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Los caminos de la vida…
Por Pagina3.mx
17 de octubre, 2021
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Julio César López

Yo no sé de ritmos. Nací con dos pies izquierdos y el oído averiado, pero la canción “Los caminos de la vida” me acompañará hasta el día de mi muerte.

No conozco toda la letra y menos sé qué es un Vallenato, pero esa parte que dice “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba, no son como yo creía”, la escuché por vez primera en el estrecho pasillo de una casa de seguridad del Ejército Popular Revolucionario (EPR), en el entonces Distrito Federal, corazón del país.

Estábamos de pie, entre dos paredes y dos cortinas de plástico –una delante de nosotros y una atrás–, justo antes de entrar y ver en una sala al grupo que custodiaba a los comandantes Óscar y Vicente; más de una docena de guerrilleros urbanos armados hasta los dientes.

Momentos antes, a bordo de un Volkswagen color rojo, un guerrillero vestido de civil nos trasladó del Centro Nacional de las Artes, en Río Churubusco, hasta esa guarida eperrista que, según nosotros, por el rumbo y tiempo de traslado bien podría estar situada en Milpa Alta, Tláhuac o Iztapalapa.

En el Volkswagen, con la barbilla pegada al pecho –no fue cierto que nos vendaron los ojos–, oímos un poema hecho canción de Mario Benedetti, en voz de Nacha Guevara. Los tres creímos que era algo preparado, pero para nuestro asombro de pronto escuchamos hablar a Estela Livera, dando la hora y las noticias en Monitor de la noche, de Radio Red.

“Seré curiosa señor ministro, ¿de qué se ríe, de qué se ríe? Aquí en la calle suceden cosas que ni siquiera pueden decirse; los estudiantes y los obreros ponen los puntos sobre las íes. ¿de qué se ríe, de qué se ríe? Después de todo, usted es el palo mayor de un barco que se va a pique”; se oía en la radio.

Originalmente pensamos que se referían a Ernesto Zedillo, presidente de México, pero no; aunque él también conducía un país que se hundía; sobre todo por el alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el 1 de enero de 1994, día de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio con Norteamérica.

No recuerdo con exactitud la hora, pero eran más o menos las 9 de la noche del jueves 22 de agosto de 1996. A mi lado, apretujados en la parte trasera del coche, viajaban Guillermo Correa y Martín Salas; reportero y fotógrafo de la revista Proceso.

Pero bueno, ya estábamos en el pasillo de la Casa de Seguridad del EPR y hoy que lo traigo a cuentas no sé si contarles el antes o el después de la entrevista con los guerrilleros que, ellos sí nos la aplicaron y videograbaron todo el tiempo que estuvimos encerrados con ellos.

Mientras me decido, sigamos escuchando la canción colombiana, con el acordeón y voz del regiomontano Celso Piña: “Los caminos de la vida, son muy difícil de andarlos, difícil de caminarlos y no encuentro la salida”.

Chin… ¿Ese ritmo es vallenato o no? No importa, ya les dije que no sé de ritmos. ¿Y si era Vicentico en lugar de Celso Piña? No importa. Lo relevante era que ni ellos ni nosotros encontrábamos la salida. Tal vez porque no la buscábamos.

El caso es que en un momento, alguno de los guerrilleros hizo a un lado la cortina de adelante y nos invitó a pasar. Desorbitados los ojos, vimos a más de una docena de guerrilleros que se tapaban el rostro con paños de color rojo, portando metralletas o escopetas largas. El único que sólo tenía una pistola al cinto, era el que estaba armado con la cámara de vídeo.

Nos invitaron a sentar, frente a una mesa con un mantel de cuadritos. Detrás de la mesa, frente a nosotros, dos sillas vacías y más atrás, la pared con las banderas de México, del Partido Democrático Popular Revolucionario y la del Ejército Popular Revolucionario. Sobre nuestras cabezas, un plástico que cubría todo el techo del local.

Sentados esperamos a que aparecieran los comandantes, que minutos después se presentaron con los nombres de Óscar y Vicente. En las gorras, de color verde olivo, se advertían las tres estrellas rojas que los hacían pertenecer a la Comandancia General del EPR. De los rostros, sólo podíamos ver los ojos, y hasta eso a través de agujeros cortados de manera irregular.

Los dos llevaban camisas blancas, de manga larga, tipo guayaberas, y al cinto fornituras negras con pistolas tipo escuadra. Los pantalones tipo militar y las botas de montaña.

Hechas las presentaciones, preguntamos si el fotógrafo podía hacer su trabajo y la respuesta fue gentil. “Desde que ingresaron a nuestro territorio, están en libertad de hacer su labor”.

