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Javier, el niño que llevó a su bisabuelo a vacunar en una carriola, expuso su vida porque padece una grave enfermedad
Por Pagina3.mx
15 de marzo, 2021
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  • * “No importa que me saliera sangre; tenía miedo que se me cayera”, dice en entrevista a pagina3.mx.
  • *El ahora famoso niño, trabaja desde los siete años y padece púrpura trombocitopénica.
  • *Pese a sus condiciones de vida, Javier es feliz cuando lleva de comer a su casa.
Paulina RÍOS / Pedro MATÍAS

San Isidro Monjas, Xoxocotlán, Oax., (pagina3.mx).- A Javier no le escasean los sufrimientos. Con solo 10 años de edad, recién cumplidos, no le importó arriesgar su vida por una enfermedad que le aqueja y salió a la calle en busca de la vacuna contra Covid-19 para Victorio, su bisabuelo, al que llevó en una carriola.

Con los brazos pegados al cuerpo para tener más fuerza, empujó por casi un kilómetro la carriola que habilitó como silla de ruedas para llevar a su bisabuelo, de 76 años de edad, al puesto de vacunación de San Isidro, en el municipio conurbado de Santa Cruz Xoxocotlán.

Sin quejarse, confiesa que “en los topes fue lo más pesado para mí porque en uno casi se me cae mi abuelo, entonces, alcé la carriola, la alcé con todas mis fuerzas la carriola, aunque no importara que me saliera sangre, porque yo amo mucho a mi abuelo y José (su hermano de cinco años) la empujó y la bajamos”.

Javier tiene una enfermedad que se llama púrpura trombocitopénica (es un trastorno hemorrágico en el cual el sistema inmunitario destruye las plaquetas) y se desangra si anda mucho en el sol, si carga cosas pesadas o si hace algún angustioso esfuerzo.

Eso no le importó. Lo que le preocupaba es que “se me iba a caer mi abuelito.

“Me dio miedo que se me cayera y como no tengo mucha fuerza, no lo pude parar y le dije, mejor súbete a la carriola, descansa en la carriola y a ver si puedo. Alza los pies y yo te empujo y (como) estaba tapado por tanta gente, que nos vamos a dar más vuelta”.

Javier, su mamá y en brazos su pequeño hermanito. Imagen: Paulina Ríos.

Esta historia que contó Paulina Ríos del portal informativo pagina3.mx se viralizó ante la conmovedora escena de Javier, cuya actitud se convirtiera en una cátedra de la cruda realidad donde las palabras pareciera que carecen de sonido y se convierten en un espejo de la injusticia social atroz en la que vive su familia.

El momento captado por Vicente Ríos, cuando los niños llevan a su abuelo a vacunar.

Sin importar lo terregoso del camino, ni el quemante Sol, mucho menos el peso de don Victorio, Javier se dispuso a llevarlo en una vieja carriola para bebé habilitada como silla de ruedas y recibiera la vacuna ante la pandemia que aqueja al mundo.

El inusitado hecho ocurrió el pasado sábado 13 de marzo, en el segundo día de vacunación en San Isidro Monjas, agencia de Santa Cruz Xoxocotlán.

Fue una hazaña recorrer 10 calles –casi un kilómetro- hasta llegar al puesto de vacunación.

Al llegar al filtro de entrada, un policía municipal le pregunta:

  • -¿Quién es el responsable de tu abuelito?
  • -Yo, contesta firmemente y con orgullo.
  • Asombrado, el uniformado le inquiere:
  • -¿No tienes un hermano, o alguien más que venga?, pensando en la responsabilidad que representa llevar a una persona adulta mayor a vacunar contra la Covid19.
  • -Sí, él, dice y señala a José, su hermano de cinco años.
  • -¿Alguien más que esté en tu casa?
  • –No, vivimos solos con mi abuelo.

Sus respuestas seguras y su edad hicieron mella en el ánimo de las personas que se percataron del hecho y que casi al unísono soltaron un ¡Ahhhh!

