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Desde mi balcón: Crónicas de la pandemia (III) “No corro, no grito, no empujo…”
Por Gerardo Soriano
28 de junio, 2020
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Por Gerardo Soriano 

Algo me decía que no debía salir del depa. “Si ves un moscardón zumbar sobre estiércol, es que algo malo va a pasar”,  me decía mi abuelo allá en Zaulta.  

Pero no hice caso al zumbido de ese insecto, cuando sobrevolaba por las bolsas de basura de la cocina durante la madrugada.

Todavía al amanecer, se sentía un ambiente pesado y raro. Tal vez era mi estado de ánimo. 

Con tanto insomnio, no me he sentido nada bien en estos días. Pero ni modo, debía ir a la despensa, así que me preparé para salir. 

La mañana nublada me animó a ir a pie. Hace 100 días que no camino por la ciudad.

Andaba con la ansiedad al tope. Era como Blade Runner que iba en busca de replicantes, quienes sintiéndose más humanos que los humanos, retaban al COVID-19 y se aferraban a salir a la calle sin cubre bocas. 

Cada que me topaba con uno, me bajaba de la acera. Solo permanecía en ella cuando distinguía que el de enfrente era un humano como yo, protegido.  

Así iba, por todo Porfirio Díaz, hasta llegar a Morelos, donde di vuelta a la derecha. 

Al pasar por In Situ, añoré un empalme de dos agaves. Después, llegué a la Plaza de la Danza. 

En otros tiempos, me hubiera detenido a tomar una nieve de leche quemada con tuna, pero el lugar era como un páramo de piedras.

En el Jardín Madero me detuve a leer los titulares. 

Ahí estaba la noticia: 15 ejecutados y calcinados en San Mateo Del Mar. 

Dos mujeres y trece hombres habían sido emboscados por un grupo armado y después asesinados a balazos y a machetazos y algunos calcinados, vivos.

 “Este no es el año del gobernador”, pensé. 

“Ya nada más falta que tiemble o que le descubran unos departamentos en NY; pobrecito”, pensaba y reía conmigo mismo. 

Cuando llegaba al Soriana de Madero, el reloj marcaba las 10 con 15 minutos. 

Me gustó que me dieran gel antibacterial, pero no que no tomaran la temperatura ni que tampoco me dieran una toallita húmeda para limpiar el carrito. 

Me sentí tranquilo, cuando exigían cubrebocas a las personas para entrar a la tienda. Libre de replicantes, pensé, aunque no por mucho tiempo. 

Mientras cruzaba la puerta, vi cómo una dama encopetada, con aroma a Coco Chanel, bolsa MK y lentes Versace discutía porque no la dejaba entrar al almacén sin cubrebocas. 

¿Pero cómo me voy a poner uno?, o sea, ubícate, se me corre el labial, ¡prieta!, le gritaba a la empleada.

Estuve a punto de detenerme a reclamarle a la dama y apoyar a mi compañera proletaria, pero temía un contagio por parte de la replicante

Me relajé cuando vi que otra trabajadora, la gerente, supuse, se acercaba a hacerle el quite a la camarada.

Dentro de la tienda, me espantaron los precios. 

El Jack Daniels había subido 100 pesos, ¡en poco más de 15 días! 

El jamón serrano, casi 30; la leche, dos pesos; la caja de 24 blanquillos ahora valía 70; el aceite de oliva (no uso de otro por el colesterol), casi 15 más. 

Tuve que hacer unos recortes a lo presupuestado, como el que nos recetan los políticos. 

Estaba haciendo cuentas, cuando sonó la alarma sísmica. 

En la madre, ¿a poco va a temblar?, me dije. 

Entonces comencé la cuenta regresiva,  60, 59, 58, 57… al tiempo que me dirigía a la salida. 

Por el sonido de la tienda, una voz melodiosa y diáfana daba instrucciones: 

  • “No corra, por favor, no empuje y siga las indicaciones del personal”.

Ni grite, ni tosa, ni estornude… agregué yo… estamos en contingencia, chingados, alternaba mentalmente con mi cuenta de salvación…45,44,43… según las cápsulas de Protección Civil.

En caso de sonar la alarma sísmica, las personas contamos con un minuto para protegernos antes de que se desate la furia de la tierra… 37, 36, 35… apúrense, chingaos, pensaba, cuando vino el jalón y casi caigo al piso. 

A pesar de la pena, corrí.

Mientras daba pasos agigantados (me he de ver visto como un pastor inglés, grande y torpe, nada más me faltaba sacar la lengua), olvidé la sana distancia y empujé a más de uno para abrirme paso. 

Temía que el techo colapsara, como sucedió en el sismo del 17, en una tienda de esta misma cadena, en la CDMX.

Me empezó a faltar el aire y me bajé el cubrebocas. 

Adiós disciplina, pensé cuando mi ahora cubre papada recibía mi sudor. 

La dama que -antes bella y pulcra- ofendía a mi compañera de clase social, ahora imploraba a Dios y repetía: 

“Señor, ayúdanos, apiádate de tus hijos pecadores”. 

¿Se va a hincar?, me preguntaba con morbo. 

A pesar de todo, la mujer luchaba por mantener su dignidad inmaculada. 

Los autos parecían esos juegos de monedas que se hacen para adelante y para atrás. 

Escuché gritos de horror, llantos de desesperación, más oraciones de súplica. 

Los cristales de algunos comercios tronaban. Los cables de los postes parecían las rastas de un rastafari bailando reggae.

Desconozco cuánto duró el temblor, pero después de vivir el del 85 y el de 2017 en la Ciudad de México, la experiencia me faculta para afirmar que duró un chingo y otro tanto más. 

Sismo ya lleva 6 personas muertas y 4 heridos; daños en 500 viviendas
Sismo ya lleva 6 personas muertas y 4 heridos; daños en 500 viviendas. Imagen: Periodismo Pixel.

Me desconecté. No rechacé responderle a un señor, quien sin protección, me preguntaba si tenía señal en el celular.

Menos reparé en una señora que me daba palmadas en el hombro y me decía, ya pasó hijo, ya pasó. 

Tampoco que di unos pasos hacia donde un grupo de personas miraban las pantallas de sus teléfonos portátiles. Supongo que por instinto, necesitaba sentirme acompañado.

Fue cuando una patrulla pasó sobre Independencia, con su sirena a todo volumen, que reaccioné horrorizado. 

Yo había huido de la capital, por el sismo del 17 y ahora me encontraba en una ciudad, donde la COVID-19 pegaba con todo y un temblor casi me mata, sino aplastado, sí de un infarto. 

No volví a ponerme el cubrebocas. Solo llevaba los goggles y los guantes, mi sombrero y gabardina y caminé sobre Independencia, hasta llegar a Porfirio Díaz. 

En el camino me crucé con gente que intentaba usar su teléfono. Aunque en sus rostros veía reflejado mi propio miedo, algunas personas, quienes iban en grupos, reían.

Cuando llegué a casa, encendí la pantalla para ver noticias.

El gobernador daba una entrevista a un noticiero nacional, con la presteza que careció para mostrar la cara después de la matanza de San Mateo del Mar. 

El primer mensaje de whats que recibí fue el de un compañero de trabajo: 

“No corro no grito no empujo no toso no estornudo!!!!”, acompañado de un emoticón.

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