Soldadito marinero

Foto: Fabián Ontiberos

Toc, toc, toc.

Es un niño, 8 años tal vez, que toca a la vieja puerta de dos hojas de un cuartucho del Hotel López que da a la calle, en Yajalón, Chiapas.

Se escuchan pasos y el ruido de una aldaba que es quitada por detrás de la puerta. Las hojas de la puerta apenas se abren. Por la hendidura, el niño ve parte del rostro adusto de su padre, que le hace una seña con el dedo índice pegado a la boca.

–Shhhhhhht.

El señor identifica plenamente a su hijo menor y lo deja entrar. El cuarto está sucio; el baño huele mal y la cama está sin tender. Sobre una mesa de 80 por 80 centímetros, de lámina, con logotipo de la cerveza Carta Blanca, hay una estufa eléctrica, una licuadora, un candil apagado, un cuaderno, un lapicero, tres libros vaqueros y una “pachita” de tequila.

–Guarda silencio. Shhhht. No hagas ruido. Son los marcianos que se están comunicando conmigo. Escúchalos, escúchalos. Siempre vienen a platicar.

El niño no entiende. Sólo quiere un poco de dinero para comprar cuadernos.

Al fondo de la habitación hay una ventana pequeña, con barrotes de madera pintados de color “verde agua”.  Le dice:

“Por aquí entra la señal. Escucha: me están diciendo que el tesoro del abuelo Chus está enterrado entre la mata de aguacate y el beneficio de café”.

Pocos minutos después, el niño logra su cometido –su papá levanta el colchón y saca unos pesos y se los da– y él sale corriendo para su casa.

***

Transcurre el día. Cae la noche y don Antonio no puede dormir. Se levanta a cada rato, y de vez en vez bebe sorbos de tequila, o agua de la llave si le da sed.

Convencido de que sus amigos marcianos no lo dejarán dormir, se coloca la “pachita” de tequila en la bolsa trasera del pantalón, busca una lámpara de mano y parte decidido, a pie,  a su rancho, San Juan Agua Fría, a unos 3 kilómetros del Hotel López.

Baja una cuadra, rumbo a la Farmacia de Los Pobres. Ahí encuentra a su amigo, el farmacéutico y, como todos los días, le silba un zapateado, debido a que él siempre suele caminar con las manos unidas por detrás de la espalda.

Da vuelta a la derecha y avanza rumbo al río. Pasa el puente y vuelve a dar vuelta a la derecha, rumbo al Jato, un predio urbano que heredó de su padre y que hoy está en disputa con unos sobrinos abusivos a los que apodan Los Sardinas. En esa esquina se encuentra a su hermano Jorge, y a un amigo, Alejandro, al que apodan “El Águila Descalza”.

–¿A dónde vas hermano?

–Voy al rancho, hermano. Hay mucha bulla en el pueblo y no puedo dormir.

–Está muy temprano. Mejor vamos un rato a la fiesta.

Son las 8 de la noche y clarito se escucha la música de marimba, a unos cien o 200 metros de distancia.

–Vamos pues.

Los tres parten calle arriba. Adelante va “El Águila Descalza”; después los hermanos Jorge y Antonio. Caminan la primera cuadra y no hallan nada. Cuesta arriba ya no hay calle; sólo una vereda por donde caminan los caballos.

La música se escucha con más claridad.   

–No hay nada. Mejor nos regresemos y me voy al rancho.

–No hermano. Ya estamos cerca.

De pronto, “El Águila Descalza” y Jorge se empiezan a esconder. Antonio los busca entre los matorrales, apoyado por su lámpara de mano, y no aparecen por ningún lado.

Antonio sigue avanzando y cuando voltea a ver, el pueblo está lejos, montaña abajo. La música ya cesó y él está solo. Decepcionado y molesto, decide abrir camino para tratar de llegar a su rancho, sin desandar lo avanzado.

El trayecto es sinuoso, lleno de monte y lodo. Antonio se cae varias veces. Rueda por el suelo y en una de esas pierde la lámpara de mano. En varias ocasiones choca con alambrados y las púas rasgan su ropa y piel. Comienza a sangrar.

Tarda horas para llegar a San Juan Agua Fría. Cuando lo consigue, quita el candado de la puerta de uno de los dos cuartos y se tira a la cama a dormir. Está exhausto.

