Texto: Gabriel Barcelos Sotomaior. Fotografías: Difusión de la película 

OAXACA, Oax. (pagina3.mx)-  En 1986, la Ciudad de México fue una de las sedes de la Copa del Mundo y estaba sobreviviendo en medio de una crisis económica y el trauma de la tragedia causada por el terremoto del año anterior. “Esto no es Berlín” muestra otro lado de la capital mexicana, a partir de las experiencias y recuerdos juveniles del director Hari Sama de la escena underground de los años 80, en sus espacios ocultos por la noche, en la formación de grupos artísticos, todo al sonido de una banda sonora post-punk y otros estilos muy presentes en la época.

La primera escena ya es muy reveladora de lo que veremos a lo largo de la película. En una bella composición en cámara lenta, el adolescente Carlos (Xabiani Ponce de León) está en el centro de la pantalla a punto de desmayarse. Está en medio de una pelea entre pandillas juveniles (típico de la década, como señaló el director en una entrevista), pero parece fuera de lugar. Este desplazamiento, sin embargo, se muestra a lo largo de la película de manera más sutil, desde los detalles, la apariencia, evitando un tono existencial más pesado, pero la naturalidad de una vida en el descubrimiento.

Carlos estudia en una escuela católica tradicional y habita un universo típicamente masculino de aquellos tiempos, viviendo con sus amigos entre peleas, partidos de fútbol y revistas pornográficas. Pero el protagonista de “Esto no es Berlín” también es un pequeño genio de la mecánica, influenciado por su tío Esteban (interpretado por el director Hari Sama), un inusual hombre de mediana edad, que lo influencia para que conozca canciones de rock más antiguas y otras ideas filosóficas sobre la vida. Estas habilidades terminan siendo su pasaporte a otro mundo. Su mejor amigo, Gera (José Antonio Toledano), le propone a la banda experimental de su hermana Rita (Ximena Romo, fuertemente inspirada por la poeta y cantante Patti Smith) que Carlos arregle un teclado, obteniendo, a su vez, un acompañamiento en un bar underground llamado Aztec. Este “oscuro” lugar en la Ciudad de México, donde actuaría la banda de su hermana, es el primer contacto de los dos muchachos a un espacio totalmente diferente de lo que conocían.

Con este punto de partida inicial, vemos la inmersión en otra “chilangolandia”, donde se destaca la música post-punk, las diferentes identidades sexuales y de género, el arte conceptual y la práctica de la performance. Hari Sama construye su trabajo a partir de la memoria de una generación que reveló, entre otros, artistas contemporáneos como Gabriel Orozco, Abraham Cruzvillegas, los cineastas hermanos Alfonso y Carlos Cuarón y la banda Caifanes.

Un momento simbólico de la transición del personaje de un mundo a otro fue en una de las noches en el Aztec. Uno de los dos jóvenes artistas presentes, Nico (Mauro Sánchez Navarro), lleva el personaje a mano hasta la parte secreta del bar, donde estaban obras de arte y un ambiente libertario y sensual, acompañado del uso de narcóticos. El “secreto dentro del secreto”, una inmersión en lo desconocido.

Dentro de este espacio secreto, la cámara atraviesa cada esquina, como si a través de los ojos de Carlos fuéramos invitados a conocer este universo. La dirección de fotografía, por cierto, es una de las grandes cualidades de la película. Con el uso de la llamada cámara “steadicam” (una cámara unida al cuerpo), siempre vemos una imagen inestable, como si nunca fuera posible arreglarla en un punto, lo que refleja la inquietud y la búsqueda del protagonista. Del mismo modo, también hay un uso intenso de imágenes borrosas, fuera de foco, que representan una especie de presencia “fuera de lugar” de los personajes. México, por ejemplo, es una imagen del Ángel de la Independencia visto desde la distancia a través de la ventanilla del automóvil en camino a la fiesta.

Pero si hay una dislocación del lugar mexicano, tampoco “esto es Berlín”, como un productor cultural recuerda al artista de vanguardia Gera de la película, acusando a su grupo de simplemente imitar a los europeos y salir de fiesta mientras sus amigos morían (debido al SIDA). La película de Hari Hama muestra cómo es vivir una vida alternativa y hacer arte de vanguardia en un país periférico, sin rehuir las contradicciones de esta generación. Asimismo, evita cualquier tipo de romantización, mostrando no un mundo puramente idealizado y maravilloso, sino también las consecuencias de elecciones radicales, ya sea una sobredosis de narcóticos o problemas con la policía.

Usando una edición con el llamado “jump cut” (corte con salto), una técnica de edición con cortes más abruptos entre escenas, vemos los fragmentos de la vida de Carlos, no solo del descubrimiento del mundo artístico, sino el de sus problemas personales, como la depresión de su madre (Marina de Tavira, de “Roma”).

La frase que nombra la película “Esto no es Berlín” es una cubeta de agua fría en medio de una celebración libertaria alucinante. Aparentemente un punto fuera de la curva, vuelve en forma de un performance/happening desafiante y subversivo de jóvenes artistas durante la Copa del Mundo, donde el represivo año de 1968 se compara con 1986 y sus dos eventos deportivos (Juegos Olímpicos y Copa).

El torneo mundial de fútbol regresa en una de las escenas más bellas de la película, al final. Los dos jóvenes caminan por las calles de la Ciudad de México cuando se encuentran con un grupo de fanáticos mexicanos con sus banderas. El uso de la imagen borrosa se deshace gradualmente, lo que marca una reconciliación con la mexicanidad y una celebración de amistad. -Esto no es Berlín, -Esto no es México- o, de hecho, es todo junto y mixto, complejo, diverso y rico en significados políticos, artísticos y cinematográficos.

“Esto no es Berlin” se estrenó el pasado 12 de diciembre en Oaxaca y en todo México.