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El Gabo y mis putas tristes
Por Soldadito Marinero
13 de abril, 2021
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Soldadito Marinero
  • –Claro que conocí al Gabo, pendejo. 
  • —¿Era tu amigo? 
  • –No. 
  • —¿Es tu igual? 
  • –No, wey, ¿cómo va a ser mi igual? 
  • —Entonces, ¿porqué le llamas Gabo? 
  • –Tienes razón. Debí decir: “conocí a Gabriel García Márquez”. 
  • –Yo también lo conozco, pendejo. Hace tiempo leí Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, El otoño del patriarca, Cuentos peregrinos y Memorias de mis putas tristes. Pero no por eso lo voy a llamar Gabo. 
  • –Ya te dije que tienes razón, pero yo no sólo lo he leído. Te digo que sí lo conocí. 

La verdad no tenía sentido la discusión. Estábamos un poco borrachos, en el malecón de La Habana, frente al Hotel Nacional, y nuestras amigas cubanas querían saber de Alejandra Guzmán y no del Nobel colombiano, que sólo interesaba a mi amigo Miguel Cisneros y a mí. 

Sentados en el gran muro de piedra revestido con cemento, combinábamos cerveza Bucanero y Ron Varadero 5 años y escuchábamos el insistente golpeteo del mar y la voz y guitarra de Víctor Lara, el solista que contratamos por 5 dólares de a 12 pesos cada uno, por cada hora. 

–Mi hijo está aprendiendo a tocar, le dije a Víctor para cambiar la plática y pasar de la literatura a la música. 

Víctor se descolgó la guitarra, se la ofreció a mi hijo Ernesto y le dijo: “toca para que te vea”. 

Pareció que a mi hijo le dio un poco de pena, pero Víctor y yo insistimos. 

–Te imaginas cuando cuentes que ya tocaste en el malecón de La Habana? 

–Sólo me sé una, dijo Ernesto y con timidez comenzó a rasgar la guitarra de Víctor. Parecía un acorde fácil, repetitivo, aunque yo no lo podría hacer ni en mi sano juicio. Con la mano izquierda mi hijo buscó los acordes adecuados y con la mano derecha iba de arriba a abajo, con cierta cadencia. 

Menos de un minuto después, salió la voz de Ernesto un tanto temblorosa al principio: “Flaca, no me claves los puñales por la espalda…”. 

Paró y volvió a empezar y su voz se normalizó: 

  • “Flaca no me claves 
  • Tus puñales Por la espalda 
  • Tan profundo 
  • No me duelen 
  • No me hacen mal…”. 

La cantó toda, de corrido.

–¿Es tuya la canción? Está muy buena, me la tienes que enseñar, dijo Víctor, queriendo agradar a mexicanos y cubanos. 

Todos aplaudimos, pero en La Habana nadie conocía a Andrés Calamaro, ni yo que me jacto de escuchar a muchos intérpretes latinos. 

Las amigas cubanas, veinteañeras de bonitas formas, naturalitas, sin operaciones de tetas o nalgas, pidieron a Ernesto que cantara “Hacer el amor con otro” o cualquier otra rola de Alejandra Guzmán o Luis Miguel, pero él no se sabía ninguna más. 

Al menos no con la guitarra y mejor se deshizo de ella y se la volvió a pasar a Víctor. Al cubano le pedimos canciones de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Carlos Puebla. Se las sabía todas, aunque reconoció que no eran su fuerte. 

Cantó y cantó por al menos 4 horas. Incluso después agregó varias canciones más, incluidas las de José Alfredo Jiménez, con las que nos hizo añorar el tequila mexicano y beber ron cubano como si fuera agua, a pico de botella. 

Pasadas las 3 de la mañana, Víctor se fue, contento, con unos tragos entre pecho y espalda y 20 dólares en el bolsillo, producto de las 4 horas de trabajo. 

Mi amigo Miguel siguió de necio queriendo hablar de poesía y literatura y se molestó porque las nietas de la Revolución Cubana no sabían quién era El Gabo. 

–Vámonos ya, no saben platicar; balbuceó Miguel. 

–No mames, lo que menos me interesa es que conozcan o no al Gabo: le dije, acariciando el rostro angelical de mi amiga Jaqueline, que reposaba sobre mis huesudas piernas. 

Pasaron las horas y para complacer a Miguel, les conté a las cubanas que Gabriel García Márquez era el mejor escritor latinoamericano, gran amigo de Fidel Castro y del pueblo y la Revolución Cubana.

Les dije que desde joven leí toda su obra y que hacía pocos años fui a Aracataca, en Colombia, con mis hijos, para conocer la casa donde vivió con su abuelo, y que le sirvió de inspiración para escribir Cien años de soledad, en México. 

