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El circo y la resistencia
Por Julio César López
24 de octubre, 2021
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Julio César López

De la nada, como cuando un mago saca un conejo de un sombrero negro, Raymundo Pinto Lara creó un circo que, tres generaciones después, languidece pero se niega a morir.

Sus descendientes –hijos, nietos y bisnietos–, hacen lo imposible por mantener viva la tradición familiar que inició hace más de 60 años, por inspiración de la señora Guadalupe Rodríguez González, una bailarina de mambo que le robó el corazón al fundador del Circo de los Hermanos Piller.

Mundo Piller, nombre artístico de Edmundo Pinto, creador del Payaso Tontolín, era un joven analfabeta cuando conoció a Lupita, en la carpa Los Chinchos, en Silao, Guanajuato. Ella había bailado con el actor y bailarín “Resortes” y hasta llegó a presentarse en el famoso Teatro Blanquita.

En ella, Mundo encontró al amor de su vida y fue quien lo inspiró para crear el circo que lo acompañó hasta el fin de sus días.

Todos los hijos de Mundo Pinto nacieron en las carpas y a base de prueba y error se convirtieron en destacados acróbatas, bailarinas o payasos. Mundo Piller Jr. –Raymundo Pinto Rodríguez– sobresalió y llegó a las grandes carpas de México, Estados Unidos, Centro y Sudamérica.

Aunque sabía muchas suertes, su fuerte fue La Hamaca India, una especie de acrobacia aérea que realizaba sin red y que le costó 3 caídas, que no pusieron en riesgo su vida, pero sí mermaron su salud.

Un día, cansado de los malos tratos en el extranjero –le quitaban sus documentos y no lo dejaban salir, “estábamos peor que presos” — decidió dejar al Circo Vargas, en Houston, y regresó al país a fundar su propio negocio. Humilde, sí, pero de él.

Nació así el Circo Raymon, con el que sigue de trotamundos, de nómada, una especie de húngaro o gitano que no lee la mano pero ofrece espectáculos decorosos en pequeñas comunidades marginadas del estado de Chiapas.

Hace pocos días lo visitamos, en la comunidad Las Palomas, en el municipio Emiliano Zapata, cerca de la cabecera municipal, 20 de Noviembre, a orillas de la carretera que une a Tuxtla Gutiérrez con Venustiano Carranza.

Ahí, rodeado de su familia –su hermana Carmen, su esposa Marisela, hijos, nietos y artistas invitados–, nos contó de los estragos que le ha causado la pandemia, pues se tuvieron que anclar en ese pequeño lugar de menos de 500 habitantes, porque en algunos sitios no los dejaron ni acampar, menos parar la carpa.

Acompañado de los fotógrafos Raúl Ortega y el Señor Click, escuché de las dificultades que sortean para sobrevivir, pues la escasa población de Las Palomas no tiene ni para pagar un boleto de 30 pesos. Así, ellos se vieron obligados a bajar la tarifa a 20 y hasta 10 pesos, y luego decidieron dar funciones gratis para obtener ingresos por la venta de golosinas durante el intermedio.

Mientras compartíamos el pan y la sal, y los fotógrafos lograban tomas que ya tuve el privilegio de ver, revivió momentos de su infancia, en Yajalón, y contó cómo en el circo de su padre atraían clientes anunciando números maravillosos, producto del realismo mágico que abunda en estas latitudes.

Venga a ver, venga a ver, al cerdito que habla, el guajolote que baila y al hombre que se convierte en animal”; anunciaban en la carpa y en todas las calles por donde podía transitar un carro.

Los adultos llegaban a ver a las bellas Margot, Rosimari y Marlene, y los adolescentes a Reyna y Lola, que bailaban en la pista o se columpiaban sobre aros o escaleras soportadas desde el techo, a unos 8 o 10 metros de altura.

De pronto, soltaban a un cerdito y luego de corretearlo por el escenario lo atrapaban y ante el respetable le abrían dos veces el hocico. El cerdito gritaba y el presentador decía: “Ya vieron, dice mamá. Clarito dice mamá. Con ustedes, el cerdito que habla”.

