La noche del 27 de febrero se confirmó el primer caso de covid-19 en México. Era un hombre de Sinaloa que había llegado de Bérgamo, Italia, cinco días antes y fue dado de alta dos semanas después. Nadie imaginaba que, tras seis meses de permanecer en el país, el virus provocaría la muerte de más de 60 mil personas, una crisis económica sin precedentes. ¿Por qué ha sido tan letal? ¿Qué se sabe ahora del virus?
Por Daniela Pastrana y José Ignacio De Alba | Fotos: Duilio Rodríguez y María Ruiz
Esta ruta comenzó a finales de junio, cuando el coronavirus tenía 4 meses en el país y ya había matado a 30 mil personas. Las autoridades de salud alertaban a la gente que no se esperara para ir al hospital, porque estaban llegando demasiado tarde para salvarlas. El pico se había convertido en meseta (una larga meseta que se prolongó más de dos meses). El paso de la responsabilidad de la tercera fase a los gobiernos estatales, mediante un semáforo, provocaba confusión, y en la calle, las opiniones se dividían entre quienes pensaba que el gobierno ocultaba a los muertos y quienes juraban que el gobierno mataba a pacientes sanos para aumentar sus cifras de covid.
Nos propusimos entender por qué dos personas que están expuestas al mismo tiempo a una carga viral pueden tener desenlaces diferentes: una ni siquiera tener síntomas y otra morir en unas horas. Ese fue el caso de Juan, un plomero que una semana se quedó huérfano, viudo y a cargo de tres hijas que sobrevivieron como él, sin mayores complicaciones a la enfermedad. O por qué un país cercano al epicentro, como Japón, podía tener medidas tan relajadas, mientras en el norte de Italia, el primer país europeo que declaró la Zona Roja y con uno de los sistemas de salud más robustos de Europa, las muertes no se frenaban.
Consultamos a científicos y médicos de distintas especialidades. Revisamos los datos oficiales. Preguntamos a colegas en distintos países de Europa y América. Memorizamos las curvas epidémicas. Abrimos nuevas preguntas. ¿Realmente era posible evitar miles de muertes? ¿O de verdad pudo ser peor? El camino de las respuestas es aún largo. Pero hace unos días, los últimos estudios publicados en Italia–de los 35 mil que se han producido en el mundo— nos dieron un dato que puede ser clave: el coronavirus que cumple 6 meses en el país podría derivar de una mutación mucho más agresiva que la cepa original que se esparció en Asia. Otra pista importante está, al parecer, en nuestros “genes protectores” del hambre.
Esta es la historia:
- Las críticas: “tiraron la toalla”
“Está descontrolada (la epidemia en México), así con claridad”, dice sin espacio para la duda la microbióloga Laurie Ann Ximénez-Fyvie, jefa del laboratorio de genética molecular de la Facultad de Odontología de la UNAM.
Es una de las voces críticas de la estrategia del gobierno mexicano más persistentes. Antes de empezar la entrevista, dice que le recomendaron no que no la aceptara (por una entrevista previa con el subsecretario de Salud) y pide que le aseguremos publicar lo que ella diga. Le garantizamos que sus palabras serán totalmente respetadas.
Después de eso, expone ampliamente lo que ha repetido en múltiples entrevistas: que tratándose de un agente nuevo y de alta contagiosidad, una estrategia de vigilancia epidemiológica no es suficiente. Que el modelo Centinela es un gran modelo para infecciones conocidas, como la influenza, pero no sirve para un microorganismo desconocido.
“Además de la vigilancia se requiere control epidemiológico, no abandonar la búsqueda de casos y el seguimiento de contactos. Lo digo y lo sostengo, el gobierno tiró la toalla desde que salimos de la fase uno. (Optó por) un modelo Centinela limitado. Lo único que hemos tenido desde entonces son estimaciones, con conteos limitados a la gente a la que le hacen pruebas”.
Pone el ejemplo de Vietnam, donde “se llegó a una locura” de hacer 47 mil 299 pruebas por cada caso nuevo confirmado. Habla de Corea y del “paciente número 31” que infectó a más de 5 mil 800 personas (el primer caso de un súper transmisor que nunca enfermó pero contagió a muchos). Asegura que eso se pudo hacer en México cuando entramos a la fase 2, con 12 casos confirmados. Que las pruebas no son muy costosas y en México tenemos la infraestructura.
Pero aclara: No es el número de pruebas lo que salva a la gente, sino lo que se hace con los resultados: detectar la mayor cantidad de asintomáticos posibles.
Esa, asegura, es la clave de los países que han tenido éxito.
“La mayor dispersión de contagios proviene de los asintomáticos, no de la gente enferma. Normalmente cuando la gente se siente mal se queda en su cama. No deambula»,
asegura
«Los asintomáticos andan por el mundo esparciendo el virus. Eso es lo que hace covid-19, notablemente diferente a otras enfermedades. Con covid una persona asintomática transmite el virus igual o con más eficiencia que los sintomáticos. Es lo que explica el artículo de Nature del que le preguntaste en la conferencia (se refiere a una pregunta de la conferencia del 2 de julio), cómo los asintomáticos transmiten más el virus que los asintomáticos y lo excretan más tiempos que los sintomáticos”.
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