Martín Salas comenzó a disparar sus dos cámaras, una Nikon F4, para las foto en blanco y negro, y una Nikon N88008, con flash, para las fotos a color. Nosotros iniciamos a preguntar y grabar con nuestras micrograbadoras marca Sony.

Básicamente, con la entrevista, el EPR daba a conocer que estaba en todo el país, incluyendo el DF, y que no eran la “pantomima” que había dicho el secretario de Gobernación, Emilio Chuayffet.

Claro que también hablaron de sus demandas; pidieron la renuncia de Ernesto Zedillo y ofrecieron su apoyo al EZLN, pero los dirigidos por el subcomandante Marcos, hoy Galeano, ya habían dicho que no, que muchas gracias.

Olvidaba decir que cuando entraron los comandantes al salón, los guerrilleros hicieron una parada militar, con saludo correspondido, y todos cantaron en voz baja el himno nacional y no recuerdo si también La Internacional, como lo hacían sus bases sociales en distintas comunidades del estado de Chiapas.

El caso es que preguntábamos de todo y siempre había una respuesta para nuestras interrogantes.

De pronto, dimos por terminada la entrevista, y los comandantes nos preguntaron: ¿Ya se cansaron?

–¿De verdad quieren hablar?; pregunté y a la respuesta positiva pedí: Cuéntenos con lujo de detalle el secuestro del exsecretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios.

–Nosotros no fuimos.

–Ya ven, no quieren hablar.

–¿Qué te hace pensar que fuimos nosotros?

El modus operandi, respondí. Expliqué que cuando lo liberaron, posterior al pago del rescate, sus captores dejaron junto a él una bandera nacional, y que eso no lo hacía la delincuencia.

–Es posible, pero nosotros no fuimos.

Los comandantes no negaron la probabilidad de que esa acción la hubiera realizado uno de los 18 grupos que integraban el EPR, y que ellos no se enteraran.

El caso es que para esas horas ya era viernes, y pedimos salir para comenzar a escribir y ganar un buen lugar en las páginas de la revista Proceso.

–¿Qué pasaría si no se van ahorita?

Eran las 2 de la mañana del viernes 23 de agosto y un tanto cansados y un tanto temerosos de que el Ejército Federal descubriera esa Casa de Seguridad del EPR y se produjera un enfrentamiento, alegamos que muy probablemente no ganaríamos la portada de la revista.

–¿Y si se van ahora sí la ganan?

–Eso no lo decidimos nosotros, pero al menos tendríamos más posibilidades.

–De acuerdo.

Nos pareció que asintieron, pero igual nos explicaron que por “motivos de seguridad”, el operativo de salida sería antes del amanecer. Así que nos hicieron dormir sobre cobijas tendidas en el suelo, con una guardia permanente que sólo de verla de reojo intimidaba y no dejaba conciliar el sueño.

Minutos antes de las 5 horas, nos hablaron a Guillermo Correa y a mí y nos dijeron que saldríamos primero. Al fotógrafo lo sacarían después. Nos subieron de nuevo al vocho rojo, y en menos de 15 minutos nos dejaron en una esquina cercana al Metro Villa de Cortés.

Martín nos alcanzó una hora después, en el hotel Diplomático, ubicado en Insurgentes, cerca del Parque Hundido y de la revista Proceso.

Cuando llegó, nos habló del frío intenso que sentía y nos contó que una vez dentro del Volkswagen rojo, lo palmearon en la pierna derecha y le dijeron “Muy bien Martín”.

Caímos en cuenta que nunca dijimos su nombre y que ellos ya lo sabían. Eso, he contado ya, podría explicar el frío que sintió durante el trayecto de regreso.

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Esa vez ganamos la portada de Proceso. En ella se ven las fotos de los dos comandantes y el texto: esto no es una pantomima: operamos en todo el país. Era el número 1034 del 25 de agosto de 1996, y la revista se vendió como pan caliente a 15 pesos aún.

Pero claro que hubo un antes y un después, y los privilegios que tuvimos con los eperristas, fueron gracias a un ex militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre y del Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo, a quien conocimos como El Gordito de Espejuelos y que por fortuna era mi hermano.

El antes, fue la entrevista que realizamos en la Sierra Madre del Sur, con los comandantes José Arturo y Francisco, en presencia de Antonio y Victoria, y el después fue la renuncia, por diversos motivos, de todos ellos al Partido y al Ejército Popular Revolucionario.

¿Ya ven como Los caminos de la vida no son como yo pensaba?

Creo que tampoco fueron como lo pensaron ellos, cuando eran un solo Partido y un solo Ejército.

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