Previamente, calentaban un comal y lo colocaban en el centro de la pista. Salía Tontolín abrazando al pavo y lo colocaba sobre el comal. El guajolote no aguantaba el calor e intercambiaba una pata y otra para no quemarse, de tal suerte que parecía que bailaba. “Con ustedes, el guajolote que baila”.

Seguía un hombre que se sentaba en una silla, o caminaba sin rumbo, hasta que alguien, entrenado, le gritaba: “¡ese se está haciendo buey!”. Y el presentador, seguía: “Efectivamente, ese hombre se convierte en animal; se está haciendo buey”.

Nada de eso hay ahora. Los animales desaparecieron del circo, por la famosa ley que prohíbe el maltrato animal. Sin embargo, el circo continúa vivo y por la bocina del poblado Las Palomas se escucha que anuncian con vehemencia a “El Diamante Negro” y a la sensual África, el hijo homosexual del que Mundo Piller Jr está orgulloso.

Comemos en el lugar y los fotógrafos retratan la vida cotidiana de los artistas populares. Yo me dedico a escuchar y a retratar a los fotógrafos que retratan.

Así, obtengo gráficas de Raúl Ortega capturando imágenes dentro y fuera de la carpa, dentro y fuera de los viejos furgones que sirven de vivienda y camerino a payasos, trapecistas y bailarinas.

Y atrapo al Señor Click, jugando los malabares con el pequeño Caleb, el bisnieto de Raymundo Piller Lara que juega las “clavas” dentro de la carpa, bajo la atenta mirada de su abuelo, Mundo Piller Jr. El Señor Click juega las pelotas.

Por la noche, llega la hora de la función y hay mucho más público del que nosotros, incrédulos, esperábamos. Y sí, nos sorprende África, desde las alturas, pero la noche se la lleva el hijo de Mundo Piller Jr, Mundo Piller III, que hace magistral acrobacia aérea; revive al payaso Tontolín, su abuelo, y realiza malabares a ras de piso, con teas ardientes.

Domingo, “El Diamante Negro”, parece un auto de doble garganta. Nadie sabe dónde le cabe tanto diésel para sacar tremendas llamaradas por la boca. La cantidad de fuego es tal, que crepita cerca de las gradas, atestadas de un público mayoritariamente adolescente.

La juventud también tiene su lugar, en el baile y una especie de Hula hoop que realiza la nieta de Mundo Piller Jr, Ledeni, de 17 años, hija de Yesenia Pinto. Son muchos aros los que dan vuelta sobre los tobillos, cintura y garganta de la bella adolescente que sueña con convertirse en médico militar.

Hay otro payaso que solo de verlo mata de risa. Es mitad centroamericano y mitad mexicano. Se llama Jonathan y es pareja de Juquila, que igual sabe de malabares y del baile con aros.

Los viejos –Mundo Piller Jr tiene 60 años—ayudan en el soporte de los acróbatas. Corren de un lado a otro, jalando o soltando en laso que hace subir o bajar a los acróbatas del aire.

Son una comunidad. Sin duda, una comunidad en resistencia.

Y del público y los amigos depende su existencia.

Terminada la función, muy noche, nos regresamos a Tuxtla Gutiérrez. En mis oídos suenan las palabras de Raymon: “Somos como la canción Payaso, que canta Javier Solís. Reímos por fuera y lloramos por dentro”.

Y me quedo con la imagen de lo que me contó mientras mis amigos hacían fotos: “Un día llegamos a un pueblo y la gente no llegaba a la función. Escuchamos que decían: qué les vamos a ir a ver si solo hay un viejito, una pinche gorda y dos jotitos. Nos pusieron los cuatro fantásticos”.

Yo digo que son mucho más que eso, y quiero retornar a por lo menos a otro espectáculo, porque la función, la función debe continuar.

Por el momento, están en la comunidad Vicente Guerrero, en el municipio de Venustiano Carranza y pronto se mudarán a Flores Magón o Laja Tendida, en el mismo municipio.

Foto: Julio César López
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