La escena fue apenas recogida en video por el ingeniero Vicente Ríos en una fotografía y un breve video de 11 segundos.

https://www.facebook.com/100007489566979/videos/pcb.2774952636097695/2774950996097859

A un lado de los pequeños también se encontraba el doctor Antonio Vargas Zurita, quien al verles sin cubrebocas les regaló uno a cada uno de los niños.

De inmediato las personas encargadas le ayudaron a pasar aún cuando no estaban en la fila y su día de vacunación había sido el viernes, pues viven en la colonia Los Pinos.

Ante el esfuerzo de los pequeños porque el abuelo no se quedara sin vacuna, ninguna de las personas formadas se quejó.

Decenas de personas esperaban pasar a vacunarse. Imagen: Vicente Ríos.

De acuerdo con testimonios de algunas personas que estaban en el área administrativa, donde se hace el papeleo previo a la vacunación, el niño “mayor” también se hizo notar.

Tras ser vacunado, a don Victorio le baja un poco la presión arterial y la médica que está a cargo y checarlo, se dan cuenta que tenía “el azúcar baja”, cuenta la maestra Citlalli Ángel Carreño.

De inmediato la doctora le pide su credencial de elector para ver dónde vivían en caso de tener que buscar a un familiar de mayor edad o de utilizar una ambulancia para transportarlo a algún hospital, si seguía sintiéndose mal.

De inmediato el niño se dirige al abuelo y le dice tajante en tono de orden:

No, no se la enseñes abuelo, yo les digo dónde vivimos, pero no les enseñes la credencial.

A la maestra Citlalli, quien fungió como representante de la colonia Indeco para el proceso de vacunación, la respuesta le causó ternura y risa.

Considera que dijo eso porque “seguramente ha escuchado que no deben mostrar ni entregar la credencial de elector para vacunarse”.

Ahí estuve esperando, cuenta Javier. Y agrega: “Ahí me llamaron a la media hora.

Familiar de Victorio García, gritó la médica y le dije soy yo. 

Pasé corriendo. Estaba comiendo la mitad de una torta que me regaló un policía y la otra mitad se la di a mi hermano.

“Que dejo mi torta. Y cómo mi abuelo me dijo tengo hambre y como pues… como la torta tenía un poquito de chile, nada, me como el chile y le dije: ten abuelo y se la comió”, pero luego comenzó a sentirse mal.

Al pasar los minutos, don Victorio fue recuperándose y pudo concluir su proceso y volver a su casa.

Tras conocerse esta historia a través de las redes sociales, los apoyos no se hicieron esperar, políticos, candidatos y autoridades acudieron a regalarle una silla de ruedas, despensas y algunos otros apoyos.

Aún quedan los ofrecimientos de unas ocho sillas de ruedas, despensas, ropa para los niños, colchones y hasta dinero en efectivo.

GRITONES

Javier Alejandro García Aquino acaba de cumplir 10 años el pasado 4 de febrero. No recibió ningún regalo. Nunca ha recibido ningún regalo. Por el contrario, desde los siete años ha tenido que salir a buscar “p´al taco”.

“Cuando mi mamá no tiene para darnos un taco, pues yo le ayudo consiguiendo una chambita. Empecé ufff, desde los siete años, llevo tres años trabajando”.

Acepta que no sabe leer ni escribir y que no va a la escuela por “mi enfermedad que es casi parecido al cáncer pero a mí no se me cae el cabello. Tengo las plaquetas bajas y mucho sangrado de la nariz. Ya mero me moría (recientemente). Me sangré muy feo y mi tío me llevó al hospital”.

Ahora “soy checador de taxis y del transporte urbano. De los ‘gritones’, les dicen. Yo voy con mi mamá a trabajar (en la calle de Miguel Cabrera, en el centro de la ciudad de Oaxaca, situada a unos ocho kilómetros)”.

Javier narrando su odisea para llevar a su abuelo. Imagen: Paulina Ríos.

