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Desde mi balcón: Crónicas de la pandemia (VI) “Una copa más”
Por Gerardo Soriano
14 de agosto, 2020
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Por: Gerardo Soriano

I

  • -Joven, joven, ¿me escucha?
  • -Tómale el pulso.
  • -Respira muy agitado.
  • -Límpiale la sangre.
  • -¿Ya le tomaste la temperatura?
  • -No.
  • -Eso era lo primero, bembo. 
  • -¿Qué dijo?
  • -No lo sé. Joven, ¿cosa dice?

Que no estén chingando y que me atiendan ya, hubiera querido decirles a este par, pero prefiero tener los ojos cerrados. Me duele todo el cuerpo. No puede ser, tanto cuidarme para terminar en esto, ¿y si me llevan a un hospital? ¡No! Todo menos eso.

II

El ruido de las turbinas del avión hurgando el cielo lagañudo apaga el llanto del bebé que irrumpe por el balcón, y el de mi máquina de rasurar cuando la paso por el lado derecho de mi cabeza, atormentada por las nuevas cifras de COVID-19 en Oaxaca y del país, más de 50 mil personas muertas y casi 500 mil contagiadas ¿Será el momento de que tantas personas enfermas y muertas ya no me importen?

Es impresionante cómo me ha crecido el cabello estos cinco meses de refugiado en mi propia casa o quizá deba decir, en estos cinco meses de arraigo domiciliario o de autoexilio o de descanso sabático, pero nada de eso: mientras daba clases en línea, trabajaba más que en la propia escuela. 

Necesito un trago. Si al menos pudiera ir a La Muralla para tomarme un buen mezcal de pechuga y comerme un arroz con chepiles y después un verde de menudencia, con unas tortillas recién bajaditas del comal.

La primera vez que fui a esa cantina fue en el 2006, mientras cubría el conflicto de la APPO, cuyas demandas volcaron a decenas de miles de oaxaqueñas y oaxaqueños a las calles para exigir la renuncia de Ulises Ruiz, a quien hasta le compusieron un corrido: “Ulises Ruiz que mal gobernador, de todos los que conozco, yo creo que es el peor”. 

Esa ocasión visité el sitio junto a tres corresponsales y un enviado de un diario nacional. Fue la primera vez que me tomé cuatro mezcales de un jalón. 

¿Por qué le dicen La Muralla?, pregunté esa vez.

Porque para llegar a esta zona del comedor primero debes sortear por la muralla de borrachos, me respondía Héctor, mientras se limpiaba con el puño un hilo de verde que le escurría de la boca.

Mezcal, la bebida de los dioses.Ni modo, dije, y me serví un mezcal, a pesar de que sabía que me ponía muy mal y me emborrachaba muy rápido si bebía más de cuatro fajos de vaso de veladora. Ya no tenía whisky y necesitaba un trago.  Más de cinco meses encerrado, hacían mella en mi espíritu estoico.

Para no sentirme solo, mandé más de 20 mensajes por Whats, pero de ninguno no recibí respuestas. Anhelé marcarle a mi hijo, pero lo tenía prohibido por mi ex, luego de ponerme a llorar la última vez que hablamos y dejarlo muy triste. Exagerada, pensé y me tomé de un sorbo lo que quedaba en el vaso.

“Ay, Amá, por eso te quería mi Apá”, recordé que así decía mi tío Manuel cuando libaba mezcal y bailaba con mi tía, “Teléfono a larga distancia”. Como yo no tenía con quien bailar, le subí el volumen a la música.

 El sabor al maguey ahumado de la bebida acariciaba mi paladar y luego pasaba poco a poco por mi garganta, endulzado por el zumo de la naranja: sentía un calor recorrer mi esófago. Mi gastritis, dije cuando sentí el quejido de mi estómago. No le hice caso y me serví otro fajo. A la botella le quedaba poca vida.

III

  • -¿Por qué no le has limpiado la sangre?
  • -Qué parió. No me quiero acercar mucho, mi cubrebocas ya lleva como cinco puestas.
  • -¿Y tus guantes?
  • -¿Cuáles?
  • -¿Ya viste si tiene fiebre? El reporte dice que se cayó de pronto y venía tosiendo mucho. Puede ser la COVID.
  • -Por eso te dije, que no viniéramos.

COVID ni qué nada. ¿Qué no ven? Revísenme bien, bembos, protesté, mas no me entendían nada. Volví a sentir otro dolor terrible en el estómago. El sabor salado de la sangre y el reflujo me hicieron toser con fuerza. Estuve a punto de ahogarme.  

IV

El cuarto mezcal me lo tuve que beber solo, porque salieron de la botella, como del alambique, las últimas gotas que cayeron sobre las perlas que se habían formado en el vaso. Siempre me pasa cuando me emborracho con mezcal: termino llorando y me da el spleen.

Al mirar el gusano que se quedó abandonado como yo, al fondo de la botella, recuerdo que ese 2006 conocí casi todas las cantinas del centro. Aunque la APPO mantenía cerradas las principales calles y avenidas de la Verde Antequera y muchos negocios cerraron sus puertas, las tabernas se mantenían abiertas, como si fueran el último refugio del espíritu festivo de las personas nativas de Oaxaca.

Fue en La Fama donde probé por primera vez el mezcal de alacrán, que servía el mesero en una pequeña jícara. Este viene de Sola de Vega, me gritó cuando lo puso en la mesa y en el salón de junto, algunas parejas bailaban sicalípticamente, como si no hubiera una revuelta social. 

A pesar de que a mí me gustaba ir solo a tomar, no eran pocas las cantinas o bares en los que me encontraba a otros reporteros o a enviados de la Ciudad de México. También había orejas por todas partes. Sus motos afuera de los antros y sus cortes a casquete corto los delataban. Así que era mejor dar un rol por otra parroquia.

