados de abrazos y besos, avanzamos tomados de las manos por un sendero de piedra que va a orillas del caudaloso río y buscamos un restaurante para tomar unas cervezas y comer unas mojarras fritas, mientras me platicaba las peripecias del viaje.

–¿Con ajo señor? Su mojarra; me preguntó una señorita de rasgos indígenas. Volteé a ver a Helena –por aquello de los besos–, y ella asintió.
–Sí, al mojo de ajo.

A la segunda cerveza, entre besos y beso –absorto yo en sus ojos verdes– me contó las vicisitudes del periplo –para llamarlo de manera elegante–, y con ellas una breve historia fantástica que me cuesta trabajo creer.

Me dijo que en el tramo de Yajalón a Chilón, se encontró a un conocido al que llaman Peshjol (cabeza grande, en tzeltal), que corría de reversa los 13 kilómetros que separan a una cabecera municipal de otra.

–No te puedo creer, dije asombrado y ella me lo juró –besó sus dedos en forma de cruz– y hasta me contó que se orilló un rato para animarlo, al estilo que lo hacen todos los pobladores que lo conocen. “De reversa, de reversa”, le dijo mientras le aplaudía.

El Peshjol siguió corriendo, en reversa, como lo hacía todos los días, mientras ella continuó su viaje pasando por Chilón, Bachajón y Temó. En este último lugar se desvió rumbo a Palenque, hasta llegar a Agua Azul, para lo cual tuvo que pagar dos cuotas porque los zapatistas y priistas se disputan el control de este balneario lleno de bellas cascadas.

Le sugerí escribir la historia del Forrest Gump yajalonteco, con el aderezo de que este corre en reversa, y después de una prolongada risa me dijo que no se le había ocurrido, pero que en todo caso había otro personaje al que le quedaba mejor el apelativo.

–¿Otro corredor? ¿Otro Forrest Gump?
–Sí, se llama Óscar y le dicen Hormigón. Ese corre todo el tiempo. Nunca para.
–¿Ni para dormir?
–Chín, no sé. Supongo que sí duerme, pero al menos de día nunca para; nunca descansa.

Si lo encuentras en cualquier lugar del pueblo, le pides de favor que lleve un recado (mensaje) a cualquier persona, y para ello eliges a la que vive más lejos. El Hormigón llega, entrega el mensaje, y el que lo recibe ya sabe qué hacer. Lo vuelve a mandar al otro extremo del pueblo, y allá va. Es un cuento de nunca acabar.

–Qué historia.
–Así hay muchas en Yajalón.

Me habló de muchos personajes, entre ellos un mudo al que de niña le quiso enseñar lenguaje de señas, sin saber, y ante mi natural asombro me explicó que le mostraba la imagen de una jirafa, tomada de un libro, y le hacía una señal con la mano, según la cual creía describía al animal, inexistente en Chiapas.

–Jirafa, jirafa; le decía una y otra vez; mientras le mostraba las manos torcidas, como había aprendido de un hermano mayor que le enseñó a proyectar imágenes usando la luz y la sombra, sobre la pared o el piso.

Nos reímos como locos, y de vez en vez nos dábamos tremendos besos con sabor a pescado y ajo.

Pagué la cuenta –menos de 300 pesos– y la tomé de la cintura para, juntos, buscar un remanso en este agitado río.

Pronto, cuesta arriba, hallamos el lugar perfecto. Una zona de pasto, otra de arena fina, y el río que se prestaba para nadar. Como acabábamos de comer, acordamos mojarnos, sin ejercitar brazos y piernas.

Los dos avanzamos río adentro. Justo cuando el agua le dio en las caderas, tomé agua con mis dos manos y le mojé la cabeza, para que su cuerpo dejara de tiritar.

Después ella caminó hacia una pequeña cascada y esa caída de agua que la mojó toda le sirvió como bautizo y la hizo renacer, no en el sentido de vivir, morir y volver a nacer como Lázaro, el que se levantó de la tumba, sino el de ser otra, o sea la misma pero diferente a la vez.

Cuando salió de la cascada y se echó la cabellera hacia atrás, de golpe, dejó una estela de gotas de agua en el infinito, y fue entonces que pude apreciar sus deseables curvas y sus protuberantes tetas, bajo el ya transparente blusón que traía puesto, cubriendo el traje de baño color verde agua.

Una vez fuera del río, me preguntó qué nombre le quedaba mejor. No me dejó contestar. “Me sienta bien la H”; dijo. Yo asentí, porque yo fui quien le sugirió el cambio, y tomados de la mano nos fuimos a una pintoresca cabaña que estaba escondida entre la montaña, a orillas de un pequeño arroyo que como un brazo se escapaba del río.

Ya en la cabaña, para convencerla de que su nombre era mejor con H, la conduje frente a un espejo, dentro del baño, y en él escribí con su lápiz labial su viejo y nuevo nombre, de las dos formas –Elena y Helena–, y noté que aún en rojo sobre fondo de cristal, Helena lucía mucho más sensual que Elena.

Ella observaba en silencio, pero con una sonrisa picaresca se acercó a mí y me propinó un prolongado beso. En medio de la sorpresa, sin aliento aún, tomó una foto con su celular y en ella se aprecia el espejo, al fondo, con los dos nombres en rojo: Elena y Helena, y sobrepuestos, nuestros cuerpos unidos por la boca.

La foto la guardo yo, como único recuerdo tangible de este primer viaje con ella.
De lo demás no hay evidencia, porque ni su nombre ni el mío quedaron registrados en el recién inaugurado hotel de escasas cinco cabañas en medio de la selva, y solo en mi memoria está la figura de su cuerpo ardiente bajo la regadera de agua helada, y sobre el colchón nuevo al que hubo que retirar un plástico para estrenarlo y evitar una catástrofe por el calor de los cuerpos desnudos.

En esa cabaña sin nombre ni número fue que creí lo que ella me dijo, que era otra, porque ante mis ojos dejó atrás la timidez y con un desparpajo que pareció natural dejó caer la ropa al piso. Entonces nos bañamos juntos y espantamos el frío uniendo los cuerpos desnudos, bajo la regadera.

El agua se llevó lo que era, lo que éramos, y de ahí, casi sin secarnos, salimos otros, los mismos pero distintos, a buscar cobijo en la cama, donde nos hallamos juntos a disfrutar de este amor prohibido.

Gozamos del vino, la música y la lectura (y yo de su cuerpo), y cuando todo terminó, al día siguiente, Helena caminó airosa, feliz de descubrir que bastó una H en su nombre para dejar de ser la que era y ser otra, después de que, enjundiosa, la agregó a su nombre, a sabiendas de que esa letra era muda.

P.D: El diálogo, dos días antes de vernos, fue muy sencillo:
–Me gustaría verte con la H incrustada en tu nombre.
–¿Cuándo?
–Cuando quieras…
–¿En dónde?
–¿Te parece Agua Azul, el sábado?
–Me parece perfecto.
Era jueves en la noche; hacía frío y más que café se apetecía un día de sol y mar… o río.