–Nos decepcionó saber que la casa no era cómo la describía, como la recordaba él cuando era niño, con los amplios corredores donde Pietro Crespi enseñó a bailar a las hijas de Úrsula; pero nos gustó la capacidad literaria para recrearla. 

—¿Y por leer su obra y conocer su pinchurriento pueblo, en Colombia, dices que conociste a García Márquez? No mames, yo también conozco Aracataca, interrumpió Miguel. 

La luna ya se había desaparecido, el sol asomaba en el horizonte y las amigas cubanas se fueron a dormir, con los bolsillos vacíos porque, según mi amigo Miguel, no sabían platicar, y si no sabían platicar no valía la pena llevarlas al hotel, así quisieran ganar míseros 40 dólares por un acostón que podía durar todo el día y toda la noche siguiente.

Las dos se perdieron caminando, tristes, cabizbajas, rumbo al Morro, y las perdimos de vista allá por donde “trabajan” los homosexuales que venden su cuerpo a quien guste del producto exótico.

–La cagaste wey. Para qué dijiste que era tu amigo El Gabo, me reprochó Miguel camino al hotel, todo borracho. 

–No dije que era mi amigo, dije que lo conocí y eso es cierto, reviré mientras con mi cámara captaba la imagen de un joven cubano lanzándose al mar, desde el malecón, haciendo la figura de un Cristo, antes de caer al agua.

–Estás bien pendejo, me insultó y tuve que llamar a la recepción del hotel para pedir una conexión a México, a Oaxaca, al 9512201632 para despertar a mi amigo Pedro Matías, en un intento de que convenciera a Miguel de que sí conocí a El Gabo. 

La recepcionista hizo dos intentos fallidos y sólo porque le supliqué realizó el tercero y me pasó la llamada a la habitación. 

–Compadre, dile al pendejo de Miguel si conozco o no a García Márquez, le pedí. 

–Claro que sí compadre, se escuchó una voz somnolienta del otro lado del auricular. 

–Que tu compadre te diga dónde lo conociste, terció Miguel, aún incrédulo. 

–En la Ciudad de México, en el aniversario 20 de la revista Proceso, reviró Pedro, como queriendo dar por terminada la plática, para seguir durmiendo. 

Yo le dije a mi compadre: Cuéntale del episodio de la hija de la corresponsal en Chile, Ximena Ortuzar. 

–Ah, chingá. Ese no me lo sé, respondió mi compadre. 

–No te acuerdas de una jovencita, bella, delgada, apiñonada, que corrió cuando vio al Gabo y entre empujones se colgó de su cuello? 

–No compadre, eso no lo vi. 

–Sí, compadre. Se le colgó y le dijo: Gabo, Gabo, ¿sabes quién soy? Ella escuchó el silencio como respuesta y un movimiento de cabeza que indicaba que no. 

–Soy la hija de Ximena Ortuzar, corresponsal de Proceso en Chile; agregó visiblemente emocionada la bella señorita. 

La genialidad del Nobel colombiano salió a flote y con un pincelazo le respondió, ante la sorpresa de todos: “Ah, Ximena, de Chile?, Y dices que tienes 19 años? Pues pregúntale a tu mamá, porque en una de esas hasta puede que seas mi hija”. 

Todos reímos. 

La chica le propinó dos besos, uno en cada mejilla al Gabo y minutos después se perdió entre los comensales. No sé cómo salió, si volvió a empujar a los que rodeábamos a García Márquez, o volando como Remedios, La Bella, de Cien años de soledad.  

–Los dos son puro choro, dijo Miguel y se tiró a su cama. 

–Compadre, mándame una foto por mail, para que el wey de Miguel me crea, alcancé a pedir antes de quedarme jetón, con el sol lastimando mis pupilas. 

Pedro Matías mandó una foto en la que aparecen todos, con El Gabo, menos yo. 

–Ya ves, tú no estabas ese día en la fiesta de Proceso; reprochó Miguel antes de ponerse a roncar. 

–Quién crees que tomó la foto, o crees que se tomó sola, dije en mi defensa. 

–No manes. ¿No había fotógrafos? ¿No estaba Ulises, no estaba Martin? 

–Deja de chingar. Vamos a dormir un rato y al medio día les pido a ellos la foto donde yo aparezca al lado del Gabo. Seguro la tienen. 

Optamos por dormir un rato y cuando despertamos ya no llamé a Ulises Castellanos o Martín Salas, porque no tengo porqué convencer a ningún pendejo que ese día, en la fiesta del aniversario 20 de Proceso, efectivamente conocí al gran maestro, hijo de Aracataca y Nobel de Macondo y el mundo entero.

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