El saxofón de María Elena Ríos Ortiz quedó solitario y silencioso en un cuarto en Huajuapan, Oaxaca, con su estuche corroído por el ácido sulfúrico. Su dueña vive refugiada en otro lugar, dañada del cuerpo y del alma, como ella dice, buscando estar lejos del alcance del agresor que pagó 30 mil pesos a dos hombres, empleados suyos, para que vaciaran dos litros del químico más corrosivo en el rostro, los brazos y el pecho de esta joven.

Eso ocurrió el 9 de septiembre del año pasado. Han transcurrido cinco meses y en muchos momentos, en este tiempo, María Elena ha deseado haber muerto, porque no quiero, no acepto estar en este cuerpo doliente. Pero en otros momentos admite: Cuando una mujer quemada queda viva, no nos queda otra que ser fuertes. Y para mala suerte de Juan Antonio Vera Carrizal, mi agresor, yo quedé viva.

Male cumplió 27 años el 18 de febrero. Habla en entrevista por primera vez y transita por la historia de este sádico crimen de odio feminicida, a ratos bañada en lágrimas y por momentos con una determinación asombrosa. En ningún momento pierde la perspectiva del contexto. En cinco meses, desde que me pasó esto, 20 mujeres han sido asesinadas cada día. Esto que vivimos las mujeres ahora en México no es normal, es un retroceso de la humanidad, una falla en la evolución.

Recuerda que cada vez que ella planteaba el fin de la relación abusiva que tenía con Vera Carrizal (un hombre casado de 56 años, con hijos adultos, ex diputado del PRI, dueño de 16 gasolineras en Oaxaca y propietario de una radioemisora y varios portales de noticias en Huajuapan) él reviraba: Si eso es lo que quieres, no mereces vivir.

Ella no advirtió que él la estaba sentenciando: Y eso es lo que intentó, darme una muerte lenta vaciándome ácido. Pero para su mala suerte estoy viva, con mucho dolor, con mucha tristeza pero cada día más fuerte. Porque no queda de otra. Y lo estoy logrando gracias a mis padres, a mi hermana Silvia, que se convirtió en una activista para defenderme, y a tantas voces de mujeres que se han alzado por mí, que sé que son mis amigas aunque no conozca sus nombres ni sus caras.

La chiquita del saxofón

María Elena Ríos Ortiz, orgullosamente oaxaqueña, decide hablar, después de cinco meses de silencio. Ella determina los ángulos para que el fotógrafo y la camarógrafa de La Jornada hagan sus tomas y se arranca de un hilo con su narración, estrujando un clínex hasta dejarlo hecho migajas. A ratos se quiebra. Y junta sus pedazos para continuar.

Crecí en un pueblo muy bonito que se llama Santo Domingo Tonalá, cerca de un jardín de sabinos, jugando con el agua del manantial, cerca de la casa del general Lázaro Cárdenas, bañándome en el río Boquerón, comiendo el pan de mi tía Cristo. Desde muy pequeña mis papás me metieron a la orquesta del pueblo. Siempre quise tocar el saxofón, pero como era la más chiquita de la banda el maestro no me dejaba, decía que no lo iba a aguantar. Insistí tanto que al final me lo dio. Empecé a tocarlo alrededor de los ocho años. Estudiábamos en el bosque. Cada niño tenía su propio árbol. Así es como empecé a tener una identidad.

A los 18 años se fue a Puebla para estudiar ciencias de la comunicación en la BUAP. Ahí conoció a una muchacha que tocaba el violín y le habló del conservatorio de música del estado. Male acudió de inmediato a hacer exámenes. Cursó tres años del nivel técnico.

Ya con una licenciatura regresó a Huajuapan con la idea de buscar dónde tocar lo que a ella más le gusta, la música de banda oaxaqueña. Y por necesidad respondió a una solicitud de empleo para manejar la comunicación social de un diputado priísta. Pero nunca dejé la idea de que yo quería dedicarme a la música. El plan era venirme a México para seguir mi carrera musical.

–¿Cómo se cruzó en tu vida este agresor?

–Cuando regresé a Huajuapan salió la oportunidad de trabajar con Juan Vera en lo que yo había estudiado, comunicación. Posteriormente se dio una relación con él. Hay personas que se atreven a criticarme y dicen que si me trataba mal por qué no lo dejaba. Pero una persona violenta como él es capaz de envolverla a una en un círculo de miedo. Yo estaba aterrada, entonces le hablaba bonito para que no me agrediera, para tenerlo contento, porque si no, me golpeaba, me empujaba.

“Destruyó mi autoestima: me decía que era fea, burra, zorra, puta. Y llegué a creerlo. Sobre todo me agredía mucho con las cosas que a mí me gustaban. Decía que los músicos somos unos muertos de hambre y que la cultura no sirve para nada. Cuando yo lo que creo es que lo mejor de la vida es la música.

“Una vez me mandó llamar fuera del país. Ahí me di cuenta de que tenía relaciones con otras chicas más jóvenes que yo. Me agredió y en defensa yo le clavé las uñas. Entonces me amenazó con mandarme a la policía. Pude huir y regresar a México.

Cuando le dije que iba a romper con él, me dijo que eso lo iba pagar con Dios. Lo que nunca me imaginé fue que él se creía ese dios, con el derecho y el poder de destruir mi vida. Y sí, me la destruyó. No sólo a mí sino a mis padres y a mis tres hermanos. Y me destruyó justamente cuando decidí ser valiente, cuando empecé a creer en mí.

Todo duele

Detrás de la piel adolorida de Male, por encima de la depresión que ciertas mañanas la amarra a la cama y la enmudece, siempre aflora su solidaridad con las otras mujeres. “Todo duele. Y más duele cuando miro alrededor y veo que no soy la única, que hay muchas mujeres a las que matan por el solo hecho de ser mujeres. Yo no sé en qué punto se perdió el sentido común de la humanidad, en qué momento se empezó a creer que las mujeres valemos menos. Él siempre me lo decía: la mujer se hizo para estar en su casa, hacerle la comida a su hombre, cargar al niño con su rebozo. Yo no crecí con esa idea, pero fue tanto mi miedo que llegué a creer que sí, que yo valía menos.

“Hasta me siento avergonzada de ver a mis amigos y no sé por qué, si yo no tengo ninguna culpa. Simplemente cometí un error, el de pensar que este hombre no era tan malo. En eso me equivoqué. Pero ni siquiera por eso merecía que me rociaran así con ácido sulfúrico.

Por más vueltas que le doy no logro entender este tipo de repudio hacia las mujeres.

–Es una pregunta que nos hacemos muchas cuando vemos estas conductas inhumanas.

–Y tampoco entiendo por qué ahora yo y mis padres tenemos que estar refugiados. No debería ser así, las autoridades deberían hacer algo para que nosotros nos podamos sentir seguros. A la víctima no le corresponde dejar su casa. No fui yo la que cometió un delito. Esa desprotección en la que nos dejan es lo que nos hace sentir que nosotras tenemos la culpa de lo que nos pasó, que nosotros lo provocamos.

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