Ya con luz de día, se despierta y siente hambre. Se levanta, se coloca los botines y avanza hacia la cocina. De pronto, una retahíla de hombrecitos pequeños sale a su encuentro y lo rodean, bailando.

Estos diminutos seres, que parecen duendes, están tomados de las manos y cantan una canción indescifrable. A ratos, se sueltan y muestran que les falta una extremidad inferior. Todos carecen de una parte de una pierna, como si hubieran sido amputados a la altura de la rodilla derecha.

A ratos se sueltan de las manos y con el dedo índice señalan el rostro de Antonio. “Tutz, tutz, tutz”; le dicen. Temeroso, se da cuenta de que los enanitos no pueden ser reales, y trata de avanzar, y lo hace hasta la llave de agua entubada que está afuera de la cocina.

Para ello recorre unos diez metros y los duendes van con él. Logra llegar al grifo y se lava la cara, y los enanitos no desaparecen. Agachado observa que los hombrecitos no miden más de 50 centímetros y decide saltarlos y salir corriendo, rumbo al pueblo.

Da un salto del tigre y logra su cometido. Los enanitos lo persiguen solo un tramo: “Tutz, tutz, tutz”: escucha que le gritan.

Una vez en el pueblo, Antonio se dirige a la cantina de “El Águila Descalza”, llamada “El mil amores”. Ahí encuentra a su amigo y a su hermano Jorge. El reclamo es airado, sobre todo a su hermano.

–Son chingaderas lo que me hicieron anoche, les suelta.

Los dos se asombran por el reclamo, pero entienden cuando Antonio les relata lo que le pasó la noche anterior y la mañana de ese día.

–Yo no he estado ahí, ni te vi anoche, le dice su hermano Jorge.

–Yo tampoco, secunda Alejandro “El Águila Descalza”.

Son las 9 de la mañana y a los 3 les sienta bien un tequila doble.

Ese mismo día. Los 3 comienzan a contar la historia en el pueblo, y desde entonces, los pobladores asumen que decir “Está Tutz”, es sinónimo de estar loco.

“Tutz, tutz, tutz”.

***

Es un 12 de noviembre, Día del Empleado Postal. Antonio celebra con sus amigos en la Oficina de Correos. Sentado sobre dos cartones de cerveza, destapa con los dientes una botella de Carta Blanca. Por accidente, se lastima el paladar.

Bebe su propia sangre, mezclada con cerveza. La herida no deja de sangrar en largo rato y Antonio tiene que ser trasladado al hospital para suturar. Lo internan y le ponen suero. Él prefiere tequila, pero eso no es posible por el momento.

Lo atiende su amigo, el doctor Manzur.

–Antonio, te va a hacer mal el hígado; le dice.

–Le prometo doctor que no vuelvo a comer hígado.

Pasa la noche internado y al día siguiente comienza a delirar. Ve a su sobrino Octavio Durán romper la puerta y entrar con una pistola desenfundada. Lo quiere matar. Él se arranca el suero y, en bata, salta la ventana y huye al pueblo, cuesta abajo.

Descalzo, baja hasta el parque central y da vuelta a la derecha, corriendo. Llega a la casa de su hermana Rosita, pero ella ya no vive ahí, sino en el panteón, pues ya falleció. Le avisan a su hermano Wenceslao y él acude en su apoyo y lo resguarda en su casa.

Tres días después su hija decide llevarlo al rancho donde vive, La Esperanza, en el municipio de Sabanilla, en las montañas del norte de Chiapas.

Allá van, en una avioneta piloteada por el capitán Pool –Pablo Miller dicen se llama–, un gringo aventurero que por azares de la vida llegó a volar a Yajalón. El capitán compra dos cervezas y las mete de manera clandestina a la avioneta. Está crudo, acepta.

Ya elevado el avión, pide que a su llegada a La Esperanza le regalen 3 gallinas “para la Navidad”.

–No capitán. Gallinas no, le daré dos costales de limón. La vez pasada le di gallinas.

–¿Seguro que no me vas a dar gallinas?, replica el capitán Pool al tiempo que coloca una lata de cerveza sobre el tablero de la avioneta.

Como la respuesta es negativa, el capitán empieza a jugar con la pequeña aeronave y la hace “bailar” con movimientos rápidos de izquierda y derecha. Igual la ladea, hasta ver la tierra de los cerros en una y otra ventanilla. La lata de cerveza no cae ni se mueve.