Recuerda que un día, de los tantos días que no había de comer, salí a la calle y “le pregunté a un señor si no tenía un trabajo que me diera.

“Sí, te doy trabajo, son de tabiques, me dijo. Yo llevaba una chamarra y me la puse acá (señala su hombro) y a cargar cuatro tabiques pesados y ahí iba yo, aunque me saliera sangre, con tal de ayudar a mi mamá y me gané mis primeros 200 pesos”.

De ahí fui a buscar otra vez. Un día ya me venía para la casa y un señor no se dio cuenta y al sacar su teléfono se le cayó su billetera.

Yo que lo alcanzo y le digo: Señor, señor, se le cayó su billetera y me dijo gracias y que me da 500 pesos porque era bastante dinero el que llevaba en esa cartera”.

Y así, he trabajado lavando coches, de chalán o de los “gritones” en los urbaneros (transporte urbano). 

Leer, no sé, pero mi mamá ya me ayuda. Sí, me sé las rutas porque son fáciles, está el Teletón que es el blanco, el de Esquipulas que es el verde, los foras (foráneos), la ruta, 8, 2, 20 o la 15. No estudio por mi problema y porque ¿No sé?”.

CASA DE LÁMINA

Es la una de la tarde del domingo 14 de marzo. El sol quema. Javier y José juegan futbol en el patio del terreno que cuidan. Al ver llegar al ingeniero Vicente Ríos, quien lo hizo “famoso”, Javier y José se apresuran a retirar unas ramas de espino que sirven de puerta.

Al fondo se observa un paupérrimo cuarto de tres por cuatro metros donde habitan siete personas – don Victorio García Méndez, su nieta Nancy Concepción García Aquino y sus cuatro hijos Javier Alejandro García Aquino -10 años-, José García Aquino –cinco años-; Óscar Emiliano Delgado García –tres años-; y Amado Daniel Delgado García, de escasos dos meses, así como el papá de estos dos últimos Oscar Daniel Delgado Pérez-.

Javier cargando a su hermanito Amado, a quien cariñosamente llama “Puchi”. Imagen: Paulina Ríos.

La casa, si a eso se le puede llamar casa, está construida de palos y pedazos de láminas de aluminio y delimitada por cartones así como pedazos de tela. 

Lo único firme es una pared que corresponde a la construcción vecina y el piso de tierra.

Están hacinados en un terreno que es prestado. Su cama es una base de madera. Don Victorio es el único que tiene una cama, un tambor con un colchón viejo donde apenas y cabe porque ahí tienen apilada su ropa. 

No tienen estufa, menos refrigerador o televisión. 

Su estufa es un bracero improvisado con ocho tabiques y una rejilla encima, como si fuera una parrilla, y ubicada a un metro más o menos de la única entrada a la galera, al aire libre, en plena tierra.

Su cocina es un huacal de madera, de los que vienen con las frutas cuando son vendidas, colocado sobre un desvencijada silla y su comedor una enclenque mesa de plástico sucia y sus trastes son botes de cereal.

No tienen servicio de energía eléctrica propio, ni agua potable, ni baño, ni siquiera una simple letrina. 

La luz, cuando tienen, la toman de un vecino al que le cuidan la casa y ahí le prestan la cisterna para comprar a los piperos 100 pesos de agua. 

“Si alguien pudiera ayudarnos, que nos ayuden con el cable que se necesita para podamos tener luz, porque el que pude comprar se quemó luego”, pide Nancy la mamá de Javier.

El baño no lo han construido porque o comen o compran polines (maderas) para tapar.

Con todo y estas limitaciones a Javier se le ve contento: “Me siento muy feliz cuando traigo para comer. Casi nunca me han regalado nada.

Y ayuda a su “abuelo” porque cuando le dan su pensión de adultos mayores “a veces me gano 50 pesos y hasta me lleva a comer. No es tanto por el dinero. Yo siento por la familia y es mi abuelito. Estoy contento aunque no me gane nada”.

https://twitter.com/portalpagina3/status/1371496740822523908
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