Cuando Luigi Frizzo abrió el negocio hace 15 años creó una especie de maldición. Buscaba un lugar donde depositar sus miles y miles de libros y no se le ocurrió un nombre mejor que Librería Acqua Alta. Para proteger sus tesoros metió decenas de esos ejemplares en una góndola, que ocupa el centro de la tienda, y otros tantos en una bañera. Sólo podía pasar que tarde o temprano el ‘acqua alta’ arrasara ante tanta insinuación.

A dos pasos del puente de Rialto, en la Calle Lunga Santa Maria Formosa, cuando la crecida de las aguas supera los 1,20 metros corre el riesgo de inundarse. Ya ocurrió el año pasado y en 2008, pero nunca antes habían visto lo del pasado miércoles. Como al resto de los venecianos, la marea les pilló desprevenidos porque subió de madrugada por encima de lo previsto.

Todos los libros que se encontraban en los estantes más bajos terminaron empapados. Aún no hay balance de daños, pero Luigi calcula que serán cientos. “Los estamos sacando fuera, a calle. Después haremos fotos, quién sabe si nos darán una compensación y si no, los barrenderos se los llevarán”, sostiene.

Antes de eso, los venecianos están echando una mano. Algunos vienen como voluntarios para ayudar en lo que se pueda. La librería está entre esos puntos destacados que antes señalaban las guías y ahora las aplicaciones de móvil, por lo que siempre está llena de turistas. Pero también es un símbolo para sus vecinos, que la consideran parte del patrimonio de la ciudad. O al menos de su barrio, lo que en Venecia es casi más importante que el todo.
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A Luigi no le da el tiempo para controlar tanto ir y venir. Diana Zanda, la dependienta, es quien está llevando un registro más exhaustivo del inventario. “Hemos perdido una gran cantidad de material que estaba catalogado bajo la temática de Venecia: su historia, sus símbolos, sus embarcaciones… Es decir, hemos perdido una parte significativa, literalmente, de Venecia”, cuenta.

Ni siquiera tienen claro el número total de libros que acumulaban en este gran almacén. El mito que ha construido Luigi, y que él mismo repite, los eleva a más de 100.000. Muchos son enciclopedias o antiguos volúmenes, con los que el propietario construyó una montaña en la puerta trasera del negocio para levantar con ellos una escalera y asomarse a los canales. Cuando llovía y ya estaban demasiado deteriorados los sustituía por otros. Total, sería por libros…

Ahora a los turistas que siguen las indicaciones de su aplicación favorita y los voluntarios, se han sumado los periodistas que buscan contar su historia. Ante tanto papel mojado, tantos tomos amontonados y tanta gente, se respira un ambiente cargado. Todo lo contrario a lo que debería ser una librería histórica, que con el mero hecho de escribir estas dos palabras ya origina un ambiente de paz. Un gato negro, otro de los personajes imprescindibles de este lugar, recibe al visitante sentado en la caja registradora. Hasta que un turista se empeña en acariciarlo durante un largo rato y el gato huye para esconderse entre los libros.

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