–¿Seguro que no me vas a regalar las 3 gallinas?, vuelve a preguntar el piloto. Como la respuesta es la misma, él amenaza con echar la avioneta sobre los caballos que suelen estar en la pista de Sabanilla.

Por fortuna, en esta ocasión no hay animales en la diminuta pista de aviación. Entonces, y sólo entonces, pregunta si alguna vez han estado en un avión llevado a su máxima potencia hacia arriba, en vertical, y dejado caer con el motor apagado, casi hasta ras del suelo.

–No capitán. Ya le dije que la próxima vez le daré las gallinas. Ahora sólo dos costales de limón.

Antonio dice al piloto que él no puede hacer eso, que tiene que respetar a los pasajeros. Pablo Miller entra en razón y pocos minutos después aterriza sin contratiempos en una pista diminuta de La Esperanza.

Pasan tres días y todo parece normal. La caza de venados y la pesca con fisga, tarrayas y bombas de fabricación casera sirven para entretener a Antonio, libre de alcohol en su sangre desde hace una semana.

–Hija, por favor para mañana me preparas unas botanas y me partes unos limones. Van a venir mis amigos a visitarme.

–Claro que sí, papito.

Es de noche y se disponen a dormir. Al día siguiente, muy temprano, Antonio se levanta a barrer el corredor y coloca las sillas para recibir a sus invitados. Su hija prepara costillas fritas, chicharrón y queso. Parte limones.

A eso de las 10 de la mañana, Antonio avisa que ya llegaron sus invitados, y su hija se asoma para verlos entrar por el rumbo de la pista de aviación. No ve a nadie, pero Antonio los comienza a recibir y los saluda de mano, y hasta les da un efusivo abrazo.

–“Pásale compadre”, le dice a Teófilo Valdivieso. Hace el mismo ceremonial a su sobrino Tavo Durán, al Pigüa y al Caguama.

Solo entonces su hija se da cuenta que los amigos de su padre son, esta vez, imaginarios. Se preocupa y le cae el veinte de que, aislados como están, no era posible de que Antonio supiera con precisión el día que llegarían a visitarlo.

Uno a uno, los amigos son instalados en las sillas dispuestas en el amplio corredor de piso de cemento.

Les ofrece algo de tomar –limonada o café—y en un instante, Antonio debió ver de nuevo la película del hospital, con su sobrino sacando una pistola, que sin decir nada salió corriendo y brincó el barandal de madera hasta cruzar el arroyo que servía de límite a la casa del patrón con el caserío de los peones acasillados.

Los trabajadores de La Esperanza lograron detener a Antonio, y su hija, llorando como Magdalena, lo convenció de que nadie lo quería matar y hasta le dijo que sus amigos se espantaron por su reacción y habían decidido retornar al pueblo.

No se sabe si Antonio lo creyó o no, pero aceptó regresar a la casa grande. Y en efecto, cuando llegó ya no estaban sus amigos. O quién sabe, porque horas después, cuando nadie lo observaba, se desapareció y nadie dio razón de su paradero.

Hubo que dar a oler su ropa a los perros sabuesos, para iniciar su búsqueda. Solo así se conoció el trayecto que siguió antes de internarse en un espinero al que solo lo pudo haber metido La Mala Mujer –La Tishanila–, que en estas tierras suele guiar a los hombres solos que deambulan en la noche.

El rescate se dio a punta de machete. De otra forma no hubiera sido posible.

El yerno de Antonio decidió entonces atar a la cama a su suegro, mientras la hija lloraba desconsoladamente.

“No lo vamos a lastimar. Es solo para que no se haga daño”; le dijo su esposo. Convencida de que era lo mejor, ayudó a atar a su padre con las vendas que le sirvieron el día que nació su primera hija.

A la mañana siguiente, por radio pidieron que llegara una avioneta y todos volvieron a Yajalón, ese nuestro Macondo que cuando escribo este relato me hace recordar el día en que amarraron a un árbol a José Arcadio Buendía, justo el día de la boda de su hijo Arcadio con Pilar Ternera, porque este “mostró poca lucidez” y su familia decidió atarlo en un castaño.

Mientras, me quedo pensando en Antonio, pues quisiera saber si los alucines se heredan, y si estoy más propenso cuando bebo o cuando no, porque creo que al menos debo de tener el derecho de elegir el estado en que quiero estar cuando eso suceda. Si es que sucede.


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