Hospiatl incurable

Otro día, otro servicio. Recibimos a un pacientito con una herida en el lugar más delicado en que se puede lastimar un niño. Obviamente tenía dolor, pero existía la necesidad de hacerle una curación y a pesar de su sufrimiento, o precisamente por ello, se resistía a cooperar. Era un chiquillo simpático, un poco mal hablado pero creo que también muy travieso. Me pidieron que ayudara a sujetarlo físicamente así que le tomé por los brazos, en un último momento el chico se armó de valor pero como creyó necesitar de un apoyo más grande me pidió que le soltara un momento la mano derecha.

  • Por favor, nada más un ratito, quiero hacer algo. – Yo dudé y miré a la enfermera que lo asistía quien entendió la pregunta que quise hacerle y por alguna razón consintió en ello.

Yo no estaba muy convencido así que con reservas lo hice. Y enseguida el muchachito acabó por ganarse mi simpatía porque procedió a persignarse y luego él mismo volvió a ofrecerme su brazo para que lo sostuviera. No pude menos que sonreír y empecé a hablarle para infundirle ánimos y tranquilizarlo un poco. Le dije que todos los presentes personificaban el auxilio que había pedido, que estaban todos vestidos de blanco porque no eran sino los ángeles enviados en su momento de necesidad.

  • ¿Y esa persona que está de rojo? – Me preguntó señalando con la mirada a una residente que andaba ahí de pijama quirúrgica.
  • No la tomes en cuenta –  Le dije – Ella es de otro servicio.

Bueno, en realidad esto último no ocurrió. Aunque habría sido divertido, creo yo. Pero sí andaba por ahí una médica de pijama de color rojo pálido o palo de rosa o mamey intenso o papaya intenso. El caso es que no tuve su atención por mucho tiempo porque seguía sintiendo dolor. En un momento dado dijo:

  • ¡Quiero apretar algo! ¡Quiero apretar algo!
  • A ver, aquí, aprieta mi mano. – Le ofrecí y aceptó. Me sujetó con fuerza unos momentos y luego dijo:
  • ¡Quiero morder algo! ¡Quiero morder algo!
  • ¡Entonces suéltame! ¡Suéltame! – Le dije y algunos de los presentes rieron, lo que a mí me pareció además de poco profesional una falta de comprensión solidaria no sólo con el sufrimiento del niño sino con el mío propio.

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Supongo que en todas las actividades humanas se cuenta, además de una jerga especializada, con utensilios propios de dicha actividad, incluso personajes varios cuentan con todo un arsenal de accesorios para valerse de ellos en la realización de sus hazañas. Tenemos por ejemplo al archifamoso “chipote chillón” del Chapulín Colorado; el Capitán América cuenta con su famoso escudo y la Mujer Maravilla con su látigo. Recuerdo un famoso personaje televisivo que contaba con un singular aparatejo similar a lo que el Dr. Chun-ga podría llamar algo así como un “sistema proporcionador de la visualización en tamaño aumentado de la realidad”, de realidad aumentada pues, o de realidad virtual, al que éste personaje llamaba “Falsoscopio”. En el hospital no nos faltan de esos curiosos objetos y uno de los más famosos es el conocido como “Chaparroscopio”. Así es. Si el nombre no resulta suficientemente descriptivo diré que en otro lugar lo llamarían simplemente “banco” o “escalón”. Es un utensilio que sirve para proyectar a las alturas  el alcance vertical de la mano de cualquier persona que por alguna razón pretenda momentáneamente superar los límites que la naturaleza le impuso en éstos temas. Y los hay de diferentes capacidades, está el sencillo que es de un nivel y el más potente de dos.

No corro, no grito, no empujo.

En el hospital ocurren sucesos que creo comprender la razón por la que acontecen pero a pesar de eso no me agradan y menos aún cuando se vuelven hábitos irritantes que muchas veces derivan en conductas groseras que hacen difícil la convivencia por ofensivas e irrespetuosas.

Por ejemplo, yo comprendo que cuando se está atendiendo a un paciente y hay cierta urgencia no se tiene el tiempo y además pasa a segundo o tercer término el asunto de disponer de los desechos apropiadamente. Hablo de la basura, de empaques, envolturas, frascos vacíos, etc. así es que simplemente los tiran al piso y ya, aun teniendo al alcance un recipiente adecuado para tal fin. Creo que el ejemplo más claro y más extremo ocurre en las salas de operaciones. No creo que esté mal hecho, es cuestión de prioridades, lo cuestionable para mí es que hagan de esto una costumbre, que se manifiesta por ejemplo a la salida del quirófano. Cuando ya el personal se retira del lugar, se quita las botas, el gorro y la mascarilla quirúrgicos y simplemente los tiran al piso. ¿Por qué? Quiero decir que la emergencia ya ha pasado, es un momento en el que pueden tomarse unos segundos para depositar su basura en alguno de los dos botes que suelen estar ahí a menos de dos metros uno del otro. ¿Qué pasó mis estimados médicos? ¿Es muy difícil? No creo que lo sea más que la operación que acaban de realizar. Yo entiendo que pueden salir de ahí muy cansados pero poner la basura en su lugar no requiere de ningún gran esfuerzo. A veces me pregunto si es esa misma razón la que les hace pensar que no tienen la obligación de hacerlo: Vienen saliendo de haber realizado una gran obra y después de eso cualquier minucia puede ser pasada por alto. Sea cual sea la razón es algo que me parece deplorable. El colmo es que incluso es posible, y no culpo específicamente a ningún trabajador, ver tiradas en la calle mascarillas quirúrgicas (cubrebocas) usadas, no solo cerca de las puertas del hospital sino hasta en la parada de autobuses que está enfrente de la fuente de las 8 regiones.

