Texto: Alberto Nájar. Fotografía: Imgur
Este trabajo pertenece a Pie de Página y se reproduce aquí por medio de colaboraciones con Medios Aliados. Encuentra la publicación original en el siguiente enlace: Las lecciones de Gorée para México: debatir lo importante

Gorée es una pequeña isla frente a Dakar, la capital de Senegal en la costa atlántica de África. Durante siglos fue el mayor almacén de esclavos para el mundo occidental. Grandes imperios se cebaron con el terrible destino de millones de seres humanos. Gorée significa Dignidad. Es una lección para los seres humanos. México debería mirar la historia de ese trozo de tierra, y entender que el odio cultivado profusamente en 2019 tiene consecuencias

Twitter: @anajarnajar

Le llaman La puerta sin retorno. Es un espacio rectangular en un muro de piedra dentro de una casona centenaria, al final de un pasillo oscuro, flanqueado de celdas sin ventanas que conducen a otras celdas.

Desde adentro la puerta se ve luminosa, un extraño contraste entre el piso y los muros de piedra con el tono aguamarina del Océano Atlántico, las olas que rompen al traspasar el muro y los sonidos amortiguados del interior.

Para turistas o fotógrafos aficionados, la imagen sería una buena pieza. Pero el contraste es engañoso.

Durante cuatro siglos por ese umbral cruzaron millones de esclavos que fueron vendidos en Europa primero, y América después. Por eso al dintel se le llama La puerta sin retorno.

Para esas personas el rectángulo en el muro de piedra fue la última vista a su tierra, su familia, su vida. El inicio de un viaje del que jamás volvieron.

La casona que alberga el dintel de piedra está en Gorée, una pequeña isla frente a Dakar, la capital de Senegal en la costa atlántica de África.

Desde 1444 fue uno de los principales puertos de embarque de esclavos en el mundo. Un lucrativo y despiadado negocio que explica en parte la riqueza de grandes imperios:

Desde Portugal, que convirtió a la isla de 17 hectáreas en un mercado de humanos, hasta Reino Unido, España o Estados Unidos.

La mano de obra de seres humanos esclavizados excavó minas, construyó palacios, cultivó alimentos y fue decisiva para ganar guerras.

El mundo occidental no se explica sin ellos. Y millones cruzaron el oscuro pasillo de piedra en la casona que ahora se llama Mansión de los esclavos.

Los cautivos en ese lugar permanecían varias semanas mientras aumentaban su peso. No podían venderse si no pesaban al menos 60 kilos, lo mínimo para sobrevivir el viaje en las galeras de los barcos.

Pero había excepciones. En la Mansión existieron celdas para mujeres vírgenes, niños o mujeres embarazadas. Cada uno tenía su destino y precio.

Enciclopedia británica

En la construcción de piedra hay celdas pequeñas, casi huecos. Eran para “los malportados”, una forma de llamar a quienes se resistieron hasta el último a la esclavitud.

Allí los confinaban, a veces por decenas en un espacio de unos metros cuadrados. La puerta se cerraba y no volvía a abrirse hasta que la peste de los muertos de hambre y sed por el encierro obligaba a una limpieza.

Muchos, antes de cruzar la Puerta sin retorno, se arrojaban al mar sin importar las cadenas en el cuello, pies, manos. Esa parte de la costa de Gorée se llenó de tiburones. Todavía es peligrosa.

Terrible, pero no es todo. La Mansión tenía un segundo piso donde vivía el dueño del almacén de esclavos.

En las habitaciones superiores dormía con su familia. Tenía cama, servidumbre, comida. Sus hijos menores jugaban alegres, tranquilos, protegidos por la burbuja de los metros que les separaban del infierno.

Daniela Pastrana, editora de Pie de Página, y yo visitamos Gorée en noviembre pasado como parte de la reunión anual de Open Society Foundation.

La isla ahora es un pueblo de casas viejas con estilo mediterráneo, la plaza arenosa en el puerto pequeño, los cañones de la Segunda Guerra Mundial en el punto más alto que sólo se dispararon una vez y el caminar tranquilo, cálido y distante del millar de personas que vive allí.

Muy poco ha cambiado en los últimos dos siglos. Es uno de los principales atractivos de Dakar, aunque a diferencia de otros destinos turísticos, donde la diversión y excesos son comunes, para muchos Gorée deja otras huellas.

El nombre de la isla significa Dignidad. Y es lo que más se ve en las calles arenosas, en los niños y jóvenes que diariamente cruzan en barco las cinco millas que les separan del continente.

La terrible historia se concentra en la Mansión de los esclavos y las fotografías de personajes como el papa Juan Pablo II, quien pidió perdón por las atrocidades del pasado.

Lo hizo en La puerta sin retorno, en el umbral del pasillo de piedra que con el aval de la Iglesia Católica –pontífices como Nicolás V bendijeron el tráfico de esclavos- llevaron a la peor de las muertes a millones de personas.

La isla de Gorée es un reclamo permanente a la injusticia y barbarie humanas, pero no es un referente histórico ni una tragedia del pasado.

En África, a unos miles de kilómetros al norte o al occidente, aún existe la esclavitud y no sólo de blancos hacia negros, sino de élites musulmanas hacia la población negra.

Pero el problema no se limita a ese continente. La esclavitud, de maneras quizá más disfrazadas o socialmente toleradas, es cotidiana en el resto del mundo.

Existe en Japón, donde la Yakuza, la mafia local, mantiene a cientos de mujeres –muchas latinoamericanas- como esclavas sexuales.

La hay en Haití, Centroamérica y por supuesto en México donde muchos de los jóvenes desaparecidos en la guerra contra el narcotráfico están esclavizados por carteles como Jalisco Nueva Generación en ranchos, túneles y predios donde producen droga.

En 2019 los espacios de debate político, las redes sociales de internet, medios tradicionales, foros culturales y académicos se concentraron en cada una de las palabras, acciones, movimientos corporales y hasta la ropa del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Lo más abundante el año pasado fue el clasismo, manipulaciones, agresiones verbales e inclusive físicas. Para muchos mexicanos 2019 fue el año del odio.

En estas primeras horas de 2020 deberíamos parar la espiral y mirar las 17 hectáreas de isla frente a Dakar. Aprender de la historia. Entender que la discriminación y el odio inevitablemente conducen a la barbarie.

Gorée es una muestra viva. De lo terrible del ser humano y de que la reconciliación es posible.

Pero sobre todo es una lección. De que hay asuntos verdaderamente graves en nuestro mundo. Más que el adjetivo fifí, o la presunta ofensa porque una secretaria del gabinete presidencial cuestiona a intelectuales beneficiados en gobiernos del pasado.

Es momento de debatir, pero sobre todo resolver, lo importante.