No importa que pasaron ya 14 años. Algo no ha cambiado. 

Pese a pandemia, salen sin cubrebocas.En aquel entonces una revuelta social había vaciado las calles de la Verde Antequera. Azuzados por varios medios, la gente había dejado de ir al centro, como si los militantes de la APPO fuesen la expresión carnal del anticristo, pero hoy, en medio de una pandemia, mucha de esa gente sale a la calle, cuando ahora sí hay un verdadero riesgo. Qué lo re parió, dije y le di el último jalón al mezcal.

V

  • -Cómo no vamos a venir, si es nuestro trabajo.
  • -Pero este cuate puede tener COVID.
  • -Y si no, está herido, ¿qué no ves?
  • -¿Tú no llevas mucho en esto, verdad?
  • -Aunque tenga COVID, lo debemos llevar a un hospital. Esa es nuestra chamba.
  • -Sí, pero ni cápsula hemos conseguido.
  • -Ya, límpiale la sangre.

Dios, estos cabrones, ¿por qué no me dejan aquí? Ya estoy cansado, hasta el gorro. No puedo más. Que no ven que estoy borracho. Ay, mi estómago, otra vez. ¿Y si se me reventó la úlcera? ¿Y si me llevan al hospital? No, no fue sangre lo que vomité. Esos cabrones. Ojetes.

VI

Añoro esos días en que había una cantina en la cual iba a sacar el estrés, luego de una balacera, de un enfrentamiento, de un ataque de los escuadrones de la muerte a las barricadas. Ni pedo. No lo pensé mucho. Después de cinco meses encerrado, ya no se puede pensar tanto y menos después de lo de Andrés y Fátima.

Tomé mi gabardina, mi protegehocicos y mi cartera. Ese fue mi segundo error. Tú no eres de una, me decía Nicolás, el cantinero del Deux, cuando a mis veintitantos años iba por una cerveza, a la cantina del Centro de Azcapotzalco. 

Disfruté caminar por Porfirio Díaz mientras me dirigía al Oxxo de Calenda. La calle solitaria acentuaba mi nostalgia. Caminaba libremente sobre la acera, sin tener que evadir a nadie que viniera de frente hacia mí, o tener que apurar el paso para pasar a alguien. 

No vi nada ni a nadie raros cuando saqué la cartera para pagar. Entonces me sobresalté. No había sacado el dinero que había retirado del cajero. Así que cambié de lugar la cartera a la bolsa de la gabardina. 

Justo daba la vuelta en la calle de Porfirio Díaz, cuando escuché el ruido de la motoneta. Eran dos tipos, como de la edad de mi sobrino. Por lo menos 23 años cada uno, pensé y calculé sus fuerzas y la mía. Ni madres, aventuré, no les voy a dar nada, pero una escuadra enorme en mi cara me volvió a la cordura, además de secarme la boca y bajarme los mezcales.

Estiré la mano con las monedas que había guardado. Qué pasó, Don, nel, la cartera que se guardó ahí, me atajó el ladronzuelo y señaló a la bolsa interior de mi gabardina. No traigo nada, respondí.

¿Cómo lo ves?, creo que le preguntó al de la motoneta. Cárgale calor, por mamón, alcancé a escuchar antes de sentir un golpe en la boca y luego otro y otro y luego varios, como si las manos y las piernas del mancebo ratero se multiplicaran a la décima potencia. Siempre he odiado las matemáticas.

Debo reconocer que aguanté y a pesar del ataque, no solté las cervezas y la botella, ni siquiera en el suelo. Cuando se cansaron, ¿se habrán cansado? Abrazaba el alcohol, pero entonces uno de ellos, antes de subirse a su máquina, se regresó. Presta cabrón, me dijo y me arrebató todo. Eso sí, antes de arrancar, me aventó un bote de Negra Modelo. Pa’ que no diga, escuché su voz delgadita, seguida de sus carcajadas.

Qué chinga, me repetía cuando me levantaba y caminaba a mi casa, arrastrando mi spleen, de por sí herido. La sangre me escurría y un dolor terrible me reclamaba desde el estómago. Menos mal que ya no voy a tomar, me dije, cuando sin darme cuenta, tropecé con un desnivel de la banqueta y caí de boca sin meter las manos.

VII

  • – No, no le voy a limpiar la sangre.
  • -Parió, pues, te digo, vamos a llevarlo así al hospital.
  • -¿A cuál?
  • -Aquí al IMSS.
  • -Ahí es COVID.
  • -No importa, que no ves la sangre. Ya voltéalo.

Al escuchar hospital, me entró terror. No, no, al hospital no. Nada más tengo unos trancazos y me caí. No es para tanto. Entonces, empecé a toser, con fuerza y empecé a fingir que no podía respirar. Me volteé y me empecé agarrar el pecho. A contraluz de un poste, pude distinguir dos figuras en camisola blanca y pantalón azul marino. Quise buscar alguna insignia en su ropa, pero los dos se incorporaron súbitamente.

  • -Te dije, este cuate tiene COVID
  • -No lo podemos dejar, aquí.
  • -Tengo hijos, no tenemos equipo. Quédate si quieres.
  • -Lo siento jefe, vamos a mandar otra unidad.

Cuando los vi alejarse, respiré tranquilo, aunque el dolor en el estómago me volvía con fuerza y el de los de los golpes se acentuaba con el frío de la madrugada.

Me levanté y caminé a mi departamento, envolviéndome en mi gabardina. No sé por qué, pero comencé a tararear “Una copa más”, ese bolero de Los Panchos que cantaba mi tío Manuel cuando bebía allá en el pueblo.  

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