Otro asunto que entiendo cuando sucede en el contexto de la atención médica urgente a una persona es el de los empujones. Es comprensible que si alguien que no está haciendo una labor esencial está estorbando el paso o dificulta el acceso al paciente de otra persona que precisa realizar una tarea importante ésta no tenga más opción que desplazarla físicamente sin ninguna gentileza, en esos casos no hay ni un segundo que perder en fruslerías como los bueno modales, no hay tiempo para sutilezas como: “¿Me da permiso, por favor?”, “Con su permiso”, “Permítame, por favor”. De eso nada, empujas y ya. Está bien, es comprensible. Otra cosa muy diferente es cuando uno está por necesidad obstruyendo el paso mientras realiza alguna actividad y otra persona demasiado impaciente que en realidad no está ocupada en nada urgente siente que tiene derecho de paso y se niega a esperar y sin mediar palabra te empuja sin ninguna consideración. Bueno, no es que uno que es empujado termine en el piso pero sí es muy desagradable que así de repente alguien se acerque por detrás o de costado y te tome con firmeza por los brazos y te haga a un lado sin siquiera mediar palabra o disculparse. Para mí eso además de una falta de respeto también es como una falta de empatía, no ven a los demás como personas sino que en forma egoísta los perciben como obstáculos que deben superar en la forma que sea. En una ocasión me encontraba al lado de un paciente que se estaba acostado en una camilla e iba a ser movilizado a otro servicio, antes de llevarlo se le tenía que aplicar un medicamento, yo estaba ayudando con la atención al paciente y en eso llega una residente de primer año con el medicamento y aunque no había ninguna prisa en hacerlo llegó hasta el paciente y como mi mano al parecer le estorbaba simplemente me sujetó por la muñeca y la apartó del paciente con cierta brusquedad y sin decir palabra. Lo que más desconcierto me ocasionó es que actuó con toda naturalidad como quien quita de la mesa un florero que no le merece ninguna consideración.

Pero lo contrario también suele suceder. A veces uno tiene que pasar por algún lado mientras lleva a un paciente en silla de ruedas o en camilla y se topa con que alguien de entre el personal, usualmente médico o de enfermería, está obstruyendo el paso ocupado generalmente en cosas sin importancia, como conversando con alguien o absorto en el uso de su celular. Aunque a veces dan ganas de arrollarlos, porque a pesar de que es notorio que están obstaculizando el paso no tienen usualmente la iniciativa de hacerse a un lado, en lo personal siempre me contengo, bueno, excepto en una ocasión en que…  bueno, fue un accidente en realidad, debido a un error de cálculo, aquella vez una médica recibió un leve, muy leve golpe en el pie, solamente un rozón en realidad, de una llanta de una silla de ruedas… (excusez moi, mademoiselle…). Pero como decía, surge entonces de lo más profundo de mi ser después de respirar hondo una petición, casi una súplica:

  • ¿Me da permiso, por favor?

Y es que a lo mejor sólo soy yo pero podría pensarse que en tal situación el vehículo tiene la preferencia y pienso que ni siquiera debería ser necesario pedir permiso para pasar, no por el vehículo mismo, ni por quién lo conduce sino por quién está siendo transportado en él, esto es, por el paciente a quien le debemos consideración y respeto y es para quien trabajamos en el hospital, de modo que creo que lo ideal es que todos los que andamos por ahí estorbando tengamos siempre la iniciativa de ceder el paso a éstos pacientes. Sin embargo los efectos no son los esperados y es que claro, no es como decir:

Expecto patromun!

Y lo único que consigo es que la persona en cuestión se mueva exactamente cinco centímetros, ¡como si fueran unas varitas de nardo! ¿Qué es esto? A veces he pensado que si repito el conjuro seis veces podría ganar treinta centímetros de espacio, pero no, parece que no funciona así y tiene uno entonces que maniobrar en el estrecho margen que sus MAJES-tades tienen a bien dignarse a otorgar. También es frecuente que de repente alguien se atraviese o quiera adelantar a toda costa a la camilla o silla de ruedas que va por ahí. Si se tratara de algún asunto urgente que tienen que atender sería comprensible, pero casi nunca es así y parece ser que únicamente piensan, creen o sienten que ellos deben pasar primero. Y pienso otra vez en el asunto de la preferencia, me imagino que son aquellos del tipo de persona que en un cruce de vías por alguna oscura razón intentarán siempre ganarle el paso al tren o al autobús, incluso a una ambulancia, como aquél automovilista que embistió a una ambulancia en un cruce de calles en la colonia Reforma, camino al hospital, haciéndola volcar sobre un costado. Ahí trasladaban a una mujer embarazada.

Y luego está por otro lado el asunto de los gritos. El hospital no suele ser un sitio ruidoso, en todo caso no debería, pero bueno, hay algunos días de tianguis cuando en algunos servicios o lugares muy señalados se les ocurre poner música estruendosa.

No obstante y aunque otra vez se trata de un asunto que puede ser comprensible en cierto contexto, hay muchas personas que prefieren comunicar sus peticiones a gritos todo el tiempo. No creo que cueste mucho acercarse a una distancia conveniente para hablarle a la otra persona a un volumen normal, ¡estamos hablando de unos cuantos pasos, caramba! En lo personal siento cierto aprecio por las personas que así lo hacen, porque sí las hay, y muchas, en vez de andar dando de gritos como si estuviéramos en el potrero:

  • ¡Eaaappppaaaaa, camillero! ¡Écheme las vacas y los becerros!

Adrián Lobo.

adrian.lobo.om@gmail.com | hospital-incurable.blogspot.com | facebook.com/adrian.lobo.378199



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